LA MUJER DE NUESTRO TIEMPO

Nuestro discurso es claro y todos coincidimos en él. Afirmamos sin vacilación alguna que en una sociedad moderna y desarrollada la mujer no puede ser excluida. Afirmamos que desempeña cualquier cargo, trabajo y oficio con igual o mejor eficiencia que el hombre. 

A nadie se le ocurriría en el mundo de hoy dudar de la dignidad de la mujer, o afirmar que la mujer tiene que estar sometida al varón. Cuando escuchamos algo así, o cuando de países de otras culturas nos llegan noticias acerca de mujeres postergadas, condenadas, oprimidas por legislaciones patriarcales y machistas, nos admiramos, nos extrañamos, y nos indignamos. Nos parece mentira que haya lugares donde todavía ocurran acontecimientos de este tipo, del todo abominables por su repugnante machismo. Sin embargo, si fuéramos más autocríticos veríamos que entre nosotros existen algunas actitudes más o menos cínicas, que corresponden todavía a resabios de una cultura machista no del todo superada.

Es un pensamiento que me viene estos días a la mente cuando me encuentro sometido a un largo tratamiento de radioterapia contra el cáncer que me aqueja, que me permite gozar de tiempo para leer, orar, escuchar. Converso con mis colegas de dolencia mientras esperamos el turno para la terapia y hasta me van surgiendo nuevas amistades (en todo hay siempre algo bueno). Somos personas de todo tipo y de todas las edades. Aparecen mujeres que además de la radiación han sido sometidas a la quimioterapia. En ese grupo femenino veo también todo tipo de reacciones: desde las mujeres que lo están llevando muy bien, positivas, valientes, esperanzadas, con buen humor, hasta las que se decaen, se deprimen y usan expresiones como: “me da miedo mirarme al espejo”; “tú, sabes... a una ya los hombres no la miran igual”, “la autoestima se me ha ido al suelo”, etc. Naturalmente que en esos minutos de espera trato de hacer mi laborcilla de levantamiento de ánimo.

Pero me pregunto: ¿Qué pasa con nosotros, qué hemos hecho en nuestra sociedad? ¿Qué hemos hecho de la mujer en nuestros medios de comunicación? ¿Qué concepto prevalece acerca de ella? ¿Qué ha pasado para que una mujer, a causa de una determinada alteración física, no se atreva a mirarse al espejo? A mí, que soy cristiano (mal cristiano) ¿Qué me dice Jesucristo acerca de la dignidad de la mujer? Son torrentes de preguntas que no soy capaz de resumir en esta sencilla reflexión que comparto con mis bondadosos lectores.

Y me respondo que somos unos cínicos. Decimos que creemos en la mujer, en su valía y dignidad, en su autonomía propia; decimos que se superaron los tiempos en que ella era mirada en menos ante la prepotencia del varón. Pero veo que en determinados ambientes de mi amado Chile todavía no solo no se han superado modelos reductivos y machistas de mujer sino que se promueven; basta recordar algunos ejemplos: afán de algunas personas por reducir el papel de la mujer solo al de esposa y madre; papel de la mujer como objeto útil para la propaganda, con fines publicitarios a favor de ciertos productos; instrumentalización de la mujer como elemento decorativo en la ejecución de determinados eventos sociales y promoción de empresas; y por si fuera poco ahí están las funestas estadísticas acerca de la violencia doméstica contra la mujer.

Urge por lo tanto que seamos sinceros con nosotros mismos y lleguemos a una clara conclusión: lo que sabemos en teoría acerca de la mujer hay que llevarlo a la práctica. Es necesario a nivel de familia, escuela, universidad, iglesia, actores políticos, medios masivos de comunicación social, promover una generalizada toma de conciencia para que efectivamente se acabe con toda manipulación de la imagen femenina en la cultura actual, y la mujer adquiera el protagonismo que le corresponde en todos los ámbitos de la sociedad.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología


FORTALEZA DEL PERDÓN

Hay que ser muy fuertes para saber perdonar. Por eso la capacidad del perdón está considerada entre las actitudes propias de la persona mentalmente sana y saludable. Autores psicólogos consideran que el perdón es una defensa muy positiva para reaccionar sanamente contra determinados hechos dolorosos.

Ante el dolor que nos causan tantos pequeños o grandes dramas de la vida como la infidelidad, el engaño, la traición, la mentira, la violencia, etc. etc., el perdón, en vez dejarnos indefensos y abatidos, nos ofrece una poderosa herramienta para superar el drama y salir airosos de la prueba.

Es muy diferente a lo que imaginan algunas personas. Creen que perdonar es signo de debilidad y blandura; que si alguien perdona siempre, nadie le respetará y se expondrá a que siempre se rían de él/ella. Pero la verdad es otra: quien haya vivido la experiencia del perdón sincero y profundo entiende bien lo que estoy diciendo. Una persona que sabe perdonar de corazón es muy fuerte y auténtica, ante todo porque es humilde, y la humildad no tiene nada que ver con la cobardía. Es humilde porque en el fondo reconoce que ella también ha ofendido alguna vez y le encantó que la perdonaran. La perdonadora es una persona que conoce y reconoce sus limitaciones, pobrezas y miserias. Por eso se deja gobernar por la clemencia y misericordia, más que por la venganza y ajuste de cuentas; por eso es capaz de compadecerse del ofensor y proporcionarle una segunda oportunidad. Sabe que si a la ofensa responde con la venganza se establecen espirales de violencia y círculos viciosos de revancha que no terminan nunca.

La capacidad del perdón no es incompatible con la exigencia de justicia. Puedo perdonar a quien me ha robado, pero a la vez, sin ánimo de revancha o desquite alguno, le debo hacer tomar conciencia de que ese dinero no es suyo, y que lo debe devolver a su dueño o entregárselo a quien lo necesite. La persona que ha sido ofendida y sabe perdonar, también sabe exigir sus derechos para hacer valer lo que en justicia le corresponde. Por eso sabrá defenderse de las violencias injustas, y esa mujer atropellada en su relación de pareja, dirá al machista violento que le perdona de todo corazón, que no le guarda rencor alguno, pero que hasta aquí hemos llegado: tú te irás por tu lado y yo por el mío. Sin dramas, sin gritos ni tragedias, sin venganzas ni ánimos revanchistas, pero con enérgica firmeza, esta mujer, perdonadora pero también defensora de su dignidad, ejerce su derecho sagrado a ser respetada.

El perdón no es amnesia. El perdón no significa que se nos vaya a olvidar aquella grave ofensa recibida; hay recuerdos que no se nos borrarán en toda la vida, pero la diferencia entre la persona rencorosa y la que perdona es muy clara. La rencorosa arrastra consigo un recuerdo intoxicado que le envenena la sangre y el alma continuamente; lleva sobre sí una pesada carga cual mochila de plomo sobre sus espaldas, de la que no es capaz de liberarse. El afán de venganza que se ha apoderado de ella le aviva continuamente el mal recuerdo, que seguirá causándole daño en forma permanente. De sobra es conocido el hecho de que el resentimiento y el rencor no le hace bien a nadie. Jamás veremos feliz a una persona rencorosa; se amarga sola. Al contrario, la persona que ha perdonado de corazón una ofensa grave, por supuesto que va a recordar el hecho –pues la misma experiencia traumática le impide que lo olvide- pero lo hace desde una menta sana, no intoxicada. Ahora ese recuerdo no le hace daño porque ya lo ha procesado a través del perdón sincero; ahora ya lo está mirando desde otra perspectiva que es la propia de la salud mental. Esta persona, al perdonar, se ha liberado de un peso pesado y ahora se preocupa de tareas constructivas en beneficio de sí misma y de los demás. Cuando perdono, soy yo la primera persona beneficiada.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

EL AMOR NO SE COMPRA

Si en algo estamos de acuerdo la mayoría de las personas respecto al modo de vida que hoy prevalece, por lo menos en nuestro ambiente chileno, es que el consumismo nos domina. Este es el modo de vida que está de moda: todo se vende, todo se compra. Sin embargo no se vende ni se compra lo que es más importante en la vida: el amor.

Es además, esto del amor, el ingrediente indispensable para la felicidad. Nos lo dirán todos los estudios sobre la psicología humana, desde los más sencillos hasta los más complejos y sofisticados: sin amor no hay felicidad. Amar es el fundamento de nuestra vida. Es la experiencia con la que todos los hombres y mujeres normales se abren a la vida desde que nacen. Por eso el bebé recién nacido es capaz de sonreír a los pocos días de vida, respondiendo así a la sonrisa de su madre. Si teóricamente tuviéramos el caso de una madre que alimentara muy bien a su hijito y le suministrara las atenciones físicas necesarias pero no le diera cariño, cánticos, palabras, sonrisa, caricias, es casi seguro que su hijo crecería con alguna tara psicológica. El cariño, el arropamiento afectivo y emocional, la sonrisa y las palabras, son alimento tan necesario para el ser humano recién nacido, como lo es el alimento físico.

Por eso para ser felices es necesario aprender a amar bien. Cuando este aprendizaje no se ha logrado en buena forma vienen las distorsiones del amor. Una muy frecuente es la del amor deformado e inmaduro como tendencia a imaginarlo en forma psicológicamente pueril. Les sucede a las personas que al referirse al amor lo ven o lo sienten en forma pasiva y no activa: ¿soy yo amado/a? Vivir así el amor es muy problemático en todos los órdenes, pero especialmente en la relación de pareja. Una persona así es muy infantil y creerá que el amor lo tiene que comprar: siempre tendré que hacer méritos para que me quieran. En el fondo tiene una opinión muy pobre de los demás, pues piensa que nadie posee la capacidad de amar en forma generosa y gratuita. Es algo así como creer que todo el mundo ama o hace cosas buenas solo por interés y por sacar provecho de todo. Conocemos personas que viven preguntando a los demás cuánto le pagan por hacer esto o lo otro, o cuánto vale tal o cual cosa. Se sorprenden al ver a muchos jóvenes que parten a trabajos sociales de voluntariado durante sus vacaciones, o cuando un profesional es generoso y realiza su trabajo en forma gratuita a personas de escasos recursos. Hay personas tan poco educadas en el amor que no les cabe en su mente estrecha que otros puedan vivir y servir por solo amor.

Este es el problema del consumo que nos consume. Nos olvidamos de la gratuidad del amor, y de que sí que hay gente feliz sirviendo de corazón a los demás. Las personas infantilizadas en el tema del amor nunca serán felices porque vivirán pendientes de qué hacer para que el otro se fije en mí y vea que soy importante. Pierden naturalidad, libertad y espontaneidad. Son personas conflictivas, envidiosas, protagonistas de rivalidades sin cuento, víctimas de celos enfermizos. Es imposible que así sean felices.

El verdadero amor siempre es gratuito, sin esperar nada a cambio. Y por lo mismo, este es el amor que suele ser correspondido: Una persona que ama así, cae bien a los demás, da gusto estar con ella. Los demás la aman porque no la ven interesada ni manipuladora. Esto es lo que nos hace sentirnos felices. El amor se construye en uno mismo; ni se vende ni se compra.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

MUNDO NUEVO Y CORAZONES GRANDES

Mientras existan injusticias existirán hombres y mujeres que se rebelarán contra dichas injusticias. Pero hay rebeldes y rebeldes; no todos son iguales, ni todos merecen la misma aprobación y admiración. Como ocurre con los indignados que vemos en las marchas de protesta en cualquier lugar del mundo.

Mientras hay jóvenes y adultos que merecen el aplauso universal por su respeto, por su inteligente y educada manera de protestar, a veces hasta por su artística y creativa manera de hacerlo, nos podemos encontrar con otros que por su violencia, amargura y agresividad, entorpecen más que ayudan, en el proceso de las protestas justas. Sus conductas violentas merecen el rechazo de la sociedad.

Felizmente en nuestro mundo de hoy existen muchos hombres y mujeres de gran corazón; hombres y mujeres de corazón sensible que saben ponerse muy bien en el lugar de los demás, especialmente de los más pobres, débiles y marginados. El mes de mayo, que se inaugura con el día dedicado a conmemorar los esfuerzos emprendidos a lo largo de la historia por los trabajadores, en busca del respeto a sus justos derechos, puede ser ocasión propicia para describir el perfil de los hombres y mujeres de gran corazón, dispuestos a dar la vida por las causas justas.

Hay una ciencia psicológica conocida con el nombre de “Psicología de la Liberación”. En ella podemos encontrar elementos que nos llevan a una  descripción aproximada de estos hombres y mujeres que hemos llamado de corazón grande. Ante todo son hombres y mujeres normales y corrientes, sencillos de adentro; la sencillez les brota del alma y se irradia por todos los poros de su cuerpo. No son gente que gusta de tronos ni trapos relucientes para llamar la atención. No se hacen propaganda ni alardean de nada. No llevan otra vestimenta que la autenticidad, su amor a la verdad, su trasparencia limpia y clara como el agua cristalina. Pero a su vez su inteligencia penetrante y lúcida los conduce a realizar algunos momentos reflexivos que son sencillamente geniales. Aquí tienes, amigo lector y amiga lectora, algunas características propias de estas mentes lúcidas de corazón grande, que tomo de los autores que escriben sobre Psicología de la Liberación.

1.- Son personas atentas al mundo que les rodea. Perciben la realidad tal cual es. Con toda su objetividad cruda y radical. Sin paños calientes ni eufemismos. El sí es sí, y el no es no.

2.- Ante esta realidad surge en su corazón una sana indignación solidaria y humanitaria. Sin amarguras ni violencias, sin estridencias ni extravagancias. Saben por experiencia propia y de otros grandes hombres y mujeres que les han precedido, que no hay fuerza más fuerte, y no hay energía más enérgica que la del amor. Solo el amor, el auténtico, el de verdad, es incansable e infatigable en la perseverancia por las causas justas.

3.- Son exigentes consigo mismos para asumir el consecuente e ineludible compromiso personal y social al lado de los más necesitados.

No me negarán mis lectores que aquí nos encontramos con gente de verdadera valía, personas dignas de ser imitadas. Son las personas constructoras de cielos nuevos y tierras nuevas. Construyen cielos nuevos porque han empezado por construir tierras nuevas. Trabajan con denuedo por transformar la realidad, van por la vida pañuelo en mano para secar lágrimas, sin importarles si se trata de llantos merecidos o inmerecidos, y donde hay odio, ellos y ellas ponen amor. Son constructores de mundos nuevos.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

CON OLOR A OVEJA

Recién terminada la semana santa, y entrando en el tiempo de Pascua de Resurrección, estrenando a la vez la presencia de un Papa nuevo, me parece difícil –por no decir imposible- pasar por alto alguna de las expresiones y signos del Papa Francisco, que contienen conceptos muy útiles a todos nosotros, moros y cristianos. Sí, porque al escribir estas sencillas palabras tengo muy presentes a tantos queridos amigos y amigas que no son creyentes, pero a quienes me siento muy asociado porque coincidimos en el mismo compromiso por la construcción de un mundo mejor donde prime el bien, la justicia, la belleza, la verdad y libertad, la defensa ecológica, la solidaridad y el amor.

Hay una expresión de Francisco que me llamó poderosamente la atención. La usó durante la homilía en la misa del jueves santo con sus curas de la diócesis de Roma: sean pastores con “olor a oveja”. No hace falta sacarle mucha punta a esta expresión porque el mismo Papa se encargó de explicar su significado en el contexto de dicha homilía. Estaba hablando de cómo el sacerdote, gracias a la unción recibida con el buen aroma de Cristo el día de su ordenación sacerdotal, tiene que expandir la gracia de esa unción a todos los confines de la tierra; tiene que llegar a las “periferias” más periféricas y alejadas. Tiene que llegar a todos los hombres y mujeres de hoy con la buena noticia (evangelio) de Jesucristo, noticia que es liberadora de toda opresión y esclavitud.

El pastor que sale a la periferia en busca de la oveja perdida, de la oveja desorientada y que no sabe volver a la seguridad del rebaño; el pastor que la carga sobre sus hombros para trasladarla con cariño y ternura al lugar seguro, ese pastor queda impregnado de olor a oveja. Está claro que la Iglesia va a caminar hacia la ansiada renovación en la medida en que, fiel a su maestro Jesús, no se quede encerrada en casa y salga a las periferias del mundo y del hombre de hoy, y sea capaz de empatizar con la suerte del hombre de hoy, especialmente con la suerte de hombres y mujeres que sufren marginación, discriminación de cualquier tipo y por cualquier motivo. La Iglesia tiene que abrir sus puertas para que a ella le entre aire fresco y renovado, pero también para que ella salga a la calle a impregnarse de olor a oveja porque carga sobre sus hombros a toda persona necesitada, de cualquier clase o condición.

Me imagino así una Iglesia en la que todos se sienten cómodos y acogidos, aunque no siempre sean católicos ni creyentes. Y donde también se sientan acogidos, queridos, cómodos -porque al fin y al cabo están en su casa- tantos hombres y mujeres cristianos, que por mil avatares y dificultades de la vida de los que no siempre fueron responsables, vivieron el infortunio de su fracaso matrimonial que ellos no buscaron. Muchos de ellos, a través de tantos cruces insospechados en los caminos de la vida, encontraron más tarde otra persona que los ayudó a volver a la vida y a reencantarse con el amor. Tantos casados y descasados, vueltos a casar, que tienen que sentirse hijos de pleno derecho al interior de la Iglesia. Decía el recordado cardenal Martini: “La pregunta de si los divorciados pueden acercarse a la Comunión debería hacerse al revés: ¿Cómo puede la Iglesia ir en ayuda, con la fuerza de los sacramentos, a los que tienen situaciones familiares complejas?”

Este “olor a oveja” significa empaparse de la realidad y es imagen que nos sirve a todos. Cuántos políticos, empresarios, responsables de la vida ciudadana, profesionales, estudiantes, ciudadanos comunes y corrientes, tenemos que esforzarnos en ponernos en los zapatos de tantas gentes que, desde la periferia, desde sus necesidades perentorias, claman por más justicia y equidad. La respuesta es tuya y mía.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

VERDAD Y HUMILDAD

Escribo estas líneas cuando todavía suenan en mis oídos las campanas del Vaticano despidiendo al Papa Benedicto. Ríos de tinta han corrido desde que este hombre anunció su renuncia al cargo. Tintas de todos los colores: desde aquellas que desde el primer momento, con gran altura de miras, se atuvieron a lo expresado por el mismo protagonista, hasta aquellas que simplemente se dedicaron al morbo puro y duro. Yo no pretendo enmendar la plana a nadie, pero sí me interesaría, a partir de este hecho que ha tenido resonancia en el mundo entero, hacer una pequeña reflexión que nos puede servir a todos, moros y cristianos, creyentes y no creyentes.

La decisión de este hombre de retirarse ahora, después de que a través de la historia haya que remontarse a muchos siglos para encontrar un caso similar, me trae una gran enseñanza: hay que caminar por la vida siendo hombres y mujeres amigos de la verdad. Lo cual significa también ser personas humildes. Nadie de mis lectores me negará que pocas cosas hay más bonitas en la vida que encontrarse con personas sencillas, veraces y humildes. Santa Teresa de Jesús, la de Ávila del siglo XVI, mística culta, poeta y escritora, Doctora Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, decía que andar en verdad es humildad. ¿Por qué? Porque ambas virtudes o actitudes son inseparables. Si eres una persona que ama la verdad, esta actitud la practicas ante todo contigo mismo/a. Lo cual significa conocerte bien y reconocer tanto tus aciertos como desaciertos, tus virtudes como tus defectos, tus luces como tus sombras, tus aptitudes como tus ineptitudes, capacidades como incapacidades. A la misma Teresa de Ávila un día alguien le dijo algo así como: “¡Ay madre Teresa! Usted sí que tiene suerte... porque todos hablan tan bien de Ud. Dicen que Ud. es tan santa, y tan inteligente y hasta tan guapa”. Teresa respondió algo así como: “si soy santa, eso no lo sabe nadie, dejémoselo a Dios: solo él sabe quién es santo y quién no lo es; en cuanto a que soy inteligente... desde luego, tonta no soy. Y lo de que soy guapa... a la vista está.” Estas son las personas veraces y humildes. Si es verdad que posees este o el otro don, ¿por qué lo vas a negar? Sería falsa humildad. Pero tampoco presumas de lo que no eres, porque faltarías a la verdad.

El gran psicólogo suizo C. G. Jung decía que todos nosotros necesitamos recorrer distintas etapas o estadios para llegar a la madurez, a la autonomía personal. Ese recorrido se va haciendo a lo largo de la vida, por medio de un caminar que él llama “proceso de individuación”. Algo así como llegar a ser uno mismo. En esas etapas, una de las que más me llamaron la atención cuando era estudiante de Psicología, es la que este autor llama “integración de la sombra”. Cuanto más intensa es la luz que me da de frente, más notoria es también la sombra que dejo a mi espalda. Es lo negativo de cada uno, que tengo que saber aceptar con la misma naturalidad con la que acepto la luz. Esa es la vida, así somos las personas. Integrar la sombra quiere decir que no me desespero por mis defectos y fallos, sino que los asumo e integro en el desarrollo de mi personalidad para poder superarlos. Nadie puede superar lo que no conoce o acepta. Un adicto al alcohol o a cualquier otra droga no se superará hasta que un día, mirándose de frente al espejo, sin bajar los ojos, se dice a sí mismo: soy un alcohólico. Esa es su verdad, y solo asumiéndola podrá liberarse del problema. La verdad nos hace libres. El hombre y la mujer que son amantes de la verdad y de la humildad, son personas que andan por la vida irradiando libertad. ¡Felices ellos!

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Comunicador, Doctor en Psicología.

VIDA RETIRADA Y PAZ INTERIOR

Estos meses de enero y febrero, son en Chile tiempos, para muchas personas al menos, de vacación y descanso. En mi caso personal un obligado retiro, posterior a una delicada intervención quirúrgica, me ha servido como tiempo de silencio, soledad, reflexión, oración, estudio. ¡Cuánto lo necesitamos todos! Si no tomamos en serio estos tiempos de silencio y tranquilidad acabaremos estresados, cansados, agobiados y malhumorados.

Alguien puede pensar que estos espacios alejados del quehacer rutinario y cotidiano, tiempos dedicados al retiro, silencio, y auténtica vacación, pueden ser tiempos perdidos. ¡Craso error! Quizá sean los intervalos mejor aprovechados de nuestra vida. Dedicarnos con esmero en algunos períodos de nuestra vida al silencio, al descanso de alma y cuerpo, es hacer algo muy importante para nuestra salud mental y corporal. Una vida retirada de vez en cuando es vitamina pura para nuestro sano desarrollo espiritual, psicológico y emocional. Oportunidades así en nuestra vida sirven para construir o recuperar nuestra paz interior. ¿Y hay algo que nos haga más felices que esa paz interior? De ahí procede esa serenidad, quietud y tranquilidad que nos hace felices y que irradia energía renovada por todos los poros de nuestro ser.

Volver la mirada al gran humanista del Renacimiento español, Fray Luis de León, profesor de la Universidad de Salamanca, nos ayuda a confirmar, con la autoridad de este gran pensador, lo que ahora venimos diciendo. La oda de Fray Luis dedicada a la vida retirada sigue teniendo hoy la misma actualidad –si no más- que en los tiempos del autor.  Parece hecha para nosotros y nuestros tiempos. Invito a mis lectores a leer sin prisas y con cierto aire meditativo algunas de las estrofas de dicha oda, pensando en su aplicación a uno mismo aquí y ahora:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Para buenos entendedores pocas palabras. Dime tú, amado lector/a, si estas frases no te parecen llenas de actualidad. ¡Felices aquellos y aquellas que las toman en serio y tratan de llevarlas a la práctica!

Para Tejemedios escribió:
PADRE: JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
DOCTOR EN PSICOLOGÍA

SUEÑOS DE AÑO NUEVO

Si hacemos caso al bueno de Calderón de la Barca, ya sabemos que los sueños, sueños son. Pero no es menos cierto que hay sueños benditos, sueños de mejoría personal y social que si nos lo proponemos en serio, los podemos hacer realidad. Cualquier día es bueno para iniciar ese empeño de mejoría, pero parece que la fecha de un año nuevo nos invita, con el mismo calendario, a cambiar de hoja para iniciar una vida nueva y mejor. ¿Por qué no soñar con un mundo posible que sea mejor que el que tenemos? ¿Por qué no soñar con una sociedad chilena donde abunde la justicia social y se haga mutis por el foro la inequidad, la avaricia consumista, la agresividad prepotente?

Aunque corra el peligro de parecer ingenuo invito a mis lectores a soñar con esa sociedad y aponer manos a la obra para lograrlo. Una actitud así, empieza cuando nos decidimos a mirar hacia delante y dejar atrás el pasado que nos hace daño. Los psicólogos enseñan muy bien que los traumas, sinsabores y malas experiencias del pasado, nos ayudan a energizar nuestra personalidad, si es que no nos quedemos fijados en ese pasado negativo, sino que sabemos asumirlo para liberarnos de sus efectos destructores y, a partir de esa experiencia, aprendemos a construir en mejor forma el futuro.

Cierto: no podemos quedarnos fijos en el pasado. Hay que mirar hacia delante con nuestros pulmones llenos de esperanza. La esperanza no es espera pasiva a que surjan los acontecimientos: ella es una virtud de carga positiva precisamente porque impide que nos quedemos de brazos cruzados. Nos impulsa a ser dinámicos, activos en la construcción del futuro. Y esto es válido tanto a nivel personal como social. ¿Qué saca esa persona que no olvida injurias y desaires y mantiene vivos los rencores en su corazón? Amargarse, eso es lo único que saca.
Como hombres y mujeres que sueñan en un mundo mejor tenemos que fijar nuestros ojos en ese futuro realizable. Dejar que nuestro corazón albergue sentimientos negativos y odiosos no hace sino envilecer de alguna manera a la persona que los mantiene.

Por lo tanto, si queremos ser auténticos constructores de otro mundo posible, muy diferente al que tenemos, hemos de emplear otros materiales de construcción: bondad, honor, nobleza, justicia, capacidad de perdón y reconciliación. ¿Dónde se aprende a manejar esos materiales y las herramientas adecuadas? En la familia y en la escuela. Soy partidario por eso de que ojalá desde este año que iniciamos, se llevara a cabo en todas las escuelas y colegios de nuestro querido Chile una rigurosa aplicación de programas bien confeccionados acerca de educación cívica en ciudadanía. Que los niños, desde el jardín infantil hasta que salgan de la enseñanza media, hayan podido desarrollar actitudes bien arraigadas acerca de la participación ciudadana en sus distintos niveles: político, urbanístico, vecinal, ecológico, educación vial, tolerancia a los diferentes, etc. etc. Si esto se entrega en nuestras escuelas y a la vez se refuerza en la familia, sin duda que ese mundo posible lo podremos convertir en realidad, al menos en gran parte. Cuando yo era niño, de la generación llamada “los niños de la guerra”, una vez acabada esta, nos inculcaron desde muy pequeños, en la casa y en la escuela, que había que ser austeros, sobrios; que no podíamos gastar más que lo justo, que entre todos había que superar los estragos de la guerra par juntos reconstruir lo que había sido destruido. Creo que en nosotros, en los niños de aquella generación, caló bien hondo el tema de la austeridad, de modo que se convirtió en actitud y manera de ser. Es bien sabido que muchos miembros de dicha generación son bien sobrios y anticonsumistas hasta el día de hoy. Familia y colegio trabajando al unísono, son fuerza de gigante para alcanzar logros que parecían pura utopía.

Para Tejemedios
José Luis Ysern de Arce. Enero 2013

NAVIDAD, INSTANCIA DE DIÁLOGO

Desde niños escuchamos en villancicos y canciones navideñas la inolvidable frase: Paz a los hombres de buena voluntad. Y es que la Navidad al celebrar el nacimiento de Jesucristo, príncipe de la paz, nos llama a mantener vivos esos sentimientos de paz, diálogo, acercamiento entre las personas. Independientemente de que seamos creyentes o agnósticos, la fiesta de Navidad es, debe ser, para todo hombre y mujer de buena voluntad, un llamado a reforzar sentimientos de paz, reconciliación, solidaridad.

Es bueno empezar por la reconciliación consigo mismo. Todos tenemos experiencias, vivencias, conductas de las que podemos gloriarnos y sentirnos orgullosos, pero también tenemos otras que nos avergüenzan, humillan, nos hacen sentir mal con nosotros mismos. Son las luces y sombras que acompañan la vida humana. Ninguna persona normal puede escaparse de ese caminar entre luces y sombras. Un signo de madurez psicológica es saber aceptar nuestras sombras, caídas, fallas y errores, con la misma naturalidad que aceptamos nuestros aciertos, bondades y virtudes. Sólo cuando nos reconciliamos con nosotros mismos aceptando nuestra verdad tal como ella es, con lo agradable y desagradable, es como podremos sentirnos verdaderamente libres y podremos caminar en forma más plena hacia nuestro mejor desarrollo personal.

Una vez lograda la reconciliación consigo mismo viene por sí sola la reconciliación con el otro, con los demás. La Navidad es una ocasión muy propicia para motivarnos a esa reconciliación con los demás. ¿Quién no ha ofendido alguna vez a alguien? ¿Quién no ha sido alguna vez ofendido por otro? Las personas de buena voluntad saben pedir perdón y saben conceder el perdón. Esa actitud del perdón solicitado y del perdón otorgado contribuye sin duda a nuestra dicha, a nuestra paz interior. Nuestro mundo, tal como nos lo presentan los grandes medios masivos de comunicación, parece estar saturado de violencia, miedos, inseguridades. No negamos esa realidad, pero también es cierto que los acontecimientos de bondad, entrega, generosidad, son quizá más frecuentes que los otros; pero estos, los de diálogo y cercanía, los de proximidad y ayuda, puede ser que no llamen tanto la atención y por eso no hacen noticia. Ante los hechos de atropello a la dignidad humana, ante los acontecimientos de violencia que acarrean tanto sufrimiento a personas inocentes, la Navidad es una respuesta de todo hombre y mujer de buena voluntad a la llamada del hombre que sufre.

Vivir la Navidad significa andar con ojos y oídos bien abiertos para escuchar el clamor de tantas personas que sufren injustamente. Todo hombre bien nacido, toda mujer bien nacida, no puede permanecer indiferente al dolor ajeno. El consumismo que suele adueñarse del modo de vida de estos días no puede convertirse en una especie de narcótico que nos impida ser sensibles a la realidad poco feliz de tantas personas. La Navidad nos enseña a compartir los mismos anhelos de justicia y paz para todos, a la vez que nos motiva a compartir el mismo horror y rechazo hacia todo lo que se aleja del ideal humano de justicia, libertad, paz. Dios nos ha hecho hermanos para que nos tomemos de las manos. Feliz Navidad.

Para Tejemedios
Padre José Luis Ysern de Arce (Diciembre 2012)