LA ALEGRÍA ES CONTAGIOSA

Y por serlo, por ser contagiosa, cada uno tenemos nuestra responsabilidad en ser portadores de una alegría que partiendo desde nuestro interior, desde lo más íntimo de nuestro corazón, se irradie al exterior para que sea captada por otros y se puedan beneficiar de ella. Me dirán ustedes si acaso puede ser alegre alguien que se siente atenazado por un grave dolor, enfermedad, desgracia familiar, o por cualquier contrariedad de la vida. Les diré que sí, que esa persona también puede ser alegre, y de hecho muchas veces nos hemos encontrado con gente así en el cruce de caminos de la vida. ¿Quién de nosotros no conoce alguna mujer sencilla y amorosa, cuya vida está llena de problemas, y sin embargo sonríe a la vida?

Mucho depende de lo que entendamos por ser alegre, que es distinto a estar alegre. Nuestra lengua distingue muy bien entre el ser y estar. El ser denota algo que toca el núcleo de la personalidad, el centro de mi propio ser y existir; ser de una manera u otra significa que la persona pertenece a un modo de existencia que probablemente es la marca de sí mismo, su característica propia y existencial. Así puedo decir que soy chileno, y lo seré toda la vida; soy hombre, soy mujer, soy blanco o negro. El concepto estar es algo que pertenece más bien al mundo de lo transitorio; algo que puede estar o no, y no por eso cambia la esencia de mi personalidad. Alguien puede estar enfermo sin ser una persona enferma, puede estar enojado sin ser una persona enojona, puede estar alegre sin ser una persona alegre.

No pretendo en estas breves líneas hacer una clase de filosofía, y por supuesto que a todo lo que acabo de decir se le pueden añadir muchas advertencias, matices y hasta correcciones. Sólo quiero decir que hay personas que son alegres de adentro, de lo profundo de su ser, y que esa alegría permanece en ellas aunque en un momento dado de sus vidas se sientan abatidas por la tristeza de los acontecimientos pesarosos que nunca faltan en la vida de las personas. Hablo de la alegría verdadera, de esa alegría muchas veces silenciosa, nada ruidosa ni bullanguera, que se anida en el corazón de las personas y produce una gran paz interior que se irradia al exterior. Es la alegría de mucha gente sencilla, de hombres y mujeres de corazón limpio, de mirada limpia, de mente amplia, de pensamientos nobles, que nos contagian su paz y alegría cuando apenas cruzamos con ellos las primeras palabras o la simple mirada. Lo escuchamos en el lenguaje corriente: “ese hombre, esa mujer, tiene algo que cautiva con solo mirarle a los ojos. Esa mujer, ese hombre no sé qué tiene, pero lo cierto es que cada vez que se cruza en mi vida me contagia una enorme paz que me dura todo el día”. Expresiones así las hemos escuchado de vez en cuando.

Es verdad: la alegría es contagiosa; la alegría se comunica, y al comunicarse se renueva. Es así porque los seres humanos no somos islas; somos seres sociables que hemos nacido de la relación de un hombre y de una mujer, y conservamos para siempre la marca de lo relacional. Somos menos hombre y menos mujer cuando permanecemos aislados, cuando nos encerramos en nuestro egoísmo individualista y no nos comunicamos. Es entonces también cuando nos invade la tristeza. La tristeza en que se agotan algunas personas de nuestro entorno puede deberse a esta corriente de nuestro mundo que con sus ofertas exitistas y engañosas hace creer que la felicidad se encuentra donde no es posible hallarla: en una forma de vida egoísta, encerrada en la propia complacencia, en una forma de vida cómoda y avara.

Se acerca la Navidad. El protagonista de esta fiesta –aunque a veces se nos olvide- es aquel niño Jesús que nació pobre y humilde en Belén, pero que fue un gigante en la defensa de la Vida, de la Justicia y del Amor incondicional a todo hombre y mujer, sin fijarse en apariencias externas. La paz que brota de su mensaje a toda persona de buena voluntad es la paz que brota también de todos aquellos que saben vivir la vida sencilla, contagiosa de alegría. Feliz Navidad.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

EL AMOR HABLA EN SILENCIO

Recuerdo de mi infancia una coplilla andaluza que se comía sílabas al ser cantada en tonada popular, pero que se entendía muy bien: “Tu madre no dice ná; es de las que habla con la boquita cerrá”. Es verdad, el silencio, cuando es un silencio basado en el amor, es lo más locuaz que hay. Dicho de otra manera: el amor habla por sí mismo, no necesita de palabras ni gritos, ni de sonoros discursos. Él mismo, con sus gestos y sus hechos, es la gran palabra. El amor no es ruidoso, no hace barullo; mi sabia abuela decía que el amor camina silencioso y discreto como en zapatillas de andar por casa. Es eficaz, ejecutivo, práctico y concreto, actúa siempre según lo que haga falta, pero no se hace propaganda publicitaria ni pregona a los cuatro vientos nada de lo que hace.

Mis lectores estarán de acuerdo, al repasar mentalmente nombres de las personas más amorosas que conocen, que efectivamente son personas sencillas y nada ruidosas ni alharacas. Al contrario, verán que conocen otras personas muy ruidosas e hinchadas de sí mismas, pero que para nada son ejemplos de un verdadero amor.

Tenemos que recuperar en nuestra sociedad el silencio y el amor. Estamos demasiado volcados al exterior, al mundanal ruido, abrumados por demasiadas voces que nos aturden, y eso no nos hace bien. Vivir así nos hace daño porque nos dedicamos a lo accidental y secundario olvidándonos de lo esencial y principal. El silencio no consiste solo en callar y no hablar; eso también lo puede hacer la persona tímida y acomplejada que no habla porque tiene miedo a hacer el ridículo. No, el silencio al que me refiero es mucho más: va unido al amor, y por lo tanto a la justicia, sinceridad y verdad. Es un silencio que tiene mucho que decir, y lo dice, con su misma actitud luchadora y consecuente.

Este silencio es una actitud positiva que lleva a la observación de la verdad, de la realidad, la analiza con seriedad, y a continuación actúa en consecuencia. Por eso esta es la actitud de los verdaderos revolucionarios como Gandhi, San Alberto Hurtado, Nelson Mandela, Jesucristo y muchos más. No hay revolución más seria y poderosa que la que procede de un corazón invadido por el amor; estas son las personas que actúan en consecuencia y cuya fuerza no la detiene nadie.

El silencio es la condición previa para este tipo de amor. Gracias al silencio, a la reflexión serena, a la meditación profunda, podemos entrar en el discernimiento que nos ayuda a las buenas y acertadas respuestas que nos exige el compromiso del amor. El amor consiste en salir de sí mismo para ir al otro, y eso no lo puede hacer quien se encuentra ofuscado y perturbado a causa del ruido externo y de las angustias que lo invaden. Las situaciones estresantes, las ansiedades que produce el consumismo, el afán de poseer y compararse con los demás, nos llevan a una situación de ánimo que nos obliga a vivir a la defensiva. Una situación así, lejos de ayudarnos a salir de uno mismo para ir al otro, nos lleva a encerrarse en uno mismo y a ver al otro como un peligro o un virtual enemigo del que hay que defenderse.

El amor con su silencio pacificador no nos separa del mundo sino que nos compromete con el mundo para su liberación, para su renovación. Este es el amor de tanta buena gente que ingresa a voluntariados de toda índole, que participa en movimientos ecológicos, pero sobre todo que está atenta a las necesidades del prójimo para acudir en su ayuda, no en forma asistencialista, sino para colaborar a la toma de conciencia, paso primero hacia la acción autoliberadora.

Este silencio y este amor no se encuentra en los programas escolares de nuestro sistema educacional; hay que mamarlo en el propio hogar, al calor de la educación familiar. Es ahí donde cada uno de nosotros podemos aprender que el amor verdadero consiste en salir de nosotros mismos para ir hacia cada hombre y cada mujer, donde encontramos lo que nos falta a cada uno para ser más plenos y completos. El amor que se cierne en el silencio profundo nos lleva a las periferias y nos construye la propia felicidad mientras colaboramos a la felicidad de los demás.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

TE DOY MIS OJOS (Violencia en la pareja)

“Te doy mis ojos”, así se titula una conocida película española que habrán visto seguramente varios de mis lectores, y que yo he compartido en las clases de psicología con mis queridos estudiantes de la Universidad del Bío-Bío. El argumento se refiere a la violencia en la relación de pareja, especialmente a la violencia del hombre contra la mujer, violencia que según leemos en la prensa de estos días, es muy frecuente en Chile y que se da también en parejas muy jóvenes, en la relación de pololeo y noviazgo.

Hay una escena de la película que me conmueve cada vez que la veo, una escena que en lenguaje cinematográfico dice mucho –por no decir todo-  lo que encierra y significa psicológicamente la violencia en la pareja. En la escena vemos a los protagonistas, marido y esposa, en su intimidad sexual; vemos un hombre y una mujer aparentemente muy normales, que se aman mucho, que se dicen cosas lindas y hasta románticas mientras viven su encuentro amoroso. Diríase que nos encontramos ante el matrimonio ideal. Pero de pronto, he aquí la fuerza del lenguaje cinematográfico, la cámara se desvía de los protagonistas y nos enfoca a lo lejos el Alcázar de Toledo, deteniéndose unos instantes en esa imagen. ¡Qué horror! Todos los españoles de mi generación (los llamados “niños de la guerra”) y todas las personas conocedoras de la historia del siglo XX saben muy bien lo que simboliza el Alcázar de Toledo, sobre todo en el contexto de la película: la máxima violencia y brutalidad de la guerra.

De alguna manera está contenido en esa escena lo que suele ocurrir en los llamados “amores violentos”: lindas declaraciones de amor, el hombre violento repite una y otra vez que nunca más, “que a ti, querida mujer mía, te amo sobre todas las cosas, que sin ti mi vida no tiene sentido, que ni me acuerdo de lo que pasó aquella vez. Tú sabes, amor mío, que fue porque me provocaste, pero que yo te amo y que ahora no quiero que te vuelvas a acordar de aquello. Además, ya ves que estoy cambiando, y te prometo y juro por Dios, y por nuestros hijos y por lo que más quieras, que nunca más, que ahora seré distinto, que te voy a sorprender. Solo te pido, mi amor, que creas en mí”. Así se suelen expresar estos hombres una y otra vez, pero en el horizonte, como telón de fondo, aparece el fantasma del Alcázar de Toledo, la violencia sigue presente.

Así suele ser el perfil psicológico de las personas violentas en la relación de pareja, sobre todo de los hombres violentos. En muchos casos son hombres de personalidad insegura, de baja autoestima, con reacciones iracundas a flor de piel que no son capaces de controlar, suelen ser personas incapaces de expresar sus sentimientos y emociones en forma adecuada. Su misma inseguridad y baja autoestima los lleva a ser portadores de una agresividad generalizada que se expresa en diversos síntomas o manifestaciones: intrusean en la vida privada de la persona amada, espían los contactos de su teléfono, correo, Facebook, le hacen verdaderos seguimientos de tipo casi policial para espiar todos sus pasos, etc. etc. Como vemos, todas estas formas de actuar tienen un denominador común transversal: la falta de confianza. Así es el individuo violento: la inseguridad en sí mismo, la falta de confianza en sí, le hace ser un desconfiado de los demás, especialmente de la persona supuestamente amada. Estas maneras de actuar son síntomas de una violencia psicológica que más adelante se transformará en violencia física.

¿Qué hacer ante una situación así? Es aconsejable una buena terapia de pareja y también individual. Mientras el problema se resuelve es recomendable tomar distancia de la persona violenta, alejarse a tiempo, antes de que sea demasiado tarde. Pero lo más importante: prevenir. Ello se logra sólo mediante una buena educación afectiva y emocional desde niños, en el seno de la propia familia.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

GESTOS DE FRATERNIDAD

En este mes de la patria podemos reflexionar sobre nuestro aporte para la construcción de un Chile mejor. Una reflexión que nos viene insinuada desde la Psicología. Esta ciencia es muy preocupada del desarrollo personal, del desarrollo integral de cada hombre y mujer; habla de un desarrollo que conduce a la felicidad personal y social. Un desarrollo así no espera a que los políticos y dirigentes sociales emprendan la construcción de la sociedad; un desarrollo así empieza por la construcción de uno mismo, de su propia persona. Toda persona responsable, lo primero que hace, lejos de cruzarse de brazos, es poner la mano en el arado para colaborar en el trazado del surco donde vendrá la siembra.

Soy un convencido de que si cada uno de nosotros nos convertimos en mejores personas, Chile será más “dulce patria”, sociedad más justa y equitativa. Es cierto quizá, que tú y yo no podemos hacer grandes cosas ni cambiar la realidad de Chile de la noche a la mañana, pero lo que también es cierto es que lo que tú y yo no hagamos se quedará sin hacer. Tu aporte y el mío puede ser que no signifique más que una gotita en el océano, pero sin esa gotita el océano tendrá menos agua.

Creo mucho en la amabilidad de las personas y cómo las personas con nuestros gestos fraternos y amables podemos hacer milagros, podemos hacer el milagro de crear un mejor ambiente donde podamos vivir y movernos más a gusto. Nos quejamos de que existe a nuestro alrededor demasiada violencia y agresividad, ¿por qué no empezar a ser yo persona más tierna y acogedora? Créeme que también así se puede empezar a hacer patria. Bien sabes, amigo lector y amiga lectora, todo el bien que se puede hacer con una sonrisa salida del alma, con un buen trato a la persona que pasa a tu lado o a la que atiendes en tu oficina, en tu trabajo. Yo creo en la bondad de las personas, y creo que muchas personas todavía no han explotado del todo la bondad que anida en ellas.

Cierto, no soy ningún enajenado mental que desconoce la realidad en la que nos movemos. Bien sé que estamos rodeados de violencia, asaltos, egoísmos de todo tipo, negocios sucios, etc. Pero también sé que estamos llamados a construir un mundo nuevo donde reine mayor justicia, equidad y fraternidad. Me atrevo a pensar que el mes de la patria nos llama a eso. Por eso, desde estas sencillas líneas me atrevo a proponer que cada uno se pregunte a sí mismo algo así como: ¿qué he hecho yo o qué hago yo para que en el ambiente en que me muevo se viva una realidad más grata? Hay mucha gente que vive así, dando lo mejor de sí mismos día a día, pero no son noticia. No importa; lo importante es que haya personas así, y que tú y yo seamos una de ellas.

Construir una sociedad más justa, grata y vivible, empieza cuando en vez de tirar piedras al tejado ajeno comienzo por arreglar las goteras del mío. El egoísmo parte en retirada cuando yo mismo inicio actitudes de solidaridad sincera y voy creando conciencia de que además de la caridad existe la justicia, lo cual quiere decir que en un país donde hay mucho dinero, donde hay mucha riqueza, donde hay importantes ingresos, tiene que haber también una importante distribución equitativa de dichos ingresos. Esta justicia distributiva es necesaria para que todos los hombres y mujeres de Chile puedan vivir de acuerdo a las exigencias de su dignidad humana. Por eso importa, que cada uno, ahí donde sea que se encuentre, aporte con su manera de ser y vivir lo mejor de sí mismo hasta que se desarrolle la gran conciencia social que cambiará la cara de Chile. Entonces será un Chile más bonito todavía. Felices fiestas.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE. DOCTOR EN PSICOLOGÍA

LA MUJER DE NUESTRO TIEMPO

Nuestro discurso es claro y todos coincidimos en él. Afirmamos sin vacilación alguna que en una sociedad moderna y desarrollada la mujer no puede ser excluida. Afirmamos que desempeña cualquier cargo, trabajo y oficio con igual o mejor eficiencia que el hombre. 

A nadie se le ocurriría en el mundo de hoy dudar de la dignidad de la mujer, o afirmar que la mujer tiene que estar sometida al varón. Cuando escuchamos algo así, o cuando de países de otras culturas nos llegan noticias acerca de mujeres postergadas, condenadas, oprimidas por legislaciones patriarcales y machistas, nos admiramos, nos extrañamos, y nos indignamos. Nos parece mentira que haya lugares donde todavía ocurran acontecimientos de este tipo, del todo abominables por su repugnante machismo. Sin embargo, si fuéramos más autocríticos veríamos que entre nosotros existen algunas actitudes más o menos cínicas, que corresponden todavía a resabios de una cultura machista no del todo superada.

Es un pensamiento que me viene estos días a la mente cuando me encuentro sometido a un largo tratamiento de radioterapia contra el cáncer que me aqueja, que me permite gozar de tiempo para leer, orar, escuchar. Converso con mis colegas de dolencia mientras esperamos el turno para la terapia y hasta me van surgiendo nuevas amistades (en todo hay siempre algo bueno). Somos personas de todo tipo y de todas las edades. Aparecen mujeres que además de la radiación han sido sometidas a la quimioterapia. En ese grupo femenino veo también todo tipo de reacciones: desde las mujeres que lo están llevando muy bien, positivas, valientes, esperanzadas, con buen humor, hasta las que se decaen, se deprimen y usan expresiones como: “me da miedo mirarme al espejo”; “tú, sabes... a una ya los hombres no la miran igual”, “la autoestima se me ha ido al suelo”, etc. Naturalmente que en esos minutos de espera trato de hacer mi laborcilla de levantamiento de ánimo.

Pero me pregunto: ¿Qué pasa con nosotros, qué hemos hecho en nuestra sociedad? ¿Qué hemos hecho de la mujer en nuestros medios de comunicación? ¿Qué concepto prevalece acerca de ella? ¿Qué ha pasado para que una mujer, a causa de una determinada alteración física, no se atreva a mirarse al espejo? A mí, que soy cristiano (mal cristiano) ¿Qué me dice Jesucristo acerca de la dignidad de la mujer? Son torrentes de preguntas que no soy capaz de resumir en esta sencilla reflexión que comparto con mis bondadosos lectores.

Y me respondo que somos unos cínicos. Decimos que creemos en la mujer, en su valía y dignidad, en su autonomía propia; decimos que se superaron los tiempos en que ella era mirada en menos ante la prepotencia del varón. Pero veo que en determinados ambientes de mi amado Chile todavía no solo no se han superado modelos reductivos y machistas de mujer sino que se promueven; basta recordar algunos ejemplos: afán de algunas personas por reducir el papel de la mujer solo al de esposa y madre; papel de la mujer como objeto útil para la propaganda, con fines publicitarios a favor de ciertos productos; instrumentalización de la mujer como elemento decorativo en la ejecución de determinados eventos sociales y promoción de empresas; y por si fuera poco ahí están las funestas estadísticas acerca de la violencia doméstica contra la mujer.

Urge por lo tanto que seamos sinceros con nosotros mismos y lleguemos a una clara conclusión: lo que sabemos en teoría acerca de la mujer hay que llevarlo a la práctica. Es necesario a nivel de familia, escuela, universidad, iglesia, actores políticos, medios masivos de comunicación social, promover una generalizada toma de conciencia para que efectivamente se acabe con toda manipulación de la imagen femenina en la cultura actual, y la mujer adquiera el protagonismo que le corresponde en todos los ámbitos de la sociedad.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología


FORTALEZA DEL PERDÓN

Hay que ser muy fuertes para saber perdonar. Por eso la capacidad del perdón está considerada entre las actitudes propias de la persona mentalmente sana y saludable. Autores psicólogos consideran que el perdón es una defensa muy positiva para reaccionar sanamente contra determinados hechos dolorosos.

Ante el dolor que nos causan tantos pequeños o grandes dramas de la vida como la infidelidad, el engaño, la traición, la mentira, la violencia, etc. etc., el perdón, en vez dejarnos indefensos y abatidos, nos ofrece una poderosa herramienta para superar el drama y salir airosos de la prueba.

Es muy diferente a lo que imaginan algunas personas. Creen que perdonar es signo de debilidad y blandura; que si alguien perdona siempre, nadie le respetará y se expondrá a que siempre se rían de él/ella. Pero la verdad es otra: quien haya vivido la experiencia del perdón sincero y profundo entiende bien lo que estoy diciendo. Una persona que sabe perdonar de corazón es muy fuerte y auténtica, ante todo porque es humilde, y la humildad no tiene nada que ver con la cobardía. Es humilde porque en el fondo reconoce que ella también ha ofendido alguna vez y le encantó que la perdonaran. La perdonadora es una persona que conoce y reconoce sus limitaciones, pobrezas y miserias. Por eso se deja gobernar por la clemencia y misericordia, más que por la venganza y ajuste de cuentas; por eso es capaz de compadecerse del ofensor y proporcionarle una segunda oportunidad. Sabe que si a la ofensa responde con la venganza se establecen espirales de violencia y círculos viciosos de revancha que no terminan nunca.

La capacidad del perdón no es incompatible con la exigencia de justicia. Puedo perdonar a quien me ha robado, pero a la vez, sin ánimo de revancha o desquite alguno, le debo hacer tomar conciencia de que ese dinero no es suyo, y que lo debe devolver a su dueño o entregárselo a quien lo necesite. La persona que ha sido ofendida y sabe perdonar, también sabe exigir sus derechos para hacer valer lo que en justicia le corresponde. Por eso sabrá defenderse de las violencias injustas, y esa mujer atropellada en su relación de pareja, dirá al machista violento que le perdona de todo corazón, que no le guarda rencor alguno, pero que hasta aquí hemos llegado: tú te irás por tu lado y yo por el mío. Sin dramas, sin gritos ni tragedias, sin venganzas ni ánimos revanchistas, pero con enérgica firmeza, esta mujer, perdonadora pero también defensora de su dignidad, ejerce su derecho sagrado a ser respetada.

El perdón no es amnesia. El perdón no significa que se nos vaya a olvidar aquella grave ofensa recibida; hay recuerdos que no se nos borrarán en toda la vida, pero la diferencia entre la persona rencorosa y la que perdona es muy clara. La rencorosa arrastra consigo un recuerdo intoxicado que le envenena la sangre y el alma continuamente; lleva sobre sí una pesada carga cual mochila de plomo sobre sus espaldas, de la que no es capaz de liberarse. El afán de venganza que se ha apoderado de ella le aviva continuamente el mal recuerdo, que seguirá causándole daño en forma permanente. De sobra es conocido el hecho de que el resentimiento y el rencor no le hace bien a nadie. Jamás veremos feliz a una persona rencorosa; se amarga sola. Al contrario, la persona que ha perdonado de corazón una ofensa grave, por supuesto que va a recordar el hecho –pues la misma experiencia traumática le impide que lo olvide- pero lo hace desde una menta sana, no intoxicada. Ahora ese recuerdo no le hace daño porque ya lo ha procesado a través del perdón sincero; ahora ya lo está mirando desde otra perspectiva que es la propia de la salud mental. Esta persona, al perdonar, se ha liberado de un peso pesado y ahora se preocupa de tareas constructivas en beneficio de sí misma y de los demás. Cuando perdono, soy yo la primera persona beneficiada.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

EL AMOR NO SE COMPRA

Si en algo estamos de acuerdo la mayoría de las personas respecto al modo de vida que hoy prevalece, por lo menos en nuestro ambiente chileno, es que el consumismo nos domina. Este es el modo de vida que está de moda: todo se vende, todo se compra. Sin embargo no se vende ni se compra lo que es más importante en la vida: el amor.

Es además, esto del amor, el ingrediente indispensable para la felicidad. Nos lo dirán todos los estudios sobre la psicología humana, desde los más sencillos hasta los más complejos y sofisticados: sin amor no hay felicidad. Amar es el fundamento de nuestra vida. Es la experiencia con la que todos los hombres y mujeres normales se abren a la vida desde que nacen. Por eso el bebé recién nacido es capaz de sonreír a los pocos días de vida, respondiendo así a la sonrisa de su madre. Si teóricamente tuviéramos el caso de una madre que alimentara muy bien a su hijito y le suministrara las atenciones físicas necesarias pero no le diera cariño, cánticos, palabras, sonrisa, caricias, es casi seguro que su hijo crecería con alguna tara psicológica. El cariño, el arropamiento afectivo y emocional, la sonrisa y las palabras, son alimento tan necesario para el ser humano recién nacido, como lo es el alimento físico.

Por eso para ser felices es necesario aprender a amar bien. Cuando este aprendizaje no se ha logrado en buena forma vienen las distorsiones del amor. Una muy frecuente es la del amor deformado e inmaduro como tendencia a imaginarlo en forma psicológicamente pueril. Les sucede a las personas que al referirse al amor lo ven o lo sienten en forma pasiva y no activa: ¿soy yo amado/a? Vivir así el amor es muy problemático en todos los órdenes, pero especialmente en la relación de pareja. Una persona así es muy infantil y creerá que el amor lo tiene que comprar: siempre tendré que hacer méritos para que me quieran. En el fondo tiene una opinión muy pobre de los demás, pues piensa que nadie posee la capacidad de amar en forma generosa y gratuita. Es algo así como creer que todo el mundo ama o hace cosas buenas solo por interés y por sacar provecho de todo. Conocemos personas que viven preguntando a los demás cuánto le pagan por hacer esto o lo otro, o cuánto vale tal o cual cosa. Se sorprenden al ver a muchos jóvenes que parten a trabajos sociales de voluntariado durante sus vacaciones, o cuando un profesional es generoso y realiza su trabajo en forma gratuita a personas de escasos recursos. Hay personas tan poco educadas en el amor que no les cabe en su mente estrecha que otros puedan vivir y servir por solo amor.

Este es el problema del consumo que nos consume. Nos olvidamos de la gratuidad del amor, y de que sí que hay gente feliz sirviendo de corazón a los demás. Las personas infantilizadas en el tema del amor nunca serán felices porque vivirán pendientes de qué hacer para que el otro se fije en mí y vea que soy importante. Pierden naturalidad, libertad y espontaneidad. Son personas conflictivas, envidiosas, protagonistas de rivalidades sin cuento, víctimas de celos enfermizos. Es imposible que así sean felices.

El verdadero amor siempre es gratuito, sin esperar nada a cambio. Y por lo mismo, este es el amor que suele ser correspondido: Una persona que ama así, cae bien a los demás, da gusto estar con ella. Los demás la aman porque no la ven interesada ni manipuladora. Esto es lo que nos hace sentirnos felices. El amor se construye en uno mismo; ni se vende ni se compra.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

MUNDO NUEVO Y CORAZONES GRANDES

Mientras existan injusticias existirán hombres y mujeres que se rebelarán contra dichas injusticias. Pero hay rebeldes y rebeldes; no todos son iguales, ni todos merecen la misma aprobación y admiración. Como ocurre con los indignados que vemos en las marchas de protesta en cualquier lugar del mundo.

Mientras hay jóvenes y adultos que merecen el aplauso universal por su respeto, por su inteligente y educada manera de protestar, a veces hasta por su artística y creativa manera de hacerlo, nos podemos encontrar con otros que por su violencia, amargura y agresividad, entorpecen más que ayudan, en el proceso de las protestas justas. Sus conductas violentas merecen el rechazo de la sociedad.

Felizmente en nuestro mundo de hoy existen muchos hombres y mujeres de gran corazón; hombres y mujeres de corazón sensible que saben ponerse muy bien en el lugar de los demás, especialmente de los más pobres, débiles y marginados. El mes de mayo, que se inaugura con el día dedicado a conmemorar los esfuerzos emprendidos a lo largo de la historia por los trabajadores, en busca del respeto a sus justos derechos, puede ser ocasión propicia para describir el perfil de los hombres y mujeres de gran corazón, dispuestos a dar la vida por las causas justas.

Hay una ciencia psicológica conocida con el nombre de “Psicología de la Liberación”. En ella podemos encontrar elementos que nos llevan a una  descripción aproximada de estos hombres y mujeres que hemos llamado de corazón grande. Ante todo son hombres y mujeres normales y corrientes, sencillos de adentro; la sencillez les brota del alma y se irradia por todos los poros de su cuerpo. No son gente que gusta de tronos ni trapos relucientes para llamar la atención. No se hacen propaganda ni alardean de nada. No llevan otra vestimenta que la autenticidad, su amor a la verdad, su trasparencia limpia y clara como el agua cristalina. Pero a su vez su inteligencia penetrante y lúcida los conduce a realizar algunos momentos reflexivos que son sencillamente geniales. Aquí tienes, amigo lector y amiga lectora, algunas características propias de estas mentes lúcidas de corazón grande, que tomo de los autores que escriben sobre Psicología de la Liberación.

1.- Son personas atentas al mundo que les rodea. Perciben la realidad tal cual es. Con toda su objetividad cruda y radical. Sin paños calientes ni eufemismos. El sí es sí, y el no es no.

2.- Ante esta realidad surge en su corazón una sana indignación solidaria y humanitaria. Sin amarguras ni violencias, sin estridencias ni extravagancias. Saben por experiencia propia y de otros grandes hombres y mujeres que les han precedido, que no hay fuerza más fuerte, y no hay energía más enérgica que la del amor. Solo el amor, el auténtico, el de verdad, es incansable e infatigable en la perseverancia por las causas justas.

3.- Son exigentes consigo mismos para asumir el consecuente e ineludible compromiso personal y social al lado de los más necesitados.

No me negarán mis lectores que aquí nos encontramos con gente de verdadera valía, personas dignas de ser imitadas. Son las personas constructoras de cielos nuevos y tierras nuevas. Construyen cielos nuevos porque han empezado por construir tierras nuevas. Trabajan con denuedo por transformar la realidad, van por la vida pañuelo en mano para secar lágrimas, sin importarles si se trata de llantos merecidos o inmerecidos, y donde hay odio, ellos y ellas ponen amor. Son constructores de mundos nuevos.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

CON OLOR A OVEJA

Recién terminada la semana santa, y entrando en el tiempo de Pascua de Resurrección, estrenando a la vez la presencia de un Papa nuevo, me parece difícil –por no decir imposible- pasar por alto alguna de las expresiones y signos del Papa Francisco, que contienen conceptos muy útiles a todos nosotros, moros y cristianos. Sí, porque al escribir estas sencillas palabras tengo muy presentes a tantos queridos amigos y amigas que no son creyentes, pero a quienes me siento muy asociado porque coincidimos en el mismo compromiso por la construcción de un mundo mejor donde prime el bien, la justicia, la belleza, la verdad y libertad, la defensa ecológica, la solidaridad y el amor.

Hay una expresión de Francisco que me llamó poderosamente la atención. La usó durante la homilía en la misa del jueves santo con sus curas de la diócesis de Roma: sean pastores con “olor a oveja”. No hace falta sacarle mucha punta a esta expresión porque el mismo Papa se encargó de explicar su significado en el contexto de dicha homilía. Estaba hablando de cómo el sacerdote, gracias a la unción recibida con el buen aroma de Cristo el día de su ordenación sacerdotal, tiene que expandir la gracia de esa unción a todos los confines de la tierra; tiene que llegar a las “periferias” más periféricas y alejadas. Tiene que llegar a todos los hombres y mujeres de hoy con la buena noticia (evangelio) de Jesucristo, noticia que es liberadora de toda opresión y esclavitud.

El pastor que sale a la periferia en busca de la oveja perdida, de la oveja desorientada y que no sabe volver a la seguridad del rebaño; el pastor que la carga sobre sus hombros para trasladarla con cariño y ternura al lugar seguro, ese pastor queda impregnado de olor a oveja. Está claro que la Iglesia va a caminar hacia la ansiada renovación en la medida en que, fiel a su maestro Jesús, no se quede encerrada en casa y salga a las periferias del mundo y del hombre de hoy, y sea capaz de empatizar con la suerte del hombre de hoy, especialmente con la suerte de hombres y mujeres que sufren marginación, discriminación de cualquier tipo y por cualquier motivo. La Iglesia tiene que abrir sus puertas para que a ella le entre aire fresco y renovado, pero también para que ella salga a la calle a impregnarse de olor a oveja porque carga sobre sus hombros a toda persona necesitada, de cualquier clase o condición.

Me imagino así una Iglesia en la que todos se sienten cómodos y acogidos, aunque no siempre sean católicos ni creyentes. Y donde también se sientan acogidos, queridos, cómodos -porque al fin y al cabo están en su casa- tantos hombres y mujeres cristianos, que por mil avatares y dificultades de la vida de los que no siempre fueron responsables, vivieron el infortunio de su fracaso matrimonial que ellos no buscaron. Muchos de ellos, a través de tantos cruces insospechados en los caminos de la vida, encontraron más tarde otra persona que los ayudó a volver a la vida y a reencantarse con el amor. Tantos casados y descasados, vueltos a casar, que tienen que sentirse hijos de pleno derecho al interior de la Iglesia. Decía el recordado cardenal Martini: “La pregunta de si los divorciados pueden acercarse a la Comunión debería hacerse al revés: ¿Cómo puede la Iglesia ir en ayuda, con la fuerza de los sacramentos, a los que tienen situaciones familiares complejas?”

Este “olor a oveja” significa empaparse de la realidad y es imagen que nos sirve a todos. Cuántos políticos, empresarios, responsables de la vida ciudadana, profesionales, estudiantes, ciudadanos comunes y corrientes, tenemos que esforzarnos en ponernos en los zapatos de tantas gentes que, desde la periferia, desde sus necesidades perentorias, claman por más justicia y equidad. La respuesta es tuya y mía.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

VERDAD Y HUMILDAD

Escribo estas líneas cuando todavía suenan en mis oídos las campanas del Vaticano despidiendo al Papa Benedicto. Ríos de tinta han corrido desde que este hombre anunció su renuncia al cargo. Tintas de todos los colores: desde aquellas que desde el primer momento, con gran altura de miras, se atuvieron a lo expresado por el mismo protagonista, hasta aquellas que simplemente se dedicaron al morbo puro y duro. Yo no pretendo enmendar la plana a nadie, pero sí me interesaría, a partir de este hecho que ha tenido resonancia en el mundo entero, hacer una pequeña reflexión que nos puede servir a todos, moros y cristianos, creyentes y no creyentes.

La decisión de este hombre de retirarse ahora, después de que a través de la historia haya que remontarse a muchos siglos para encontrar un caso similar, me trae una gran enseñanza: hay que caminar por la vida siendo hombres y mujeres amigos de la verdad. Lo cual significa también ser personas humildes. Nadie de mis lectores me negará que pocas cosas hay más bonitas en la vida que encontrarse con personas sencillas, veraces y humildes. Santa Teresa de Jesús, la de Ávila del siglo XVI, mística culta, poeta y escritora, Doctora Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, decía que andar en verdad es humildad. ¿Por qué? Porque ambas virtudes o actitudes son inseparables. Si eres una persona que ama la verdad, esta actitud la practicas ante todo contigo mismo/a. Lo cual significa conocerte bien y reconocer tanto tus aciertos como desaciertos, tus virtudes como tus defectos, tus luces como tus sombras, tus aptitudes como tus ineptitudes, capacidades como incapacidades. A la misma Teresa de Ávila un día alguien le dijo algo así como: “¡Ay madre Teresa! Usted sí que tiene suerte... porque todos hablan tan bien de Ud. Dicen que Ud. es tan santa, y tan inteligente y hasta tan guapa”. Teresa respondió algo así como: “si soy santa, eso no lo sabe nadie, dejémoselo a Dios: solo él sabe quién es santo y quién no lo es; en cuanto a que soy inteligente... desde luego, tonta no soy. Y lo de que soy guapa... a la vista está.” Estas son las personas veraces y humildes. Si es verdad que posees este o el otro don, ¿por qué lo vas a negar? Sería falsa humildad. Pero tampoco presumas de lo que no eres, porque faltarías a la verdad.

El gran psicólogo suizo C. G. Jung decía que todos nosotros necesitamos recorrer distintas etapas o estadios para llegar a la madurez, a la autonomía personal. Ese recorrido se va haciendo a lo largo de la vida, por medio de un caminar que él llama “proceso de individuación”. Algo así como llegar a ser uno mismo. En esas etapas, una de las que más me llamaron la atención cuando era estudiante de Psicología, es la que este autor llama “integración de la sombra”. Cuanto más intensa es la luz que me da de frente, más notoria es también la sombra que dejo a mi espalda. Es lo negativo de cada uno, que tengo que saber aceptar con la misma naturalidad con la que acepto la luz. Esa es la vida, así somos las personas. Integrar la sombra quiere decir que no me desespero por mis defectos y fallos, sino que los asumo e integro en el desarrollo de mi personalidad para poder superarlos. Nadie puede superar lo que no conoce o acepta. Un adicto al alcohol o a cualquier otra droga no se superará hasta que un día, mirándose de frente al espejo, sin bajar los ojos, se dice a sí mismo: soy un alcohólico. Esa es su verdad, y solo asumiéndola podrá liberarse del problema. La verdad nos hace libres. El hombre y la mujer que son amantes de la verdad y de la humildad, son personas que andan por la vida irradiando libertad. ¡Felices ellos!

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Comunicador, Doctor en Psicología.

VIDA RETIRADA Y PAZ INTERIOR

Estos meses de enero y febrero, son en Chile tiempos, para muchas personas al menos, de vacación y descanso. En mi caso personal un obligado retiro, posterior a una delicada intervención quirúrgica, me ha servido como tiempo de silencio, soledad, reflexión, oración, estudio. ¡Cuánto lo necesitamos todos! Si no tomamos en serio estos tiempos de silencio y tranquilidad acabaremos estresados, cansados, agobiados y malhumorados.

Alguien puede pensar que estos espacios alejados del quehacer rutinario y cotidiano, tiempos dedicados al retiro, silencio, y auténtica vacación, pueden ser tiempos perdidos. ¡Craso error! Quizá sean los intervalos mejor aprovechados de nuestra vida. Dedicarnos con esmero en algunos períodos de nuestra vida al silencio, al descanso de alma y cuerpo, es hacer algo muy importante para nuestra salud mental y corporal. Una vida retirada de vez en cuando es vitamina pura para nuestro sano desarrollo espiritual, psicológico y emocional. Oportunidades así en nuestra vida sirven para construir o recuperar nuestra paz interior. ¿Y hay algo que nos haga más felices que esa paz interior? De ahí procede esa serenidad, quietud y tranquilidad que nos hace felices y que irradia energía renovada por todos los poros de nuestro ser.

Volver la mirada al gran humanista del Renacimiento español, Fray Luis de León, profesor de la Universidad de Salamanca, nos ayuda a confirmar, con la autoridad de este gran pensador, lo que ahora venimos diciendo. La oda de Fray Luis dedicada a la vida retirada sigue teniendo hoy la misma actualidad –si no más- que en los tiempos del autor.  Parece hecha para nosotros y nuestros tiempos. Invito a mis lectores a leer sin prisas y con cierto aire meditativo algunas de las estrofas de dicha oda, pensando en su aplicación a uno mismo aquí y ahora:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Para buenos entendedores pocas palabras. Dime tú, amado lector/a, si estas frases no te parecen llenas de actualidad. ¡Felices aquellos y aquellas que las toman en serio y tratan de llevarlas a la práctica!

Para Tejemedios escribió:
PADRE: JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
DOCTOR EN PSICOLOGÍA

SUEÑOS DE AÑO NUEVO

Si hacemos caso al bueno de Calderón de la Barca, ya sabemos que los sueños, sueños son. Pero no es menos cierto que hay sueños benditos, sueños de mejoría personal y social que si nos lo proponemos en serio, los podemos hacer realidad. Cualquier día es bueno para iniciar ese empeño de mejoría, pero parece que la fecha de un año nuevo nos invita, con el mismo calendario, a cambiar de hoja para iniciar una vida nueva y mejor. ¿Por qué no soñar con un mundo posible que sea mejor que el que tenemos? ¿Por qué no soñar con una sociedad chilena donde abunde la justicia social y se haga mutis por el foro la inequidad, la avaricia consumista, la agresividad prepotente?

Aunque corra el peligro de parecer ingenuo invito a mis lectores a soñar con esa sociedad y aponer manos a la obra para lograrlo. Una actitud así, empieza cuando nos decidimos a mirar hacia delante y dejar atrás el pasado que nos hace daño. Los psicólogos enseñan muy bien que los traumas, sinsabores y malas experiencias del pasado, nos ayudan a energizar nuestra personalidad, si es que no nos quedemos fijados en ese pasado negativo, sino que sabemos asumirlo para liberarnos de sus efectos destructores y, a partir de esa experiencia, aprendemos a construir en mejor forma el futuro.

Cierto: no podemos quedarnos fijos en el pasado. Hay que mirar hacia delante con nuestros pulmones llenos de esperanza. La esperanza no es espera pasiva a que surjan los acontecimientos: ella es una virtud de carga positiva precisamente porque impide que nos quedemos de brazos cruzados. Nos impulsa a ser dinámicos, activos en la construcción del futuro. Y esto es válido tanto a nivel personal como social. ¿Qué saca esa persona que no olvida injurias y desaires y mantiene vivos los rencores en su corazón? Amargarse, eso es lo único que saca.
Como hombres y mujeres que sueñan en un mundo mejor tenemos que fijar nuestros ojos en ese futuro realizable. Dejar que nuestro corazón albergue sentimientos negativos y odiosos no hace sino envilecer de alguna manera a la persona que los mantiene.

Por lo tanto, si queremos ser auténticos constructores de otro mundo posible, muy diferente al que tenemos, hemos de emplear otros materiales de construcción: bondad, honor, nobleza, justicia, capacidad de perdón y reconciliación. ¿Dónde se aprende a manejar esos materiales y las herramientas adecuadas? En la familia y en la escuela. Soy partidario por eso de que ojalá desde este año que iniciamos, se llevara a cabo en todas las escuelas y colegios de nuestro querido Chile una rigurosa aplicación de programas bien confeccionados acerca de educación cívica en ciudadanía. Que los niños, desde el jardín infantil hasta que salgan de la enseñanza media, hayan podido desarrollar actitudes bien arraigadas acerca de la participación ciudadana en sus distintos niveles: político, urbanístico, vecinal, ecológico, educación vial, tolerancia a los diferentes, etc. etc. Si esto se entrega en nuestras escuelas y a la vez se refuerza en la familia, sin duda que ese mundo posible lo podremos convertir en realidad, al menos en gran parte. Cuando yo era niño, de la generación llamada “los niños de la guerra”, una vez acabada esta, nos inculcaron desde muy pequeños, en la casa y en la escuela, que había que ser austeros, sobrios; que no podíamos gastar más que lo justo, que entre todos había que superar los estragos de la guerra par juntos reconstruir lo que había sido destruido. Creo que en nosotros, en los niños de aquella generación, caló bien hondo el tema de la austeridad, de modo que se convirtió en actitud y manera de ser. Es bien sabido que muchos miembros de dicha generación son bien sobrios y anticonsumistas hasta el día de hoy. Familia y colegio trabajando al unísono, son fuerza de gigante para alcanzar logros que parecían pura utopía.

Para Tejemedios
José Luis Ysern de Arce. Enero 2013