VERDAD Y HUMILDAD

Escribo estas líneas cuando todavía suenan en mis oídos las campanas del Vaticano despidiendo al Papa Benedicto. Ríos de tinta han corrido desde que este hombre anunció su renuncia al cargo. Tintas de todos los colores: desde aquellas que desde el primer momento, con gran altura de miras, se atuvieron a lo expresado por el mismo protagonista, hasta aquellas que simplemente se dedicaron al morbo puro y duro. Yo no pretendo enmendar la plana a nadie, pero sí me interesaría, a partir de este hecho que ha tenido resonancia en el mundo entero, hacer una pequeña reflexión que nos puede servir a todos, moros y cristianos, creyentes y no creyentes.

La decisión de este hombre de retirarse ahora, después de que a través de la historia haya que remontarse a muchos siglos para encontrar un caso similar, me trae una gran enseñanza: hay que caminar por la vida siendo hombres y mujeres amigos de la verdad. Lo cual significa también ser personas humildes. Nadie de mis lectores me negará que pocas cosas hay más bonitas en la vida que encontrarse con personas sencillas, veraces y humildes. Santa Teresa de Jesús, la de Ávila del siglo XVI, mística culta, poeta y escritora, Doctora Honoris Causa por la Universidad de Salamanca, decía que andar en verdad es humildad. ¿Por qué? Porque ambas virtudes o actitudes son inseparables. Si eres una persona que ama la verdad, esta actitud la practicas ante todo contigo mismo/a. Lo cual significa conocerte bien y reconocer tanto tus aciertos como desaciertos, tus virtudes como tus defectos, tus luces como tus sombras, tus aptitudes como tus ineptitudes, capacidades como incapacidades. A la misma Teresa de Ávila un día alguien le dijo algo así como: “¡Ay madre Teresa! Usted sí que tiene suerte... porque todos hablan tan bien de Ud. Dicen que Ud. es tan santa, y tan inteligente y hasta tan guapa”. Teresa respondió algo así como: “si soy santa, eso no lo sabe nadie, dejémoselo a Dios: solo él sabe quién es santo y quién no lo es; en cuanto a que soy inteligente... desde luego, tonta no soy. Y lo de que soy guapa... a la vista está.” Estas son las personas veraces y humildes. Si es verdad que posees este o el otro don, ¿por qué lo vas a negar? Sería falsa humildad. Pero tampoco presumas de lo que no eres, porque faltarías a la verdad.

El gran psicólogo suizo C. G. Jung decía que todos nosotros necesitamos recorrer distintas etapas o estadios para llegar a la madurez, a la autonomía personal. Ese recorrido se va haciendo a lo largo de la vida, por medio de un caminar que él llama “proceso de individuación”. Algo así como llegar a ser uno mismo. En esas etapas, una de las que más me llamaron la atención cuando era estudiante de Psicología, es la que este autor llama “integración de la sombra”. Cuanto más intensa es la luz que me da de frente, más notoria es también la sombra que dejo a mi espalda. Es lo negativo de cada uno, que tengo que saber aceptar con la misma naturalidad con la que acepto la luz. Esa es la vida, así somos las personas. Integrar la sombra quiere decir que no me desespero por mis defectos y fallos, sino que los asumo e integro en el desarrollo de mi personalidad para poder superarlos. Nadie puede superar lo que no conoce o acepta. Un adicto al alcohol o a cualquier otra droga no se superará hasta que un día, mirándose de frente al espejo, sin bajar los ojos, se dice a sí mismo: soy un alcohólico. Esa es su verdad, y solo asumiéndola podrá liberarse del problema. La verdad nos hace libres. El hombre y la mujer que son amantes de la verdad y de la humildad, son personas que andan por la vida irradiando libertad. ¡Felices ellos!

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Comunicador, Doctor en Psicología.

VIDA RETIRADA Y PAZ INTERIOR

Estos meses de enero y febrero, son en Chile tiempos, para muchas personas al menos, de vacación y descanso. En mi caso personal un obligado retiro, posterior a una delicada intervención quirúrgica, me ha servido como tiempo de silencio, soledad, reflexión, oración, estudio. ¡Cuánto lo necesitamos todos! Si no tomamos en serio estos tiempos de silencio y tranquilidad acabaremos estresados, cansados, agobiados y malhumorados.

Alguien puede pensar que estos espacios alejados del quehacer rutinario y cotidiano, tiempos dedicados al retiro, silencio, y auténtica vacación, pueden ser tiempos perdidos. ¡Craso error! Quizá sean los intervalos mejor aprovechados de nuestra vida. Dedicarnos con esmero en algunos períodos de nuestra vida al silencio, al descanso de alma y cuerpo, es hacer algo muy importante para nuestra salud mental y corporal. Una vida retirada de vez en cuando es vitamina pura para nuestro sano desarrollo espiritual, psicológico y emocional. Oportunidades así en nuestra vida sirven para construir o recuperar nuestra paz interior. ¿Y hay algo que nos haga más felices que esa paz interior? De ahí procede esa serenidad, quietud y tranquilidad que nos hace felices y que irradia energía renovada por todos los poros de nuestro ser.

Volver la mirada al gran humanista del Renacimiento español, Fray Luis de León, profesor de la Universidad de Salamanca, nos ayuda a confirmar, con la autoridad de este gran pensador, lo que ahora venimos diciendo. La oda de Fray Luis dedicada a la vida retirada sigue teniendo hoy la misma actualidad –si no más- que en los tiempos del autor.  Parece hecha para nosotros y nuestros tiempos. Invito a mis lectores a leer sin prisas y con cierto aire meditativo algunas de las estrofas de dicha oda, pensando en su aplicación a uno mismo aquí y ahora:

¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.

Para buenos entendedores pocas palabras. Dime tú, amado lector/a, si estas frases no te parecen llenas de actualidad. ¡Felices aquellos y aquellas que las toman en serio y tratan de llevarlas a la práctica!

Para Tejemedios escribió:
PADRE: JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
DOCTOR EN PSICOLOGÍA

SUEÑOS DE AÑO NUEVO

Si hacemos caso al bueno de Calderón de la Barca, ya sabemos que los sueños, sueños son. Pero no es menos cierto que hay sueños benditos, sueños de mejoría personal y social que si nos lo proponemos en serio, los podemos hacer realidad. Cualquier día es bueno para iniciar ese empeño de mejoría, pero parece que la fecha de un año nuevo nos invita, con el mismo calendario, a cambiar de hoja para iniciar una vida nueva y mejor. ¿Por qué no soñar con un mundo posible que sea mejor que el que tenemos? ¿Por qué no soñar con una sociedad chilena donde abunde la justicia social y se haga mutis por el foro la inequidad, la avaricia consumista, la agresividad prepotente?

Aunque corra el peligro de parecer ingenuo invito a mis lectores a soñar con esa sociedad y aponer manos a la obra para lograrlo. Una actitud así, empieza cuando nos decidimos a mirar hacia delante y dejar atrás el pasado que nos hace daño. Los psicólogos enseñan muy bien que los traumas, sinsabores y malas experiencias del pasado, nos ayudan a energizar nuestra personalidad, si es que no nos quedemos fijados en ese pasado negativo, sino que sabemos asumirlo para liberarnos de sus efectos destructores y, a partir de esa experiencia, aprendemos a construir en mejor forma el futuro.

Cierto: no podemos quedarnos fijos en el pasado. Hay que mirar hacia delante con nuestros pulmones llenos de esperanza. La esperanza no es espera pasiva a que surjan los acontecimientos: ella es una virtud de carga positiva precisamente porque impide que nos quedemos de brazos cruzados. Nos impulsa a ser dinámicos, activos en la construcción del futuro. Y esto es válido tanto a nivel personal como social. ¿Qué saca esa persona que no olvida injurias y desaires y mantiene vivos los rencores en su corazón? Amargarse, eso es lo único que saca.
Como hombres y mujeres que sueñan en un mundo mejor tenemos que fijar nuestros ojos en ese futuro realizable. Dejar que nuestro corazón albergue sentimientos negativos y odiosos no hace sino envilecer de alguna manera a la persona que los mantiene.

Por lo tanto, si queremos ser auténticos constructores de otro mundo posible, muy diferente al que tenemos, hemos de emplear otros materiales de construcción: bondad, honor, nobleza, justicia, capacidad de perdón y reconciliación. ¿Dónde se aprende a manejar esos materiales y las herramientas adecuadas? En la familia y en la escuela. Soy partidario por eso de que ojalá desde este año que iniciamos, se llevara a cabo en todas las escuelas y colegios de nuestro querido Chile una rigurosa aplicación de programas bien confeccionados acerca de educación cívica en ciudadanía. Que los niños, desde el jardín infantil hasta que salgan de la enseñanza media, hayan podido desarrollar actitudes bien arraigadas acerca de la participación ciudadana en sus distintos niveles: político, urbanístico, vecinal, ecológico, educación vial, tolerancia a los diferentes, etc. etc. Si esto se entrega en nuestras escuelas y a la vez se refuerza en la familia, sin duda que ese mundo posible lo podremos convertir en realidad, al menos en gran parte. Cuando yo era niño, de la generación llamada “los niños de la guerra”, una vez acabada esta, nos inculcaron desde muy pequeños, en la casa y en la escuela, que había que ser austeros, sobrios; que no podíamos gastar más que lo justo, que entre todos había que superar los estragos de la guerra par juntos reconstruir lo que había sido destruido. Creo que en nosotros, en los niños de aquella generación, caló bien hondo el tema de la austeridad, de modo que se convirtió en actitud y manera de ser. Es bien sabido que muchos miembros de dicha generación son bien sobrios y anticonsumistas hasta el día de hoy. Familia y colegio trabajando al unísono, son fuerza de gigante para alcanzar logros que parecían pura utopía.

Para Tejemedios
José Luis Ysern de Arce. Enero 2013

NAVIDAD, INSTANCIA DE DIÁLOGO

Desde niños escuchamos en villancicos y canciones navideñas la inolvidable frase: Paz a los hombres de buena voluntad. Y es que la Navidad al celebrar el nacimiento de Jesucristo, príncipe de la paz, nos llama a mantener vivos esos sentimientos de paz, diálogo, acercamiento entre las personas. Independientemente de que seamos creyentes o agnósticos, la fiesta de Navidad es, debe ser, para todo hombre y mujer de buena voluntad, un llamado a reforzar sentimientos de paz, reconciliación, solidaridad.

Es bueno empezar por la reconciliación consigo mismo. Todos tenemos experiencias, vivencias, conductas de las que podemos gloriarnos y sentirnos orgullosos, pero también tenemos otras que nos avergüenzan, humillan, nos hacen sentir mal con nosotros mismos. Son las luces y sombras que acompañan la vida humana. Ninguna persona normal puede escaparse de ese caminar entre luces y sombras. Un signo de madurez psicológica es saber aceptar nuestras sombras, caídas, fallas y errores, con la misma naturalidad que aceptamos nuestros aciertos, bondades y virtudes. Sólo cuando nos reconciliamos con nosotros mismos aceptando nuestra verdad tal como ella es, con lo agradable y desagradable, es como podremos sentirnos verdaderamente libres y podremos caminar en forma más plena hacia nuestro mejor desarrollo personal.

Una vez lograda la reconciliación consigo mismo viene por sí sola la reconciliación con el otro, con los demás. La Navidad es una ocasión muy propicia para motivarnos a esa reconciliación con los demás. ¿Quién no ha ofendido alguna vez a alguien? ¿Quién no ha sido alguna vez ofendido por otro? Las personas de buena voluntad saben pedir perdón y saben conceder el perdón. Esa actitud del perdón solicitado y del perdón otorgado contribuye sin duda a nuestra dicha, a nuestra paz interior. Nuestro mundo, tal como nos lo presentan los grandes medios masivos de comunicación, parece estar saturado de violencia, miedos, inseguridades. No negamos esa realidad, pero también es cierto que los acontecimientos de bondad, entrega, generosidad, son quizá más frecuentes que los otros; pero estos, los de diálogo y cercanía, los de proximidad y ayuda, puede ser que no llamen tanto la atención y por eso no hacen noticia. Ante los hechos de atropello a la dignidad humana, ante los acontecimientos de violencia que acarrean tanto sufrimiento a personas inocentes, la Navidad es una respuesta de todo hombre y mujer de buena voluntad a la llamada del hombre que sufre.

Vivir la Navidad significa andar con ojos y oídos bien abiertos para escuchar el clamor de tantas personas que sufren injustamente. Todo hombre bien nacido, toda mujer bien nacida, no puede permanecer indiferente al dolor ajeno. El consumismo que suele adueñarse del modo de vida de estos días no puede convertirse en una especie de narcótico que nos impida ser sensibles a la realidad poco feliz de tantas personas. La Navidad nos enseña a compartir los mismos anhelos de justicia y paz para todos, a la vez que nos motiva a compartir el mismo horror y rechazo hacia todo lo que se aleja del ideal humano de justicia, libertad, paz. Dios nos ha hecho hermanos para que nos tomemos de las manos. Feliz Navidad.

Para Tejemedios
Padre José Luis Ysern de Arce (Diciembre 2012)

DONACIÓN DE ÓRGANOS, DONACIÓN DE VIDA

Escribo estas líneas cuando me acabo de informar del buen resultado que ha tenido la intervención quirúrgica de trasplante de corazón a una joven chilena en un hospital de Viña del Mar. Ella era la primera prioridad nacional para la recepción del corazón en caso de que se presentara un donante. Y el donante llegó en la persona de un hombre joven que falleció, dejando intacto el funcionamiento de su corazón.

Para que esta joven haya podido beneficiarse de un corazón nuevo, ha sido necesaria la muerte de otra persona. Si esta mujer beneficiada con el corazón recién trasplantado supera bien el tiempo crítico posterior a la intervención quirúrgica, tendrá muy claro a quién le debe la vida. Y de todas maneras, los padres de ella, que clamaron por la urgencia de un corazón para su hija, también saben a qué padres tienen que dar las gracias –como ya lo han hecho- por la nueva vida de su hija. Tanto los padres donantes, como los padres receptores, están ahora vinculados por un mismo corazón que los une en medio del dolor y de la alegría, en medio de la vida y de la muerte. Aquí hay algo más que un órgano físico solicitado y donado. Aquí hay algo más profundo que una víscera cardíaca. Aquí ha habido un gesto de amor solidario que ha sido capaz de engendrar una nueva vida.

Porque eso es la donación de órganos, y eso es lo que tiene que entender nuestra sociedad chilena. Donar nuestros órganos, ser donantes de órganos, es nada más y nada menos que donar vida; es un gesto de sincera solidaridad que entiende la vida como un misterio de amor. Para lograr que nuestros conciudadanos entiendan así la donación de órganos, como ya lo han entendido muchos, es necesario que se derrumben algunos prejuicios, mitos e ignorancias. Sabemos que esto requiere de campañas masivas de los medios de comunicación, orientadas en esa dirección. Si los medios se lo proponen pueden emprender campañas bien realizadas, inteligentemente concebidas y diseñadas, que ayudarán a acabar con ciertos prejuicios sobre el tema de la donación de órganos. Hemos visto casos en los que la persona con muerte cerebral ha dejado bien establecido que es donante, pero llegado el momento decisivo, la familia se ha opuesto tajantemente, motivo por el cual la donación no pudo llevarse a cabo.

Hay prejuicios que van desde motivaciones religiosas hasta de desconfianza. En el caso de la desconfianza no faltan personas que creen que si el equipo médico sabe que soy donante de órganos, a lo mejor no me cuidan con tanto esmero en caso de accidente, o incluso se las arreglarán para acelerar mi muerte y negociar con mis órganos.
Si alguien piensa de esta manera (y de haberlos los hay) quiere decir que algo huele a podrido en nuestra sociedad; quiere decir que se ha inoculado en nosotros el virus de la desconfianza a un nivel ciertamente peligroso. En cuanto a los prejuicios de tipo religioso, sólo hay que decir que el Dios de los cristianos es el Dios de la vida, y que todo lo que vaya a favor de la vida cuenta con la bendición de Dios. Todo en la fe cristiana, absolutamente todo, va en la línea del amor al prójimo, identificando el rostro del mismo Dios con el del prójimo. De modo que, al menos en la fe cristiana, todo va a favor del amor. Y no cabe duda que la donación de órganos es uno de los más lindos gestos de amor.

Para Tejemedios
Padre José Luis Ysern de Arce. Octubre 2012.
Doctor en Sicología


PATRIA POR CONSTRUIR: RAZONES PARA LA ESPERANZA

Escribo estas líneas en un apacible atardecer casi primaveral, mientras a través de la ventana me llegan desde la calle sones y tonos del septiembre de la patria. Y naturalmente pienso en la patria que entre todos tenemos que construir. Soy un hombre de esperanza, tengo esperanza en que sabremos hacerlo. No es fácil construir la patria que queremos; requiere cambiar muchas cosas, suprimir algunas y crear otras nuevas. La patria, la sociedad que se asienta en ella, nunca está terminada, siempre es perfectible, cada vez puede ser mejor. Tengo motivos para mi esperanza; no soy un pobre iluso que cifra sus anhelos y proyectos en las nubes, sin fundamento alguno. Conozco nuestra realidad difícil, la violencia que se cierne sobre nosotros en las reacciones agresivas de mucha gente, las injusticias sociales que marcan las desigualdades de nuestro Chile, que se encuentra entre los países destacados por una de la mayores inequidades del mundo. Conozco muy bien que en el Chile hoy hay mucho dinero pero que está muy mal distribuido, y que por lo mismo hay que seguir pensando en cómo lograr una mejor educación de calidad, y una mejor salud de calidad para todos.
Conozco esta realidad, y a pesar de todo tengo razones para avivar mi esperanza en que lo vamos a hacer cada vez mejor, y que vamos a lograr un Chile cada vez mejor. Me siento muy interpretado por el gran arzobispo de Milán, el cardenal Carlo María Martini, que acaba de morir. Él fue el hombre del diálogo abierto y sincero con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, creyentes y no creyentes, agnósticos y ateos, intelectuales y políticos de cualquier tendencia y posición, con creyentes cristianos y de cualquier otra religión. Su actitud es la de muchos hombres y mujeres que también tenemos en Chile y cuya manera de ser y de pensar anima mi esperanza para la construcción de una patria mejor, más participativa, más equitativa. Ante la crispación agresiva de algunos medios y personas, escucho voces que se levantan hablando de comprensión, diálogo, justicia, sana indignación, no violencia activa.
En la entrevista aludida de Carlo María Martini se habla de la necesidad de ser hombres libres, hombres y mujeres que no sean esclavos de nada ni de nadie. Esa libertad se cifra en el estilo, en la manera de ser de aquellas personas que saben estar cerca del prójimo, sin prejuicios, sin temores, sin estereotipos que muchas veces nos vienen de generaciones anteriores, y que marcan peyorativamente nuestra cultura. También hoy en Chile existen hombres y mujeres así, organizaciones y agrupaciones así, que se esfuerzan en crear un ambiente de respeto a la dignidad de las personas, de toda persona, independientemente de su condición social, política, religiosa, sexual, económica, etc. Tenemos que dar por superados aquellos tiempos en que las personas se medían y cotizaban por apariencias externas, status social, boato y aparato burocrático. Hoy encontramos en Chile muchos hombres y mujeres, jóvenes y adultos, que saben muy bien y lo pregonan a los cuatro vientos, que no hay que fijarse en las apariencias sino en los rostros, rostros para mirar, respetar, acariciar. Tengo esperanzas en que seremos capaces de construir una patria mejor.

Para Tejemedios
Sacerdote José Luis Ysern de Arce
Doctor en Psicología

LECCIONES DE UNA CRISIS

Al momento de escribir estas líneas me encuentro en mi tierra natal de España, donde la prensa, los medios de comunicación social de todo tipo, especialmente los noticieros de televisión, parecieran ser monotemáticos: la crisis económica. Es el mismo tema que se advierte en las reuniones informales y conversaciones coloquiales. Se palpan las protestas y molestias por la realidad que el ciudadano común y corriente percibe todos los días, y que se traduce sobre todo en el alto nivel de  cesantía. Algunos opinan que los españoles en general siempre han sido protestones, pero ahora las encuestas y estadísticas, están ahí para justificar las razones objetivas de su indignación. Sin embargo, las distintas reacciones que se observan en la gente pueden llevarnos a ver cómo de estas crisis –como pasa con todas las crisis- se pueden extraer algunas provechosas lecciones.

Primera reacción: “nos habíamos acostumbrado a vivir por encima de nuestras posibilidades y nadie se apretaba el cinturón”. Es una frase que se escucha aquí con frecuencia. La crisis sirve, por lo tanto, para reconocer una verdad y sacar conclusiones de la misma. Reconocer la verdad es empezar a caminar hacia la buena solución. En este caso una de las vías de solución está en vivir con más austeridad y sobriedad, más de acuerdo a las posibilidades reales de cada uno. Pienso en algunas familias chilenas que, víctimas del consumismo, viven también por encima de sus posibilidades. ¿Por qué? Porque la publicidad, el afán de aparentar, los modelos que presenta la TV, a la que tan apegadas están muchas personas en nuestro Chile, les ofrece un mundo de fantasía que fascina y atonta: algunas personas quieren vivir como esos ejemplos que ven en la pantalla. Seguir modelos así, supone carencia de sentido crítico, y también un cierto bajo nivel de autoestima.

Segunda reacción: “esta crisis nos va a hacer más humildes y solidarios”. Y de hecho veo cuántas personas colaboran con otras que lo pasan mal, cuántos jóvenes se inscriben en voluntariados para ayudar en países subdesarrollados, cómo crecen las listas de donantes de órganos, cómo me preguntan a mí mismo en qué me pueden ayudar para algún proyecto de colaboración en Chile. De verdad encuentro mucha gente muy solidaria. Y es que las crisis nos ayudan a despojarnos de todo sentido de prepotencia y orgullo. Nos ayudan a pensar que somos frágiles, vulnerables, que nadie es perfecto, que todos somos personas endebles y desvalidas. ¿No le pasa algo parecido a una pareja amorosa cuando entra en crisis dolorosa y dura, crisis a la que no encuentran salida? Sin embargo, una vez superada dicha situación, dicen algo así como “bendita crisis que nos hizo aterrizar a la realidad. Hoy nos amamos más y mejor”.

Toda crisis, tanto personal como social, nos ayuda a crecer si las sabemos asumir con humildad y buen criterio.

Para Tejemedios
Padre José Luis Ysern de Arce
Doctor en Psicología


UNA BUENA MUJER EN UNA BONITA CARTA

Me refiero a la obra de teatro de Juan Pablo Garrido titulada: “Carta imaginaria de Bernardo a su padre”. En dicha obra, a través de una carta cuyos contenidos se van representando en el escenario, nos hallamos ante una realidad que sigue siendo actual en muchos casos: los sentimientos de un hijo ante un padre a regañadientes, contrariado, porque lo mejor para él habría sido que ese hijo nunca existiera. Este padre hubiera deseado ocultar al hijo absolutamente para que nunca se hubiera sabido de su existencia. Es un hijo natural, de madre soltera, que en aquellos tiempos y en aquella cultura mojigata, hipócrita y puritana, puede ser mirado como ignominia para su madre, y como intruso perturbador para los planes y proyectos de su padre, hombre importante. El hijo ha venido sin que lo llamaran, sin ser deseado para su padre, y durante toda su vida sufrirá la afrenta de la marginación por parte de su progenitor. Este se ocupará de financiar la educación del hijo en buenos colegios e instituciones, pero no mostrará hacia él la cercanía y proximidad afectiva que necesita y echa de menos.

De todo esto nos enteramos por esa carta que el joven escribe a su padre, y que es en realidad la protagonista gráfica de la obra de teatro que comentamos, en cuanto que en ella se contiene el argumento central del drama representado. Pero este documento epistolar es el medio que nos transmite la figura de la otra gran protagonista, ahora de carne y hueso, de toda esta historia: la madre de Bernardo. Se nos agiganta la figura de esta gran y buena mujer. Ella es la típica mujer que todos admiramos por su fuerza, por su lucha contra viento y marea, por saberse sobreponer a todos los inconvenientes a los que tiene que enfrentarse desde el momento en que se entera de su embarazo. Conocemos, porque es antiguo y actual, el caso de esa mujer, madre soltera, que en aquellos tiempos, como en los de ahora, tiene que salir adelante con su hijo a pesar de todos los pesares. En aquel tiempo, más que ahora, tenía que enfrentarse además al estigma ignominioso que significaba ser madre soltera. La de entonces era una sociedad mojigata, marcada por una cultura hipócrita y cínica, que no vacilaba en dirigir sus dardos envenenados contra la mujer que vivía las circunstancias de la maternidad fuera del matrimonio. La sociedad actual ha mejorado quizá en algunos aspectos; parece que ya no estigmatiza de manera tan despiadada a esta madre soltera, pero tampoco carece de otros síntomas de cinismo y falsedad.

¿Dónde reside la fuerza de esta gran mujer que vemos reflejada en la carta imaginaria de Bernardo, bonita creación ingeniosa de Juan Pablo Garrido? Sin duda ninguna en lo que es la explicación de las mejores fortalezas con las que cuenta la humanidad: en el amor.
El amor todo lo puede, todo lo soporta, todo lo alcanza. El amor no se rinde jamás.
El maravilloso invencible poder de esta mujer reside en su gran amor de dos vertientes:
El amor al padre de su hijo, y en el amor a su hijo. Bendito amor que nunca pasa de moda.

Para Tejemedios
Padre José Luis Ysern de Arce
Doctor en Psicología
Julio 2012

CIENCIA Y FE

Este año se celebra el 50 aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II por el Papa Juan XXIII, el Papa bueno. Cuando alguien le preguntó por qué abrigaba tanta ilusión y tantas esperanzas acerca de este gran acontecimiento, y le pedían qué es lo que esperaba de dicho Concilio, el hombre, en un gesto que dice más que las palabras, y que revela bien el meollo de su personalidad, se limitó a abrir las ventanas de su biblioteca mientras decía: “¿Qué quiero del Concilio? Esto es lo que quiero: aire fresco para la Iglesia”. Efectivamente, la Iglesia necesitaba entonces -y necesita ahora- una renovación.

En realidad, toda institución, al igual que toda persona humana, necesita permanecer en estado de continua renovación. Todos necesitamos dejar bien abiertas las ventanas de nuestra personalidad para que entre aire fresco que renueve nuestros pulmones. Algunos entendidos en temas eclesiásticos comentaron después, y no sin cierta ironía, a la vista de algunas reacciones posconcilio, que lo que vino para la Iglesia fue más que aire fresco, vino un verdadero ventarrón que la removió hasta lo más profundo.

Uno de los grandes temas que adquirieron especial interés a partir del Concilio es el del diálogo fe – ciencia. Los que somos mayores recordamos todavía aquellos tiempos en que no era raro encontrar cierta sospecha y recelo entre los hombres de fe y hombres de ciencia. Gracias a Dios esta actitud de mutua sospecha no sucedía entre todos los mejores científicos y mejores creyentes, -de hecho abundan ejemplos de serios científicos que a la vez son grandes creyentes- pero sí se daba en muchos hombres y mujeres de ciencia. El Concilio Vaticano II abrió horizontes nuevos al poner énfasis en las grandes verdades de Jesucristo, al centrarse en lo más importante del Evangelio, que es el amor incondicional y sus consecuencias. Así, hoy todo creyente sabe que la ciencia y la fe sólo son verdaderas si están al servicio del hombre y de la mujer contemporáneos.
La fe y la ciencia, como lo dice el Concilio, están al servicio del mundo. Una fe y una ciencia que no me ayuden a enfrentar de mejor manera la realidad de los hombres y mujeres de hoy; una fe y una ciencia que no me ayuden a hacer esa realidad cada vez más humana, más vivible y sana, más acogedora y motivo de felicidad, no me sirven de nada, no las quiero. Las rechazo como material desechable.

No creo en un Dios alejado de las personas, castigador y frío, indiferente a los dolores y penurias de la gente, a sus gozos y esperanzas, indiferente a las angustias y tristezas de los hombres y mujeres que caminan en nuestro mundo. Ese Dios no existe; ese Dios no es el de Jesucristo. Hoy sabemos que los campos de la fe y de la ciencia son distintos, por supuesto; que cada una tiene su propio objetivo que las hace realidades autónomas, claro que sí. Pero a la vez afirmamos sin vacilación alguna, que son dos mundos de conocimiento que no son excluyentes el uno del otro, y que deben ser complementarios.

No hay oposición entre la fe y la razón; sí la hay entre la ciencia y el delirio religioso. No hay oposición entre la fe y la ciencia, sí la hay entre la recta razón y el fanatismo religioso. No hay oposición entre la verdadera ciencia y el dogma razonado; sí la hay entre el fundamentalismo científico y el dogmatismo cerrado. La preocupación que hoy nos invade a los creyentes no es la confrontación entre estas realidades fe – ciencia, sino ver qué hacemos para que ambas se den la mano y trabajen juntas en el logro de un mundo más humano.

Para Tejemedios
Padre José Luis Ysern de Arce
Doctor en Sicología
Junio 2012