LA ALEGRÍA ES SALUDABLE

Esto lo sabe cualquiera que haya experimentado la alegría profunda, la alegría del corazón, esa alegría que va más allá de pasar un buen rato más o menos agradable, más o menos placentero. Por supuesto que la alegría y el placer no están reñidos, pueden ir juntos, pero aquella es mucho más que este porque la alegría es más profunda y va más lejos que el simple pasarlo bien que nos ofrece el placer. Incluso puede darse la aparente paradoja de que alguien lo esté pasando mal.

-Sufrir por ejemplo una grave enfermedad- y mantener sin embargo la alegría en su ser profundo, alegría que es la que le permite precisamente enfrentar hidalgamente y con buen ánimo esa enfermedad o esa mala noticia que recibió. Sí, la alegría es saludable; es señal de buena salud mental. Es un sentimiento muy grato, muy profundo, íntimo, pero que brota por todos los poros de nuestro ser; no se puede ocultar, se manifiesta de múltiples maneras. Por ser un sentimiento profundo la alegría tampoco se puede disimular ni manipular; puede alguien sí poner caras alegres, andar con sonrisas de oreja a oreja, pero pronto nos damos cuenta de que no se trata más que de eso: de caras que son máscaras.

Hay algo que es muy propio de la alegría auténtica, de buena calidad, que es el sentimiento de plenitud. Cuando mis lectores han sentido ese tipo de alegría han vivido la experiencia de un corazón rebosante, lleno, henchido de gozo, que salta de júbilo. Es como algo que rebalsa, que brota de uno mismo y se derrama hacia los demás. Por eso es por lo que la alegría es contagiosa, beneficiosamente contagiosa; es algo bueno y lo bueno se irradia por sí mismo: “Bonum est diffusivum sui” decían los antiguos escolásticos medievales.

La persona que vive esta alegría se siente livianita, ágil, libre, ligera de equipaje. Por eso nuestras sabias expresiones populares utilizan un vocabulario muy gráfico para manifestar esto mismo: “saltar de alegría”. Solo puede saltar así quien se ha desprendido de sus pesos pesados y los ha arrojado definitivamente lejos de sí. Por lo mismo esta persona rebosante de gozo, que salta de júbilo, se siente inmediatamente impulsada a correr en ayuda de los demás; su alegría contagiosa le impide quedarse cerrada en sí misma en su aislamiento, en su individualismo. Por eso vemos que las personas felices, las que llevan la alegría en su corazón, tienden siempre a ayudar a los demás en forma espontánea, sencilla, sin esperar nada a cambio.

En la parábola de “El caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher, este buen caballero se ve libre de su pesada armadura –vivir de las apariencias- una vez que recorre el sendero de la verdad y atraviesa los castillos del silencio, del conocimiento y de la voluntad. Al conocerse con toda verdad y humildad, de su corazón brotan nobles sentimientos que le hacen llorar de emoción; sus cálidas lágrimas corroen las más recónditas junturas de su odiosa armadura que por fin se desintegra por completo, y él queda liberado de sus propios miedos y temores, de sus propias falsas imágenes.

Es entonces cuando su corazón, rebosante de alegría, empieza a amar de verdad a los suyos, a las personas que forman su entorno, a la misma naturaleza. Por fin se ve hombre libre, feliz, profundamente alegre que percibe la alegría y el dolor de los otros. Llegan a su corazón los gozos y esperanzas, las penas y angustias de los demás porque ya no tiene armaduras puestas, porque se ha liberado de sus pesadas mochilas, porque al fin ya no vive pendiente del qué dirán. Ahora ya no pretende competir con nadie; solo quiere ser auténtico, fiel a sí mismo. Su alegría íntima desborda y se convierte en amor. He ahí la persona feliz.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

PORTADORES DE ESPERANZAS

Escribo estas líneas cuando las radios y otros medios nos informan minuto a minuto del terremoto de gran intensidad ocurrido en el norte de Chile el día 1 de abril de 2014. Me ha llamado la atención la actitud de ayuda de algunas personas, especialmente jóvenes y cómo, al ser entrevistadas, a la vez que solidarizan con el dolor de las personas afectadas por la tragedia, muestran una gran satisfacción interior que brota de su corazón solidario, de su alma ayudadora. Es que es así; se cumple aquella expresión de Jesucristo: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20, 35). No solo en las tragedias por causa de la naturaleza aparecen las personas que ayudan; estas personas aparecen siempre y en todas partes. Hay gente que ha nacido para ayudar a los demás, viven ayudando y morirán ayudando. Estas personas tienen una linda virtud: se dan cuenta de la necesidad del otro antes de que el otro pida ayuda. Adivinan dónde está el clamor de socorro aun cuando este clamor se produzca a través del silencio y no haya sido percibido por los demás. Personas lindas de linda sensibilidad altruista.

Sabemos que siempre habrá personas que tienen que ser ayudadas, al igual que tú y yo, amado lector/a, hemos necesitado muchas veces la ayuda de otros. Por eso, a la vez que felicitamos y nos congratulamos con las personas solidarias, con las personas que gozan de una facilidad especial para darse cuenta de los problemas de los demás, también felicitamos a las personas que saben pedir ayuda. Quien pide ayuda se salva. Sí, se salva porque reconoce su problema, porque es suficientemente humilde como para aceptar que está mal, que no se la puede con sus solas fuerzas y que necesita del buen compañero/a de camino que le eche la mano oportuna en el momento oportuno. 

Esta mano oportuna es la del hombre o mujer de buen criterio que sabe que para ayudar a la persona angustiada no sirve de nada decirle que otros están en peor situación, que deje de pensar en los asuntos que tanto le preocupan y que distraiga su mente en otros asuntos. Decir eso a una persona angustiada no sirve de nada; son consejos que reflejan la buena intención del consejero pero son consejos baratos que no surten efecto, pues qué más quisiera la persona deprimida y angustiada que poder sonreír a la vida y dejar de pensar en los temas que la agobian.

Por eso la persona ayudadora de verdad más que dar consejos y recetar fórmulas hechas se dedica a escuchar, a escuchar de corazón, a escuchar de esa manera que los psicólogos llaman “escucha activa”. La escucha activa permite que la persona angustiada se desahogue, saque todo lo que la ahoga y oprime, si es necesario con llanto y lágrimas. La escucha activa es la que practica quien ayuda de corazón. Ayuda porque se pone en el lugar del otro, empatiza con su realidad, escucha atentamente sin interrumpir y sin juzgar. Quien sufre de angustia, desolación, cansancio de la vida, depresión, miedo paralizador, solo necesita ser escuchado con alma y calma. Cuando nos encontramos en situación de aflicción, más que consejos necesitamos sentir junto a nosotros la cercanía sincera del amigo/a que sabe arroparnos mediante su escucha atenta, cálida, cariñosa.

Esta es la persona que de verdad ayuda y cuya ayuda es eficaz. Son personas salvadoras porque no se consideran salvadoras de nadie; solo pretenden acompañar al dolido porque saben que el dolor compartido es menos dolor. Por eso la persona que mejor colabora y ayuda, la persona que es verdadero salvavidas de otros, es aquel hombre, aquella mujer, que es persona tranquila, serena, sensata, pacífica, comprensiva, abierta de mente, sencilla humilde. Personas así pasan por la vida haciendo el bien. Como decía mi abuela son gentes que pasan por la vida silenciosas, sin hacer ruido, como en zapatillas de andar por casa para no molestar con sus pisadas, pero dejan tras sí una luminosa estela de esperanza. Felicidades a quienes pasan por la vida siendo portadores de esperanzas.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

LA SABIDURÍA DEL DOLOR

Las personas que me hacen el beneficio de leer las cosillas que escribo ya se habrán dado cuenta de que a veces recurro a algunas escenas bíblicas para hacer a partir de ahí alguna reflexión psicológica. La Biblia es patrimonio de la humanidad; son tan ricos muchos de sus contenidos que muy bien pueden ser leídos desde distintas perspectivas y desde distintas actitudes, no solo desde la perspectiva o desde la fe de los creyentes. Creyentes, ateos, agnósticos y no creyentes pueden encontrar en muchos pasajes bíblicos importantes enseñanzas.

Me quiero fijar ahora en un pasaje narrado en Juan 5, 1-9. Cuenta el evangelista que alrededor de la piscina Betesda se encuentran muchos enfermos: ciegos, cojos, lisiados de cualquier tipo. Dicha piscina poseía virtudes curativas especialmente al entrar en ella  en el momento en que se agitaban sus aguas, lo que sucedía de ven en cuando. Había que estar atento a ese movimiento para ser ojalá el primero en llegar al agua antes de que perdiera su energía terapéutica.

Al llegar Jesús al lugar se fijó en un tullido que tenía pinta de especial sufrimiento. Se dirige a él y le pregunta si quiere curarse; el hombre responde que por supuesto que sí, que para eso está allí, que ya lleva 38 años enfermo, pero que no consigue la ansiada sanación porque cuando se mueve el agua siempre hay alguien que le toma la delantera y llega antes que él. Este es su lamento: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando yo voy, otro se ha metido antes”. Jesús le dice: “levántate, toma tu camilla y camina”. El hombre quedó sano y se llevó su camilla.

Tenemos aquí toda una enseñanza que captamos desde la sabiduría del dolor. Efectivamente, si el dolor lo enfrentamos como se debe, nos hace sabios. En el caso del paralítico de la piscina aparece una actitud muy importante que el hombre ha aprendido desde su dolor: la humildad. Es verdad, el dolor nos hace humildes. Por lo mismo, este hombre es capaz de reconocer su verdad, su dolencia, su enfermedad, y hablar de ella sin falsos pudores. Reconoce su enfermedad, la llama por su nombre, no oculta que lleva así muchos años. Asume a la vez algo que es también fruto de la humildad: no tengo a nadie, estoy solo. Quizá sea esa la mayor y más dolorosa de las dolencias, la soledad. Ahí está el hombre, uno más entre tantos enfermos cobijados en los pórticos de la piscina, pero en él no se fija nadie ¿Hay algo más doloroso que sentirse solo, triste y abandonado? Ese hombre es el ejemplo de tantos hombres y mujeres que no son tomados en cuenta en nuestra sociedad, que no aparecen en ninguna lista de espera, que son ninguneados en el más absoluto de los anonimatos. El dolor nos hace humildes y nos enseña que necesitamos de la ayuda del otro, que nadie se basta a sí mismo, que los seres humanos estamos hechos de una naturaleza que para que funcione bien necesita abrirse a los demás. Es la naturaleza relacional y de la alteridad: necesitamos del otro y el otro necesita de nosotros.

Quizá nunca nos hemos dado cuenta tan clara de que necesitamos del otro hasta que vivimos la experiencia del dolor y del sufrimiento. También, al reconocer su problema, al ponerle nombre al dolor, al decir en primera persona “estoy mal y necesito ayuda”, al acoger la ayuda que se le brinda, este hombre, esta mujer, se dignifica a sí mismo/a, se abre a los demás y adquiere una fuerza no imaginada: ahora es capaz de levantarse, tomar su camilla y echar a andar. La imagen de la camilla al hombro es toda una preciosa metáfora de superación personal: desde que –gracias al sufrimiento- he asumido mi verdad, ahora soy capaz de mirar la vida de otra manera, puedo echarme las penas al hombro y caminar con ellas, es verdad, pero con la frente en alto y muy apoyado en las personas que quiero y que me quieren. El dolor y el sufrimiento han sido motivo de mi desarrollo personal.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

MUNDO MUY COMPLEJO Y AMOR A LA VIDA

Escribo estas líneas cuando los informativos chilenos nos hablan de la llegada a nuestras tierras del elenco de hombres y mujeres de cine que filmarán la película “Los 33”. Con esta película recordaremos de nuevo la experiencia de nuestros mineros sepultados por largos días en las profundidades de la mina San José. Aquellos hombres vivieron una experiencia única, experiencia que nos tuvo en vilo a cuantos seguíamos minuto a minuto la odisea que parecía no tener fin; odisea que acaparó la atención de todo el mundo. Gracias a la solidaridad de tanta gente y a la aplicación de oportunas tecnologías nuestros mineros pudieron ver de nuevo la luz del día, fueron rescatados sanos y salvos, y todos pudimos cantar con ellos un sentido Gracias a la Vida de nuestra Violeta Parra.

A juzgar por los testimonios que nos dieron a conocer los rescatados se confirma una vez más que cuando se viven situaciones así de extremas es cuando más se valora la vida, es cuando más y mejor nos damos cuenta de qué es lo importante y qué es lo menos importante o más secundario. Los testimonios de estos hombres enfatizan lo que todos sabemos, pero que conviene escuchar de nuevo pues muchas veces lo olvidamos: nos desvivimos frecuentemente por cosas que no merecen la pena, por cosas que hoy son y mañana no son, dejando de lado lo que realmente importa y nos hace feliz: vivir la vida de cada día con buena calidad de vida, permanecer al lado de los nuestros amándolos y dejándonos amar, manifestar con nuestros hechos que la ternura y los gestos de ternura es la revolución que puede cambiar a mejor el mundo que habitamos.

Me ha parecido entender esto mismo en una entrevista a Antonio Banderas, actor importante en la filmación cinematográfica aludida. Dice Antonio que la historia de los mineros refleja el valor de la vida en un mundo complejo; afirma que “vivimos en un mundo muy complejo, increíblemente violento, que se refleja en ese espejo que llamamos televisión todos los días...”. Es verdad que en los noticieros de televisión y otros medios predominan hechos de violencia y de atropellos de todo tipo a los derechos humanos. Pero también es cierto que estos mismos medios sirven de caja de resonancia para hacer llegar hasta los últimos rincones del mundo las buenas noticias como la del rescate de los mineros y otras ejemplares acciones semejantes.

Supongo que la película que ahora se está filmando servirá también para lo mismo: poner énfasis en lo buena y valiosa que es la gente buena y lo importante que es que esta gente abunde cada vez más. Depende de todos y cada uno de nosotros. A partir del argumento de esta película –los mineros, su rescate, los testimonios recogidos- pienso en los valores que destacaron en aquel contexto: Consolación, Luz, Liberación. Son inseparables entre sí y son necesarios en todo tiempo y lugar. Muy bien le vino en aquel momento a los mineros accidentados y a sus familias cualquier palabra y acción que les levantara el ánimo y que abriera sus corazones a la esperanza.

¿Quién de nosotros no ha necesitado del bondadoso consuelo alguna vez en la vida? Desde que nacemos nos hemos alimentado con gestos así: sentiste que alguien te escuchó atenta y cariñosamente en el momento apropiado; después fuiste creciendo, pasando penas y alegrías, dolores y tristezas, y justo cuando más lo necesitabas te llegó aquel abrazo tierno y oportuno, aquella caricia silenciosa, que sin necesidad de palabras te hizo comprender que no estabas solo/a.

Gracias a esos gestos tiernos que nos sirven de consuelo nuestro ánimo se levanta, aparece la luz en la noche oscura, esa luz que penetra hasta las profundidades de la sima de los mineros pero también hasta lo profundo e íntimo de cada uno, y finalmente, gracias a esa luz renovadora, a ese consuelo que nos anima a la esperanza, nos sentimos liberados. Aquella pesadilla se pasó, nuestras heridas se cauterizaron, hemos surgido de nuestra pena que nos abrumaba y nos hemos liberado. ¿Por qué? Porque todavía hay gente buena que sabe hacer bien las cosas y sabe decir estoy contigo.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

AÑO NUEVO, LO QUE NO PUEDE FALTAR

Para que nuestros mutuos deseos de feliz año nuevo produzcan el fruto que esperamos, conviene tener en cuenta algunos aspectos importantes de nuestro desarrollo psicológico y personal que son indispensables. Constituyen lo que podríamos considerar ingredientes para una vida plena que nos haga sentir realizados. Son elementos básicos, piezas que no pueden faltar en la construcción de buena calidad para la vida humana. Sabemos que son tan importantes porque estas son las características que muchos hombres y mujeres echaron de menos cuando se acercaba el momento de su muerte. Los dos momentos más importantes en la vida de una persona son el de su nacimiento y el de su muerte.

Cuando un adulto es consciente de estar ante la muerte, se enfrenta a su verdad; es el momento en que esa persona se siente más auténtica y cuando más sincera quiere ser consigo misma. Los profesionales de la salud, sobre todo los especialistas en cuidados paliativos, así como psicólogos, sacerdotes, personas en fin que han dedicado su vida a atender enfermos terminales, nos podrán decir lo que muchos expresan ante su momento final. Son pensamientos y sentimientos muy bonitos que indican también que todos somos capaces de crecer hasta el último momento de la vida. Cuando estas personas indican de qué cosa se arrepienten, o qué es lo que harían de manera diferente, coinciden en lo siguiente:

1.- Fidelidad a la propia conciencia. Es como decir que me arrepiento de no haber sido valiente para haber permanecido más fiel a mí mismo. Es verdad: puede ser que algunas veces nos hayamos dejado llevar de presiones ajenas, y por seguir lo que otros esperan de mí no he cumplido aquello que me habría hecho más auténtico/a, más feliz. Por eso al comenzar un año nuevo es conveniente hacerse el propósito de trabajar la propia libertad para no sucumbir ante presiones interesadas de otros. Sentirse libre, en el pleno sentido psicológico de la palabra, es lo mismo que ser y sentirse muy responsable ante la propia vida y ante las decisiones que cada uno ha de tomar.

2.- Tiempo para amar. Equivale a decir: me arrepiento de haberme obsesionado con el trabajo. Por culpa de esta adicción al trabajo no me di tiempo para amar a los míos y decirles todo lo que los quiero. Muchas personas, sobre todo hombres, en el momento de su muerte han lamentado que no se dieron tiempo para estar más con sus hijos, para jugar con ellos, para verlos crecer. Ahora, con lágrimas que recorren sus mejillas, reconocen que ya es demasiado tarde. Resulta conmovedor ver con qué sentimiento de impotencia, pero a la vez con qué sanador arrepentimiento se repiten: “Por qué, Señor. Por qué no me di cuenta antes”. Es importante que el cuidador/a –seguramente un familiar- que acompaña en ese momento al enfermo le ayude a asumir esta verdad con mucha serenidad. Cuando experimentan un arrepentimiento sincero mueren con mucha paz rodeados por el cariño de los suyos. Conviene recordar lo que dijo el gran poeta y místico Juan de la Cruz: “al final de la vida seremos juzgados acerca del amor”.

3.- Expresión sana de los propios sentimientos. Hay gente que antes de morir se ha arrepentido de no haber sabido expresar en cada momento la verdad de sus sentimientos. Se han inhibido y reprimido por falta de seguridad en sí mismos, y hoy se dan cuenta de que el haber sido así no les ha hecho bien. Ante la proximidad de la muerte perciben que muchos momentos de su existencia habrían sido más radiantes, de más luminosidad y menos amargura, si hubieran llevado una vida menos mediocre, más auténtica, más expresiva.

Los avances más logrados de la ciencia psicológica contemporánea nos advierten sin cesar de la necesidad de estos elementos que acabamos de citar. Los hitos cronológicos, como el comienzo de un nuevo año, pueden ser ocasión propicia para que nos comprometamos a dar importancia en la vida a lo que realmente la tiene: la fidelidad a sí mismo, la capacidad para expresar abiertamente lo mejor de nuestros sentimientos de amor, y desde luego andar por la vida con paso firme, mirando siempre a los ojos de los demás. Andar así equivale a construir con todos, especialmente con los más cercanos, el mundo nuevo que anhelamos. ¡Feliz año nuevo!

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

LA ALEGRÍA ES CONTAGIOSA

Y por serlo, por ser contagiosa, cada uno tenemos nuestra responsabilidad en ser portadores de una alegría que partiendo desde nuestro interior, desde lo más íntimo de nuestro corazón, se irradie al exterior para que sea captada por otros y se puedan beneficiar de ella. Me dirán ustedes si acaso puede ser alegre alguien que se siente atenazado por un grave dolor, enfermedad, desgracia familiar, o por cualquier contrariedad de la vida. Les diré que sí, que esa persona también puede ser alegre, y de hecho muchas veces nos hemos encontrado con gente así en el cruce de caminos de la vida. ¿Quién de nosotros no conoce alguna mujer sencilla y amorosa, cuya vida está llena de problemas, y sin embargo sonríe a la vida?

Mucho depende de lo que entendamos por ser alegre, que es distinto a estar alegre. Nuestra lengua distingue muy bien entre el ser y estar. El ser denota algo que toca el núcleo de la personalidad, el centro de mi propio ser y existir; ser de una manera u otra significa que la persona pertenece a un modo de existencia que probablemente es la marca de sí mismo, su característica propia y existencial. Así puedo decir que soy chileno, y lo seré toda la vida; soy hombre, soy mujer, soy blanco o negro. El concepto estar es algo que pertenece más bien al mundo de lo transitorio; algo que puede estar o no, y no por eso cambia la esencia de mi personalidad. Alguien puede estar enfermo sin ser una persona enferma, puede estar enojado sin ser una persona enojona, puede estar alegre sin ser una persona alegre.

No pretendo en estas breves líneas hacer una clase de filosofía, y por supuesto que a todo lo que acabo de decir se le pueden añadir muchas advertencias, matices y hasta correcciones. Sólo quiero decir que hay personas que son alegres de adentro, de lo profundo de su ser, y que esa alegría permanece en ellas aunque en un momento dado de sus vidas se sientan abatidas por la tristeza de los acontecimientos pesarosos que nunca faltan en la vida de las personas. Hablo de la alegría verdadera, de esa alegría muchas veces silenciosa, nada ruidosa ni bullanguera, que se anida en el corazón de las personas y produce una gran paz interior que se irradia al exterior. Es la alegría de mucha gente sencilla, de hombres y mujeres de corazón limpio, de mirada limpia, de mente amplia, de pensamientos nobles, que nos contagian su paz y alegría cuando apenas cruzamos con ellos las primeras palabras o la simple mirada. Lo escuchamos en el lenguaje corriente: “ese hombre, esa mujer, tiene algo que cautiva con solo mirarle a los ojos. Esa mujer, ese hombre no sé qué tiene, pero lo cierto es que cada vez que se cruza en mi vida me contagia una enorme paz que me dura todo el día”. Expresiones así las hemos escuchado de vez en cuando.

Es verdad: la alegría es contagiosa; la alegría se comunica, y al comunicarse se renueva. Es así porque los seres humanos no somos islas; somos seres sociables que hemos nacido de la relación de un hombre y de una mujer, y conservamos para siempre la marca de lo relacional. Somos menos hombre y menos mujer cuando permanecemos aislados, cuando nos encerramos en nuestro egoísmo individualista y no nos comunicamos. Es entonces también cuando nos invade la tristeza. La tristeza en que se agotan algunas personas de nuestro entorno puede deberse a esta corriente de nuestro mundo que con sus ofertas exitistas y engañosas hace creer que la felicidad se encuentra donde no es posible hallarla: en una forma de vida egoísta, encerrada en la propia complacencia, en una forma de vida cómoda y avara.

Se acerca la Navidad. El protagonista de esta fiesta –aunque a veces se nos olvide- es aquel niño Jesús que nació pobre y humilde en Belén, pero que fue un gigante en la defensa de la Vida, de la Justicia y del Amor incondicional a todo hombre y mujer, sin fijarse en apariencias externas. La paz que brota de su mensaje a toda persona de buena voluntad es la paz que brota también de todos aquellos que saben vivir la vida sencilla, contagiosa de alegría. Feliz Navidad.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

EL AMOR HABLA EN SILENCIO

Recuerdo de mi infancia una coplilla andaluza que se comía sílabas al ser cantada en tonada popular, pero que se entendía muy bien: “Tu madre no dice ná; es de las que habla con la boquita cerrá”. Es verdad, el silencio, cuando es un silencio basado en el amor, es lo más locuaz que hay. Dicho de otra manera: el amor habla por sí mismo, no necesita de palabras ni gritos, ni de sonoros discursos. Él mismo, con sus gestos y sus hechos, es la gran palabra. El amor no es ruidoso, no hace barullo; mi sabia abuela decía que el amor camina silencioso y discreto como en zapatillas de andar por casa. Es eficaz, ejecutivo, práctico y concreto, actúa siempre según lo que haga falta, pero no se hace propaganda publicitaria ni pregona a los cuatro vientos nada de lo que hace.

Mis lectores estarán de acuerdo, al repasar mentalmente nombres de las personas más amorosas que conocen, que efectivamente son personas sencillas y nada ruidosas ni alharacas. Al contrario, verán que conocen otras personas muy ruidosas e hinchadas de sí mismas, pero que para nada son ejemplos de un verdadero amor.

Tenemos que recuperar en nuestra sociedad el silencio y el amor. Estamos demasiado volcados al exterior, al mundanal ruido, abrumados por demasiadas voces que nos aturden, y eso no nos hace bien. Vivir así nos hace daño porque nos dedicamos a lo accidental y secundario olvidándonos de lo esencial y principal. El silencio no consiste solo en callar y no hablar; eso también lo puede hacer la persona tímida y acomplejada que no habla porque tiene miedo a hacer el ridículo. No, el silencio al que me refiero es mucho más: va unido al amor, y por lo tanto a la justicia, sinceridad y verdad. Es un silencio que tiene mucho que decir, y lo dice, con su misma actitud luchadora y consecuente.

Este silencio es una actitud positiva que lleva a la observación de la verdad, de la realidad, la analiza con seriedad, y a continuación actúa en consecuencia. Por eso esta es la actitud de los verdaderos revolucionarios como Gandhi, San Alberto Hurtado, Nelson Mandela, Jesucristo y muchos más. No hay revolución más seria y poderosa que la que procede de un corazón invadido por el amor; estas son las personas que actúan en consecuencia y cuya fuerza no la detiene nadie.

El silencio es la condición previa para este tipo de amor. Gracias al silencio, a la reflexión serena, a la meditación profunda, podemos entrar en el discernimiento que nos ayuda a las buenas y acertadas respuestas que nos exige el compromiso del amor. El amor consiste en salir de sí mismo para ir al otro, y eso no lo puede hacer quien se encuentra ofuscado y perturbado a causa del ruido externo y de las angustias que lo invaden. Las situaciones estresantes, las ansiedades que produce el consumismo, el afán de poseer y compararse con los demás, nos llevan a una situación de ánimo que nos obliga a vivir a la defensiva. Una situación así, lejos de ayudarnos a salir de uno mismo para ir al otro, nos lleva a encerrarse en uno mismo y a ver al otro como un peligro o un virtual enemigo del que hay que defenderse.

El amor con su silencio pacificador no nos separa del mundo sino que nos compromete con el mundo para su liberación, para su renovación. Este es el amor de tanta buena gente que ingresa a voluntariados de toda índole, que participa en movimientos ecológicos, pero sobre todo que está atenta a las necesidades del prójimo para acudir en su ayuda, no en forma asistencialista, sino para colaborar a la toma de conciencia, paso primero hacia la acción autoliberadora.

Este silencio y este amor no se encuentra en los programas escolares de nuestro sistema educacional; hay que mamarlo en el propio hogar, al calor de la educación familiar. Es ahí donde cada uno de nosotros podemos aprender que el amor verdadero consiste en salir de nosotros mismos para ir hacia cada hombre y cada mujer, donde encontramos lo que nos falta a cada uno para ser más plenos y completos. El amor que se cierne en el silencio profundo nos lleva a las periferias y nos construye la propia felicidad mientras colaboramos a la felicidad de los demás.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

TE DOY MIS OJOS (Violencia en la pareja)

“Te doy mis ojos”, así se titula una conocida película española que habrán visto seguramente varios de mis lectores, y que yo he compartido en las clases de psicología con mis queridos estudiantes de la Universidad del Bío-Bío. El argumento se refiere a la violencia en la relación de pareja, especialmente a la violencia del hombre contra la mujer, violencia que según leemos en la prensa de estos días, es muy frecuente en Chile y que se da también en parejas muy jóvenes, en la relación de pololeo y noviazgo.

Hay una escena de la película que me conmueve cada vez que la veo, una escena que en lenguaje cinematográfico dice mucho –por no decir todo-  lo que encierra y significa psicológicamente la violencia en la pareja. En la escena vemos a los protagonistas, marido y esposa, en su intimidad sexual; vemos un hombre y una mujer aparentemente muy normales, que se aman mucho, que se dicen cosas lindas y hasta románticas mientras viven su encuentro amoroso. Diríase que nos encontramos ante el matrimonio ideal. Pero de pronto, he aquí la fuerza del lenguaje cinematográfico, la cámara se desvía de los protagonistas y nos enfoca a lo lejos el Alcázar de Toledo, deteniéndose unos instantes en esa imagen. ¡Qué horror! Todos los españoles de mi generación (los llamados “niños de la guerra”) y todas las personas conocedoras de la historia del siglo XX saben muy bien lo que simboliza el Alcázar de Toledo, sobre todo en el contexto de la película: la máxima violencia y brutalidad de la guerra.

De alguna manera está contenido en esa escena lo que suele ocurrir en los llamados “amores violentos”: lindas declaraciones de amor, el hombre violento repite una y otra vez que nunca más, “que a ti, querida mujer mía, te amo sobre todas las cosas, que sin ti mi vida no tiene sentido, que ni me acuerdo de lo que pasó aquella vez. Tú sabes, amor mío, que fue porque me provocaste, pero que yo te amo y que ahora no quiero que te vuelvas a acordar de aquello. Además, ya ves que estoy cambiando, y te prometo y juro por Dios, y por nuestros hijos y por lo que más quieras, que nunca más, que ahora seré distinto, que te voy a sorprender. Solo te pido, mi amor, que creas en mí”. Así se suelen expresar estos hombres una y otra vez, pero en el horizonte, como telón de fondo, aparece el fantasma del Alcázar de Toledo, la violencia sigue presente.

Así suele ser el perfil psicológico de las personas violentas en la relación de pareja, sobre todo de los hombres violentos. En muchos casos son hombres de personalidad insegura, de baja autoestima, con reacciones iracundas a flor de piel que no son capaces de controlar, suelen ser personas incapaces de expresar sus sentimientos y emociones en forma adecuada. Su misma inseguridad y baja autoestima los lleva a ser portadores de una agresividad generalizada que se expresa en diversos síntomas o manifestaciones: intrusean en la vida privada de la persona amada, espían los contactos de su teléfono, correo, Facebook, le hacen verdaderos seguimientos de tipo casi policial para espiar todos sus pasos, etc. etc. Como vemos, todas estas formas de actuar tienen un denominador común transversal: la falta de confianza. Así es el individuo violento: la inseguridad en sí mismo, la falta de confianza en sí, le hace ser un desconfiado de los demás, especialmente de la persona supuestamente amada. Estas maneras de actuar son síntomas de una violencia psicológica que más adelante se transformará en violencia física.

¿Qué hacer ante una situación así? Es aconsejable una buena terapia de pareja y también individual. Mientras el problema se resuelve es recomendable tomar distancia de la persona violenta, alejarse a tiempo, antes de que sea demasiado tarde. Pero lo más importante: prevenir. Ello se logra sólo mediante una buena educación afectiva y emocional desde niños, en el seno de la propia familia.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

GESTOS DE FRATERNIDAD

En este mes de la patria podemos reflexionar sobre nuestro aporte para la construcción de un Chile mejor. Una reflexión que nos viene insinuada desde la Psicología. Esta ciencia es muy preocupada del desarrollo personal, del desarrollo integral de cada hombre y mujer; habla de un desarrollo que conduce a la felicidad personal y social. Un desarrollo así no espera a que los políticos y dirigentes sociales emprendan la construcción de la sociedad; un desarrollo así empieza por la construcción de uno mismo, de su propia persona. Toda persona responsable, lo primero que hace, lejos de cruzarse de brazos, es poner la mano en el arado para colaborar en el trazado del surco donde vendrá la siembra.

Soy un convencido de que si cada uno de nosotros nos convertimos en mejores personas, Chile será más “dulce patria”, sociedad más justa y equitativa. Es cierto quizá, que tú y yo no podemos hacer grandes cosas ni cambiar la realidad de Chile de la noche a la mañana, pero lo que también es cierto es que lo que tú y yo no hagamos se quedará sin hacer. Tu aporte y el mío puede ser que no signifique más que una gotita en el océano, pero sin esa gotita el océano tendrá menos agua.

Creo mucho en la amabilidad de las personas y cómo las personas con nuestros gestos fraternos y amables podemos hacer milagros, podemos hacer el milagro de crear un mejor ambiente donde podamos vivir y movernos más a gusto. Nos quejamos de que existe a nuestro alrededor demasiada violencia y agresividad, ¿por qué no empezar a ser yo persona más tierna y acogedora? Créeme que también así se puede empezar a hacer patria. Bien sabes, amigo lector y amiga lectora, todo el bien que se puede hacer con una sonrisa salida del alma, con un buen trato a la persona que pasa a tu lado o a la que atiendes en tu oficina, en tu trabajo. Yo creo en la bondad de las personas, y creo que muchas personas todavía no han explotado del todo la bondad que anida en ellas.

Cierto, no soy ningún enajenado mental que desconoce la realidad en la que nos movemos. Bien sé que estamos rodeados de violencia, asaltos, egoísmos de todo tipo, negocios sucios, etc. Pero también sé que estamos llamados a construir un mundo nuevo donde reine mayor justicia, equidad y fraternidad. Me atrevo a pensar que el mes de la patria nos llama a eso. Por eso, desde estas sencillas líneas me atrevo a proponer que cada uno se pregunte a sí mismo algo así como: ¿qué he hecho yo o qué hago yo para que en el ambiente en que me muevo se viva una realidad más grata? Hay mucha gente que vive así, dando lo mejor de sí mismos día a día, pero no son noticia. No importa; lo importante es que haya personas así, y que tú y yo seamos una de ellas.

Construir una sociedad más justa, grata y vivible, empieza cuando en vez de tirar piedras al tejado ajeno comienzo por arreglar las goteras del mío. El egoísmo parte en retirada cuando yo mismo inicio actitudes de solidaridad sincera y voy creando conciencia de que además de la caridad existe la justicia, lo cual quiere decir que en un país donde hay mucho dinero, donde hay mucha riqueza, donde hay importantes ingresos, tiene que haber también una importante distribución equitativa de dichos ingresos. Esta justicia distributiva es necesaria para que todos los hombres y mujeres de Chile puedan vivir de acuerdo a las exigencias de su dignidad humana. Por eso importa, que cada uno, ahí donde sea que se encuentre, aporte con su manera de ser y vivir lo mejor de sí mismo hasta que se desarrolle la gran conciencia social que cambiará la cara de Chile. Entonces será un Chile más bonito todavía. Felices fiestas.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE. DOCTOR EN PSICOLOGÍA