CON OLOR A OVEJA

Recién terminada la semana santa, y entrando en el tiempo de Pascua de Resurrección, estrenando a la vez la presencia de un Papa nuevo, me parece difícil –por no decir imposible- pasar por alto alguna de las expresiones y signos del Papa Francisco, que contienen conceptos muy útiles a todos nosotros, moros y cristianos. Sí, porque al escribir estas sencillas palabras tengo muy presentes a tantos queridos amigos y amigas que no son creyentes, pero a quienes me siento muy asociado porque coincidimos en el mismo compromiso por la construcción de un mundo mejor donde prime el bien, la justicia, la belleza, la verdad y libertad, la defensa ecológica, la solidaridad y el amor.

Hay una expresión de Francisco que me llamó poderosamente la atención. La usó durante la homilía en la misa del jueves santo con sus curas de la diócesis de Roma: sean pastores con “olor a oveja”. No hace falta sacarle mucha punta a esta expresión porque el mismo Papa se encargó de explicar su significado en el contexto de dicha homilía. Estaba hablando de cómo el sacerdote, gracias a la unción recibida con el buen aroma de Cristo el día de su ordenación sacerdotal, tiene que expandir la gracia de esa unción a todos los confines de la tierra; tiene que llegar a las “periferias” más periféricas y alejadas. Tiene que llegar a todos los hombres y mujeres de hoy con la buena noticia (evangelio) de Jesucristo, noticia que es liberadora de toda opresión y esclavitud.

El pastor que sale a la periferia en busca de la oveja perdida, de la oveja desorientada y que no sabe volver a la seguridad del rebaño; el pastor que la carga sobre sus hombros para trasladarla con cariño y ternura al lugar seguro, ese pastor queda impregnado de olor a oveja. Está claro que la Iglesia va a caminar hacia la ansiada renovación en la medida en que, fiel a su maestro Jesús, no se quede encerrada en casa y salga a las periferias del mundo y del hombre de hoy, y sea capaz de empatizar con la suerte del hombre de hoy, especialmente con la suerte de hombres y mujeres que sufren marginación, discriminación de cualquier tipo y por cualquier motivo. La Iglesia tiene que abrir sus puertas para que a ella le entre aire fresco y renovado, pero también para que ella salga a la calle a impregnarse de olor a oveja porque carga sobre sus hombros a toda persona necesitada, de cualquier clase o condición.

Me imagino así una Iglesia en la que todos se sienten cómodos y acogidos, aunque no siempre sean católicos ni creyentes. Y donde también se sientan acogidos, queridos, cómodos -porque al fin y al cabo están en su casa- tantos hombres y mujeres cristianos, que por mil avatares y dificultades de la vida de los que no siempre fueron responsables, vivieron el infortunio de su fracaso matrimonial que ellos no buscaron. Muchos de ellos, a través de tantos cruces insospechados en los caminos de la vida, encontraron más tarde otra persona que los ayudó a volver a la vida y a reencantarse con el amor. Tantos casados y descasados, vueltos a casar, que tienen que sentirse hijos de pleno derecho al interior de la Iglesia. Decía el recordado cardenal Martini: “La pregunta de si los divorciados pueden acercarse a la Comunión debería hacerse al revés: ¿Cómo puede la Iglesia ir en ayuda, con la fuerza de los sacramentos, a los que tienen situaciones familiares complejas?”

Este “olor a oveja” significa empaparse de la realidad y es imagen que nos sirve a todos. Cuántos políticos, empresarios, responsables de la vida ciudadana, profesionales, estudiantes, ciudadanos comunes y corrientes, tenemos que esforzarnos en ponernos en los zapatos de tantas gentes que, desde la periferia, desde sus necesidades perentorias, claman por más justicia y equidad. La respuesta es tuya y mía.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología