CIENCIA Y FE

Este año se celebra el 50 aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II por el Papa Juan XXIII, el Papa bueno. Cuando alguien le preguntó por qué abrigaba tanta ilusión y tantas esperanzas acerca de este gran acontecimiento, y le pedían qué es lo que esperaba de dicho Concilio, el hombre, en un gesto que dice más que las palabras, y que revela bien el meollo de su personalidad, se limitó a abrir las ventanas de su biblioteca mientras decía: “¿Qué quiero del Concilio? Esto es lo que quiero: aire fresco para la Iglesia”. Efectivamente, la Iglesia necesitaba entonces -y necesita ahora- una renovación.

En realidad, toda institución, al igual que toda persona humana, necesita permanecer en estado de continua renovación. Todos necesitamos dejar bien abiertas las ventanas de nuestra personalidad para que entre aire fresco que renueve nuestros pulmones. Algunos entendidos en temas eclesiásticos comentaron después, y no sin cierta ironía, a la vista de algunas reacciones posconcilio, que lo que vino para la Iglesia fue más que aire fresco, vino un verdadero ventarrón que la removió hasta lo más profundo.

Uno de los grandes temas que adquirieron especial interés a partir del Concilio es el del diálogo fe – ciencia. Los que somos mayores recordamos todavía aquellos tiempos en que no era raro encontrar cierta sospecha y recelo entre los hombres de fe y hombres de ciencia. Gracias a Dios esta actitud de mutua sospecha no sucedía entre todos los mejores científicos y mejores creyentes, -de hecho abundan ejemplos de serios científicos que a la vez son grandes creyentes- pero sí se daba en muchos hombres y mujeres de ciencia. El Concilio Vaticano II abrió horizontes nuevos al poner énfasis en las grandes verdades de Jesucristo, al centrarse en lo más importante del Evangelio, que es el amor incondicional y sus consecuencias. Así, hoy todo creyente sabe que la ciencia y la fe sólo son verdaderas si están al servicio del hombre y de la mujer contemporáneos.
La fe y la ciencia, como lo dice el Concilio, están al servicio del mundo. Una fe y una ciencia que no me ayuden a enfrentar de mejor manera la realidad de los hombres y mujeres de hoy; una fe y una ciencia que no me ayuden a hacer esa realidad cada vez más humana, más vivible y sana, más acogedora y motivo de felicidad, no me sirven de nada, no las quiero. Las rechazo como material desechable.

No creo en un Dios alejado de las personas, castigador y frío, indiferente a los dolores y penurias de la gente, a sus gozos y esperanzas, indiferente a las angustias y tristezas de los hombres y mujeres que caminan en nuestro mundo. Ese Dios no existe; ese Dios no es el de Jesucristo. Hoy sabemos que los campos de la fe y de la ciencia son distintos, por supuesto; que cada una tiene su propio objetivo que las hace realidades autónomas, claro que sí. Pero a la vez afirmamos sin vacilación alguna, que son dos mundos de conocimiento que no son excluyentes el uno del otro, y que deben ser complementarios.

No hay oposición entre la fe y la razón; sí la hay entre la ciencia y el delirio religioso. No hay oposición entre la fe y la ciencia, sí la hay entre la recta razón y el fanatismo religioso. No hay oposición entre la verdadera ciencia y el dogma razonado; sí la hay entre el fundamentalismo científico y el dogmatismo cerrado. La preocupación que hoy nos invade a los creyentes no es la confrontación entre estas realidades fe – ciencia, sino ver qué hacemos para que ambas se den la mano y trabajen juntas en el logro de un mundo más humano.

Para Tejemedios
Padre José Luis Ysern de Arce
Doctor en Sicología
Junio 2012

FE Y POLÍTICA

Se me ocurre esta reflexión porque veo por doquier mucho escrito, y oigo por doquier mucho ruido, acerca de las próximas elecciones municipales chilenas. Por otro lado, como me he puesto a escribir justo el día siguiente al Domingo del Buen Pastor, se me ocurre que algunas de las características de este pastor le vienen bien al buen político y al buen alcalde. El año 1927 el Papa Pío XI salió en defensa de los jóvenes de la Federación de Universitarios Católicos Italianos -la equivalente a la Asociación de Universitarios Católicos (A.U.C.) de Chile- porque los acusaban, en tiempos de Musolini, de que se metían en política. Entonces el Papa, con toda su autoridad, dijo que la política es la máxima expresión de la caridad. Es decir, el buen político es el buen hombre o la buena mujer que se propone como meta de su vida el servir incondicionalmente a la comunidad, a los ciudadanos. No sólo a quienes le han elegido, sino a todos a quienes corresponde su distrito o jurisdicción. Por eso no cabe sino felicitar a las personas que se sienten movidas por este noble interés político.

Todo hombre o mujer que se siente atraído por este afán de servicio –sea o no sea creyente- merece todo nuestro apoyo y elogio. Desde mi fe creyente aplaudiré siempre a estas personas que han hecho de la política un verdadero interés, sincero y auténtico, por servir al prójimo, especialmente a los más necesitados, marginados y abandonados.

Desde esta perspectiva, el buen político sabe que está al servicio del bien público y que ese bien, bien común, hay que gestionarlo con toda honestidad y seriedad. Los creyentes podemos afirmar desde las exigencias de nuestra fe que todo poder –político, social, y también religioso- que no esté al servicio del pueblo y de los más necesitados, es contrario a la voluntad de Dios. El político honesto y decente, al igual que el buen pastor, está dispuesto a dar la vida por su gente. Es alguien que entrega su vida en actitud de servicio porque se “des-vive” por los demás.

El hombre político y la mujer política, se presenta a sus posibles electores, ofreciéndoles algo muy importante: estoy con Uds., y si me eligen seguiré siempre con Uds. Es una persona convencida de que eso lo dice en serio, y por su misma seriedad, se hará creíble ante los demás. Si se trata de una persona política de verdad, se tiene que traslucir que actúa por amor y no por intereses personales o por dinero. Es alguien de convicciones firmes, claras, que las sabe exponer a los demás, y que es capaz incluso de arriesgar su vida por fidelidad a las mismas.

Esta es la diferencia entre el buen político y el mal político; como la diferencia entre el buen pastor y el mercenario. El primero es capaz de dar la vida por sus ovejas, este último, como es mercenario, no le interesa la vida ni salud de los demás, sino su propia conveniencia; actúa por dinero, y las personas le tienen sin cuidado.

La proximidad de las elecciones municipales en Chile, puede ser la ocasión ideal para que mucha gente de buena voluntad, desencantada del mundo de los políticos, recupere la confianza en ellos. Como en todas partes, también en la política hay de todo, pero creo que son mayoría las personas honestas, serviciales, entregadas, generosas, rectas, que hacen de la política la forma eximia de amor al prójimo.

Para Tejemedios
José Luis Ysern de Arce
Sacerdote, Doctor en Psicología
Chillán, Mayo 2012.



PASCUA DE RESURRECCIÓN Y SENTIDO DE SUPERACIÓN

Los signos litúrgicos de la Pascua de Resurrección nos hablan de luz, júbilo, alegría, encuentro, superación de las dificultades. El hecho ya lo conocemos: hace tres días que Jesús ha muerto y sus discípulos se encuentran anímicamente bajo una angustia de muerte. Están desconcertados, desanimados, algunos de ellos parecen deprimidos casi al máximo. Una de estas facetas de angustia mortal se ve reflejada en el hecho de la dispersión, separación, abandono. Desde el momento en que toman preso a Jesús, estos hombres, llenos de miedo, se dispersan cada uno por su lado, se encuentran desconcertados, y con sentimientos de culpa porque han abandonado al amigo. Han caído en una seria crisis de angustia.

El estado anímico de estos hombres refleja con bastante exactitud lo que nos pasa a cualquiera de nosotros ante situaciones parecidas. El ser humano es tan humano ahora como hace veinte siglos. Cuando vivimos situaciones de angustia nos bloqueamos, nos desconcertamos, nos desorientamos, perdemos el norte. Este desconcierto es vivido por cada uno de una manera característica que le es propia, pero siempre hay algo común que es transversal a todas las personas: el desconcierto, la angustia, el sentimiento de baja autoestima relacionado con el sentimiento de culpa. Todo parece perdido, no se ve ninguna luz, todas las puertas parecen cerradas. Por eso, generalmente, la persona que vive este estado psicológico de angustia y depresión tiende a aislarse, esconderse, no quiere participar con los demás. Pero felizmente, de pronto aparece la luz, se abren nuevas posibilidades, la vida comienza a sonreír.

Es lo que ocurre a los discípulos de Jesús cuando son testigos de que su amigo ha resucitado.  Y ellos resucitan con Él. En términos psicológicos podemos hablar del efecto de la resiliencia. Cuando es de esperar que esta persona reaccione a la baja y se hunda en el abismo más profundo de la depresión, angustia, o reaccione con conductas y comportamientos cada vez más negativos y desastrosos, esta persona se levanta –con sorpresa para sí misma y para los demás- y renuncia a quedarse en el suelo, abatida y postergada. ¡Se ha levantado resucitada! Esto es lo que constatamos todos los días en tantos hombres y mujeres que se superan a sí mismos, y que continuamente se siguen superando.

Conviene advertir algo muy importante:
En el proceso de superación pueden intervenir acontecimientos, personas determinadas, incluso hechos que nos parecen nimiedades minúsculas, a las que antes no habíamos concedido importancia alguna. Y también ocurre algo similar en la Pascua de Resurrección narrada en los libros bíblicos del Nuevo Testamento. Me refiero al rol jugado por las mujeres en este proceso de superación de los discípulos de Jesús. Estos hombres, bastante machistas ellos, tal como correspondía a su cultura, poco o ninguno era el caso que hacían de las mujeres que les habían acompañado en la ajetreada actividad de Jesús, incansable viajero de pueblo en pueblo, por los caminos de Galilea. Pero ellas son las que les traen la buena y desconcertante noticia del sepulcro vacío: Jesús ha resucitado.

Cuántas veces en nuestra vida, de donde menos lo esperamos, y por donde menos sospechamos, viene el acontecimiento, el empujón que nos remece y nos hace levantar de nuevo. Todos, todos los días, necesitamos entrar en proceso de resurrección, renovación y superación. Feliz Pascua de Resurrección.
Para Tejemedios
José Luis Ysern de Arce
Sacerdote, Doctor en Psicología
Abril 2012.


FORMACIÓN INTEGRAL Y EDUCACIÓN

Saludo con mucho cariño a los lectores/as de TEJEMEDIOS, la revista noticiosa de Ñuble, a la que con gusto prestaré mi modesta colaboración mientras pueda. Agradezco a los realizadores de este medio noticioso por la gentileza que han tenido al pedirme el aporte que pueda dar. Lo agradezco de verdad, porque soy consciente de que por medios como este ponemos en marcha un canal de comunicación de alcance ilimitado, bidireccional, interactivo, y de gran llegada. Muchas gracias, amigas y amigos de Tejemedios.

En Chile estamos –al momento de escribir estas líneas- inaugurando el mes de marzo 2012. Empiezan las clases en nuestras instituciones educacionales, tanto de enseñanza básica y media, como de educación superior. La palabra “educación” lleva implícita en los chilenos/as de hoy, una asociación de imágenes vinculadas a las protestas callejeras que el año pasado protagonizaron nuestros indignados estudiantes. Protestaron –y posiblemente también lo harán este año- porque reclamaban una educación pública, gratuita y de calidad.
¿Qué es una educación de calidad? Pienso lo que ya han dicho, mucho mejor que yo por cierto, educadores de gran prestigio, personas con autoridad en el tema: educación de calidad es la que lleva a una formación integral. Así es: nada más y nada menos que una formación integral. Logra una educación de calidad aquel hombre, aquella mujer, que gracias a los medios de educación con los que cuenta llega a ser una persona feliz de la vida, auténtica, autónoma, segura de sí misma, sólida en la base de sus principios, feliz que hace felices a los demás. Una educación así, comienza en la misma familia, pasa por los filtros de las instituciones académicas que la persona frecuente, y no termina nunca. Ya vemos que quien llega a ser persona integral es mucho más que lo que mucha gente entiende por ser “buen estudiante”. No, no es buen estudiante ese niño/a que saca las mejores notas, que obtiene premios por su rendimiento en las asignaturas más difíciles, pero que a la vez está muy lejos de ser reconocido como el mejor compañero, que nunca aparece en un grupo de solidaridad, que jamás se integra a una campaña para defensa de los derechos de las personas postergadas, y que encerrado en sí mismo, no se interesa por el mundo que le rodea. A lo sumo, a ese niño o joven le podemos considerar como alguien inteligente, académicamente aplicado, pero no merece el título de “buen estudiante”, puesto que no ha desarrollado las actitudes de la persona integral.
¿Actitudes de la persona integral o que va camino de serlo? Las que se ven reflejadas por ejemplo en estos verbos: Pedir, Buscar, Llamar. Sí, un joven que se empapa de una educación de calidad es alguien que sabe que no está solo, que nada puede él solo o ella sola y por lo tanto pide ayuda, aprende a relacionarse con los demás, aprende a trabajar en equipo y a colaborar con los demás. También sabe buscar siempre, investigar siempre; no se agota su capacidad de sorpresa, de admiración y asombro, y este mismo sentido de admiración le lleva a ser sencillo/a, a abrir ojos de sorpresa –ojazos de niño- por las cosas más simples y cotidianas, como les ocurre a los grandes científicos e intelectuales. Finalmente, sabe llamar a gritos o en forma silenciosa a otros, cada vez que hay que hacer fuerza para salir en defensa de los oprimidos y marginados. No le importa entonces cambiar sus libros y cuaderno de apuntes por una pancarta en la que sin violencia, pero con mucha fuerza y convicción, expresa su sentir por las causas justas. He ahí la educación integral, la que abarca mente, espíritu, corazón y afecto. Es lo que llamamos, una persona amorosa.

Para Tejemedios
José Luis Ysern de Arce
Sacerdote, Doctor en Psicología