LA MUJER DE NUESTRO TIEMPO

Nuestro discurso es claro y todos coincidimos en él. Afirmamos sin vacilación alguna que en una sociedad moderna y desarrollada la mujer no puede ser excluida. Afirmamos que desempeña cualquier cargo, trabajo y oficio con igual o mejor eficiencia que el hombre.

A nadie se le ocurriría en el mundo de hoy dudar de la dignidad de la mujer, o afirmar que la mujer tiene que estar sometida al varón. Cuando escuchamos algo así, o cuando de países de otras culturas nos llegan noticias acerca de mujeres postergadas, condenadas, oprimidas por legislaciones patriarcales y machistas, nos admiramos, nos extrañamos, y nos indignamos. Nos parece mentira que haya lugares donde todavía ocurran acontecimientos de este tipo, del todo abominables por su repugnante machismo. Sin embargo, si fuéramos más autocríticos veríamos que entre nosotros existen algunas actitudes más o menos cínicas, que corresponden todavía a resabios de una cultura machista no del todo superada.

Es un pensamiento que me viene estos días a la mente cuando me encuentro sometido a un largo tratamiento de radioterapia contra el cáncer que me aqueja, que me permite gozar de tiempo para leer, orar, escuchar. Converso con mis colegas de dolencia mientras esperamos el turno para la terapia y hasta me van surgiendo nuevas amistades (en todo hay siempre algo bueno). Somos personas de todo tipo y de todas las edades. Aparecen mujeres que además de la radiación han sido sometidas a la quimioterapia. En ese grupo femenino veo también todo tipo de reacciones: desde las mujeres que lo están llevando muy bien, positivas, valientes, esperanzadas, con buen humor, hasta las que se decaen, se deprimen y usan expresiones como: “me da miedo mirarme al espejo”; “tú, sabes... a una ya los hombres no la miran igual”, “la autoestima se me ha ido al suelo”, etc. Naturalmente que en esos minutos de espera trato de hacer mi laborcilla de levantamiento de ánimo.

Pero me pregunto: ¿Qué pasa con nosotros, qué hemos hecho en nuestra sociedad? ¿Qué hemos hecho de la mujer en nuestros medios de comunicación? ¿Qué concepto prevalece acerca de ella? ¿Qué ha pasado para que una mujer, a causa de una determinada alteración física, no se atreva a mirarse al espejo? A mí, que soy cristiano (mal cristiano) ¿Qué me dice Jesucristo acerca de la dignidad de la mujer? Son torrentes de preguntas que no soy capaz de resumir en esta sencilla reflexión que comparto con mis bondadosos lectores.

Y me respondo que somos unos cínicos. Decimos que creemos en la mujer, en su valía y dignidad, en su autonomía propia; decimos que se superaron los tiempos en que ella era mirada en menos ante la prepotencia del varón. Pero veo que en determinados ambientes de mi amado Chile todavía no solo no se han superado modelos reductivos y machistas de mujer sino que se promueven; basta recordar algunos ejemplos: afán de algunas personas por reducir el papel de la mujer solo al de esposa y madre; papel de la mujer como objeto útil para la propaganda, con fines publicitarios a favor de ciertos productos; instrumentalización de la mujer como elemento decorativo en la ejecución de determinados eventos sociales y promoción de empresas; y por si fuera poco ahí están las funestas estadísticas acerca de la violencia doméstica contra la mujer.

Urge por lo tanto que seamos sinceros con nosotros mismos y lleguemos a una clara conclusión: lo que sabemos en teoría acerca de la mujer hay que llevarlo a la práctica. Es necesario a nivel de familia, escuela, universidad, iglesia, actores políticos, medios masivos de comunicación social, promover una generalizada toma de conciencia para que efectivamente se acabe con toda manipulación de la imagen femenina en la cultura actual, y la mujer adquiera el protagonismo que le corresponde en todos los ámbitos de la sociedad.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE

Sacerdote. Doctor en Psicología


LA GRAN FUERZA DE LOS BUENOS

Todos hemos oído hablar de un tema muy de moda que se refiere a la salud de los trabajadores, especialmente a la salud de personas que trabajan en funciones de servicio directo a los demás, profesionales que por exigencias de su trabajo han de sobrepasar muchas veces los horarios laborales oficialmente designados, y se exceden trabajando en tiempo y entrega que parece más allá de sus límites. 

Esta gente sufre muchas veces el síndrome del burn-out (quemarse); se gastan y desgastan en el ejercicio de su profesión. En ese exceso de trabajo queman energías físicas y mentales, pero aparentemente no reciben la recompensa que podría animarlos, que podría proporcionarles adecuada satisfacción en una feliz dinámica retroalimentadora. En ese trabajo se esfuerzan y desgastan, se agotan y extenúan pero les parece que no se alimentan. Así es el caso, por ejemplo, de algunos profesores, médicos, policías, chóferes de la locomoción colectiva, camioneros, trabajadores sociales, sacerdotes, auxiliares de la educación, funcionarios municipales etc. -Son personas que con gran entusiasmo se dedican a ayudar y servir a otros, pero que no reciben lo adecuado económicamente, ni por parte de los usuarios a quienes sirven, la gratificación necesaria a la altura de la propia entrega y muchas veces el trato de sus jefes es indigno, pues los ignoran.

No es raro que estas personas sean víctimas del desánimo, cansancio, desgaste y “desaliento profesional”, como también se llama en nuestra lengua al síndrome “burn-out”. Han empezado su trabajo con gran idealismo y entusiasmo, pero luego ante las adversidades que provienen de los ambientes difíciles en que trabajan, de jefes sin preparación, y con sueldos no a la altura de esa misma dedicación, ante la complejidad, variedad y problemas de las personas a las que atienden, se agotan, se cansan, se quiebran, se desaniman y pierden la motivación inicial. De pronto esta persona tan buena, entregada y trabajadora, siente que ya no alcanza su realización personal, y que no sabe qué hacer con su vida. Está viviendo una vida carente de significado, lo que en psicología se conoce como una especie de “despersonalización”.

¿Nos podemos defender de este desaliento profesional? 
Por supuesto que sí. Mis amables lectores y yo conocemos personas que lo han logrado y que viven su entrega diaria felices de la vida; ahí vemos a estos hombres y mujeres trabajando fieles a su vocación de servicio y con un entusiasmo imperturbable a lo largo de los años. Siempre con el mismo o mejor entusiasmo que el primer día. ¿Cómo lo han logrado? Pues porque ante todo reconocen que las necesidades de la gente a la que sirven son innumerables, que son imposibles de satisfacer en toda su medida, reconocen que con las propias fuerzas es imposible dar respuesta acabada a todo ese ingente número de personas que requieren atención. -Se dan cuenta de que las personas necesitadas de atención son muchas, y que cada persona necesita mucho; pero también se dan cuenta de que lo que ellos no hagan se quedará sin hacer. 

Todo ello conduce a que este hombre, esta mujer profesional que atiende bien a las personas, sea a su vez persona humilde, que acepta su verdad, sus limitaciones; acepta además que, aunque sería lógico un sueldo más justo y más de acuerdo con el trabajo que realiza, su motivación principal es la felicidad de las personas a las que sirve, hacer feliz al otro.

Esto se llama andar en verdad y humildad, y esto es lo que libera a las personas de cualquier carga y opresión. Andar en verdad y humildad es lo mismo que andar en amor, vivir por amor, hacer las cosas con amor y por amor. Ahí está el secreto de estas personas, ahí está el nutriente de estas personas felices, hombres y mujeres profesionales que siguen imperturbables, entusiasmados en su trabajo, sin sucumbir al desgaste de jefes que podría amargarles la vida. En el fondo de estas personas existe una gran espiritualidad, la espiritualidad del amor. En ella reside su fuerza y fortaleza, la inagotable energía de sus vidas que contagia la vida de los demás. Felicidades a estas personas tan buenas.

Para TEJEMEDIOS de BULNES
José Luis Ysern de Arce
Sacerdote, Académico, Doctor en Psicología

LIGEROS DE EQUIPAJE

Conocemos el verso de Antonio Machado: “Y cuando llegue el día del último viaje,/ y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,/ me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,/ casi desnudo, como los hijos de la mar".

Escribo estas líneas para mis lectores de la revista TEJEMEDIOS en un lugarcito del norte de España, compartiendo los días del verano boreal con mi familia. Es un lugar entrañable para mí, pues aquí pasé los años de mi infancia, los años de la guerra civil española y de la mundial, aquí siendo niño conocí a mi padre al regresar a casa después de haberlo dado por desaparecido durante la guerra. Es un lugar muy rural, diminuto, escondido entre las estribaciones de la cordillera Cantábrica. Aquí hago mis escapadas en bicicleta para esconderme en el silencio de los peñascos, y escuchar los rumores de la brisa y el sonido del agua que lleva el río Ebro en su paso por los desfiladeros cercanos a su nacimiento.

Aquí me acuerdo de los hombres y mujeres que como Antonio Machado, Anthony de Mello, Fray Luis de León, Teresa de Ávila, Alberto Hurtado, Mahatma Gandhi y tantos otros, supieron hacer de la vida un canto de esperanza. Hombres y mujeres que vivieron la vida en plenitud, que estuvieron atentos a las necesidades de su tiempo, que solidarizaron con los demás, especialmente con los más pobres, sufrientes, marginados de su tiempo. Hombres y mujeres, inquietos indómitos, pero que mantuvieron viva la paz de espíritu y la transmitieron a los demás.

¿Por qué lograron esa paz? ¿Por qué lograron mantener viva su inquietud por la justicia y la equidad? ¿Por qué supieron transmitir esta misma paz y estas inquietudes a los demás? Porque anduvieron por la vida ligeros de equipaje, porque dieron importancia a lo que realmente es importante, tuvieron clara su escala de valores y no se sometieron a nada ni a nadie.

Por lo mismo fueron personas rebeldes con causa; se rebelaron con motivo y no ocultaron su disconformidad con todo lo que oliera a atropellos a la dignidad humana; se rebelaron contra todo tipo de opresión. Con su misma vida fueron un canto a la libertad, a la esperanza, a la necesidad de compromiso para un mundo mejor. Cantaron a la libertad porque ellos mismos fueron libres, completamente libres, libres de pensamiento, de palabra y de acción. Para ser así es necesario andar por la vida ligeros de equipaje, sencillos, sin complicarse la vida, consumiendo y comprando ni más ni menos que lo que sea necesario, sin caer en dependencias ni esclavitudes de ningún tipo, manteniendo viva la propia autonomía, la sencillez y sobriedad de vida.

Dice el mismo Antonio Machado en uno de sus poemas “Yo, para todo viaje/ –siempre sobre la madera de mi vagón de tercera–/, voy ligero de equipaje.” Así viajó por la vida y así le llegó la muerte. Hay momentos en que conviene hacerse la pregunta importante sobre el principio y fundamento de la propia vida: ¿Qué es en verdad lo más esencial y fundamental para mí? Si somos personas mentalmente sanas seguro que la respuesta que nos daremos tiene poco que ver con cosas materiales, poco que ver con apariencias externas, poco que ver con la fiebre del éxito y consumismo, y sí tiene mucho que ver con la experiencia de amor, seguridad personal, sentirse feliz, sentirse integrado con las personas que queremos y son importantes para nosotros. Todo esto se llama amor, verdad, sencillez de vida. Ello nos invita a ser limpios de mente y corazón y a andar ligeros de equipaje. Muchas gracias, lectores queridos.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

EL AMOR SE OPONE A LA MEDIOCRIDAD

Quien haya experimentado el amor, no el de pacotilla de muchas teleseries estúpidas, sino el bueno, el verdadero, el que brota de lo más profundo de uno mismo, el amor auténtico, se da cuenta de que este amor es un fuerza que tira de nosotros con una energía indecible, genial. Es una fuerza que nos motiva, empuja, nos lleva a emprender lo que haga falta para hacer las cosas bien y hacerlas con buen ánimo, alegría y buen espíritu.

No hay motivación más motivadora que la del amor. ¿Hay algo que pueda detener el empuje de una madre que se vive y desvive por el hijo de su amor? ¿Hay algo que arredre o intimide al hombre enamorado? Hará por la mujer amada lo imaginable e inimaginable; dirá que al lado de su mujer de toda la vida el dolor es menos dolor y la felicidad es más felicidad. ¿Hay algo que detenga al buen cristiano que ha hecho de su vida una entrega generosa a los más pobres y necesitados? Pensemos en un Alberto Hurtado, en una Teresa de Calcuta y en tantos héroes parecidos. ¿Hay fuerza que amilane a un gran amante de la patria a pesar de los mil poderes fácticos que se le interpongan en su camino?

Pensemos en un Mahatma Gandhi y su entrega de la propia vida en pro de la independencia de la India. Todos estos son ejemplos de personas grandes, excelentes, magníficas, movidas por el amor, que buscan la perfección –aunque no la logren- en todo lo que hacen; son personas lo más opuesto que hay a la mediocridad.

Conocí en mi infancia en una zona rural del norte de España un pastor de ovejas; me gustaba ver cómo este buen hombre trabajaba la madera de boj con una simple navaja, y cómo de sus benditas manos surgían lindos cubiertos (cucharas y tenedores) de boj. Cuando no estaba al cuidado de sus rebaños este hombre solía sentarse en una encrucijada de caminos, cerca de su casa, donde seguía trabajando su arte. Un día estaba yo junto a él cuando pasaron unos turistas extranjeros; se acercaron a mi amigo pastor para comprarle algunos de sus cubiertos.

A una señora del grupo se le antojó un juego de tenedores y cucharas que estaban a la vista sobre una especie de mantel; escuchemos el diálogo: “Me llevo ese juego que tiene ahí”. Respuesta del pastor: “pues esos no te los puedes llevar” (siempre tratan de tú a todo el mundo). ¿Por qué? replica la señora. “Pues porque esos cubiertos están sin terminar”, contesta el pastor. “Pero yo los veo perfectos” insiste la señora. “Pues a ti te parecerán perfectos pero a mí no; me falta pulirlos”. La señora que tenía prisa insistió en que de todas maneras se los diera porque se los quería llevar tal como estaban. “Mira, de mi mano no saldrá algo que esté sin terminar”. Yo, un chiquillo, contemplaba la escena en el más absoluto silencio. Finalmente los turistas comentaron que pasarían de vuelta por ese lugar en el plazo de dos horas. El buen hombre les dijo que a esa hora ya tendría todo completo, terminado y pulido. Y aquí vino el colofón de la escena cuando la insistente señora le preguntó: “bueno y... cómo puedo estar segura de que me los va a reservar para mí y no se los venderá a otra persona que pase antes”. El hombre se levantó de su asiento, la miró fijamente, y le espetó su contundente respuesta: “¿Y mi palabra?”.

Nunca se me ha olvidado la figura de ese viejo y rústico pastor de mi infancia. Quizá era analfabeto, pero era un sabio.  Esta es la gente que a todos nos gusta, que nos hace falta: gente de palabra, que ama lo que hace, que respeta a los demás. Son personas que no dejan las cosas a medias, que hacen bien lo que tienen que hacer, que no les importa sacrificio y esfuerzo alguno con tal de cumplir las metas propuestas.

Si queremos lograr la sociedad más humana y desarrollada que deseamos, hemos de declarar la guerra a la mediocridad; no podemos conformarnos con la ley del mínimo esfuerzo. Sólo el amor, ese amor que es respeto a uno mismo y a los demás, ese amor que es el antídoto de la mediocridad, es el único capaz de poner en nuestras manos las herramientas para construir el hombre nuevo y la mujer nueva de nuestros sueños.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

QUITARSE LAS SANDALIAS

Quien me haya seguido en las sencillas reflexiones que aparecen en las sucesivas ediciones de Tejemedios, habrá podido darse cuenta de que de vez en cuando mis comentarios incluyen la interpretación psicológica de alguna escena bíblica. También lo haré ahora. Invito a mis lectores a fijarse en una conocida escena presente en el libro del Éxodo, en los primeros versículos del capítulo 3. Vemos al bueno de Moisés muy extrañado ante el espectáculo de un matorral de zarza que lleva rato ardiendo y no se consume nunca. Al acercarse escucha la voz de Dios que le da una orden: “Quítate la sandalias porque el sitio que pisas es sagrado”.
Esto es muy bonito; podemos hacer de este relato una lectura psicológica que tiene validez para todos nosotros, personas de fe o agnósticas.

Necesitamos quitarnos las sandalias. ¿Por qué? Por el significado del gesto: respeto máximo. Porque en nuestra vida común y corriente estamos continuamente interactuando con otras personas, y esas personas son sagradas. Esas personas merecen todo nuestro respeto. Quitarse las sandalias tiene un significado simbólico de despojo, de desprendimiento de prejuicios y estereotipos que perjudican frecuentemente la pureza y luminosidad limpia y cristalina que debe caracterizar nuestras relaciones humanas. Quitarse las sandalias encierra el simbolismo de despojarse de poder por un lado, y por otro pisar suelo, polvo, barro; todo aquello que me hace tomar “cable a tierra” para no evadirme de la realidad ni escaparme de mis responsabilidades.

En nuestro lenguaje triunfalista del mundo exitista que nos domina, suelen oírse frases que aluden al caminar por la vida “pisando fuerte”, haciéndose oír para que sepan que “aquí vengo yo” y que mis pisadas marcan huella. Pues bien, el simbolismo de quitarse las sandalias es todo lo contrario, y en ese sentido es revolucionario y subversivo porque viene a implantar otras actitudes que son a contracorriente de esa ideología avasalladora. Este simbolismo privilegia el estilo del caminar sencillo y silencioso, del acercarse al otro con respeto, de no pretender imponer nada a nadie. Es un estilo que invita a evitar el pisar fuerte de las jactanciosas botas de los prepotentes. Es una invitación a pensar que la vida de cada uno es sagrada porque cada persona es un misterio insondable lleno de trascendencia. En una palabra, el gesto de quitarse las sandalias que hace Moisés es un gesto de respeto, es un himno, un canto al respeto por el otro, porque el otro es un ser de máxima dignidad, insondable para mí. El otro es alguien no manipulable, por lo que merece todo mi aprecio y consideración.

No es esto lo que vemos frecuentemente en nuestras relaciones sociales; no es esto lo que solemos practicar en nuestras relaciones familiares, laborales, ciudadanas. Es bien significativo que después de esta escena de la zarza, Moisés, ya ligerito de equipaje y de pisada frágil, se encaminó a Egipto para solidarizar con un puñado de hombres y mujeres que estaban siendo vilmente esclavizados y oprimidos por la prepotencia de aquel sistema faraónico.

Estas mis humildes y pobres líneas tienen una gran pretensión: la de la gotita de agua. Sí, pequeña es una gotita de agua, pero contribuye a formar un lago y una corriente y un océano. Mi pretensión es que por lo menos uno solo de los lectores en cuyas manos caiga esta reflexión, pueda sentirse tocado por ella y se convierta así en gotita de agua; seguro que se juntará con otras personas a las que transmitirá sus inquietudes, y juntos acabarán (acabaremos) formando importante torrente. 

Así se van construyendo las distintas corrientes de opinión que lograrán cambiar los cursos de malsanos estilos de vida, dando paso al hombre nuevo y a la mujer nueva, que camina sin sandalias por creativos senderos, sin dejar más huella que la de los humildes pies descalzos.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

LA ALEGRÍA ES SALUDABLE

Esto lo sabe cualquiera que haya experimentado la alegría profunda, la alegría del corazón, esa alegría que va más allá de pasar un buen rato más o menos agradable, más o menos placentero. Por supuesto que la alegría y el placer no están reñidos, pueden ir juntos, pero aquella es mucho más que este porque la alegría es más profunda y va más lejos que el simple pasarlo bien que nos ofrece el placer. Incluso puede darse la aparente paradoja de que alguien lo esté pasando mal.

-Sufrir por ejemplo una grave enfermedad- y mantener sin embargo la alegría en su ser profundo, alegría que es la que le permite precisamente enfrentar hidalgamente y con buen ánimo esa enfermedad o esa mala noticia que recibió. Sí, la alegría es saludable; es señal de buena salud mental. Es un sentimiento muy grato, muy profundo, íntimo, pero que brota por todos los poros de nuestro ser; no se puede ocultar, se manifiesta de múltiples maneras. Por ser un sentimiento profundo la alegría tampoco se puede disimular ni manipular; puede alguien sí poner caras alegres, andar con sonrisas de oreja a oreja, pero pronto nos damos cuenta de que no se trata más que de eso: de caras que son máscaras.

Hay algo que es muy propio de la alegría auténtica, de buena calidad, que es el sentimiento de plenitud. Cuando mis lectores han sentido ese tipo de alegría han vivido la experiencia de un corazón rebosante, lleno, henchido de gozo, que salta de júbilo. Es como algo que rebalsa, que brota de uno mismo y se derrama hacia los demás. Por eso es por lo que la alegría es contagiosa, beneficiosamente contagiosa; es algo bueno y lo bueno se irradia por sí mismo: “Bonum est diffusivum sui” decían los antiguos escolásticos medievales.

La persona que vive esta alegría se siente livianita, ágil, libre, ligera de equipaje. Por eso nuestras sabias expresiones populares utilizan un vocabulario muy gráfico para manifestar esto mismo: “saltar de alegría”. Solo puede saltar así quien se ha desprendido de sus pesos pesados y los ha arrojado definitivamente lejos de sí. Por lo mismo esta persona rebosante de gozo, que salta de júbilo, se siente inmediatamente impulsada a correr en ayuda de los demás; su alegría contagiosa le impide quedarse cerrada en sí misma en su aislamiento, en su individualismo. Por eso vemos que las personas felices, las que llevan la alegría en su corazón, tienden siempre a ayudar a los demás en forma espontánea, sencilla, sin esperar nada a cambio.

En la parábola de “El caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher, este buen caballero se ve libre de su pesada armadura –vivir de las apariencias- una vez que recorre el sendero de la verdad y atraviesa los castillos del silencio, del conocimiento y de la voluntad. Al conocerse con toda verdad y humildad, de su corazón brotan nobles sentimientos que le hacen llorar de emoción; sus cálidas lágrimas corroen las más recónditas junturas de su odiosa armadura que por fin se desintegra por completo, y él queda liberado de sus propios miedos y temores, de sus propias falsas imágenes.

Es entonces cuando su corazón, rebosante de alegría, empieza a amar de verdad a los suyos, a las personas que forman su entorno, a la misma naturaleza. Por fin se ve hombre libre, feliz, profundamente alegre que percibe la alegría y el dolor de los otros. Llegan a su corazón los gozos y esperanzas, las penas y angustias de los demás porque ya no tiene armaduras puestas, porque se ha liberado de sus pesadas mochilas, porque al fin ya no vive pendiente del qué dirán. Ahora ya no pretende competir con nadie; solo quiere ser auténtico, fiel a sí mismo. Su alegría íntima desborda y se convierte en amor. He ahí la persona feliz.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

PORTADORES DE ESPERANZAS

Escribo estas líneas cuando las radios y otros medios nos informan minuto a minuto del terremoto de gran intensidad ocurrido en el norte de Chile el día 1 de abril de 2014. Me ha llamado la atención la actitud de ayuda de algunas personas, especialmente jóvenes y cómo, al ser entrevistadas, a la vez que solidarizan con el dolor de las personas afectadas por la tragedia, muestran una gran satisfacción interior que brota de su corazón solidario, de su alma ayudadora. Es que es así; se cumple aquella expresión de Jesucristo: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20, 35). No solo en las tragedias por causa de la naturaleza aparecen las personas que ayudan; estas personas aparecen siempre y en todas partes. Hay gente que ha nacido para ayudar a los demás, viven ayudando y morirán ayudando. Estas personas tienen una linda virtud: se dan cuenta de la necesidad del otro antes de que el otro pida ayuda. Adivinan dónde está el clamor de socorro aun cuando este clamor se produzca a través del silencio y no haya sido percibido por los demás. Personas lindas de linda sensibilidad altruista.

Sabemos que siempre habrá personas que tienen que ser ayudadas, al igual que tú y yo, amado lector/a, hemos necesitado muchas veces la ayuda de otros. Por eso, a la vez que felicitamos y nos congratulamos con las personas solidarias, con las personas que gozan de una facilidad especial para darse cuenta de los problemas de los demás, también felicitamos a las personas que saben pedir ayuda. Quien pide ayuda se salva. Sí, se salva porque reconoce su problema, porque es suficientemente humilde como para aceptar que está mal, que no se la puede con sus solas fuerzas y que necesita del buen compañero/a de camino que le eche la mano oportuna en el momento oportuno. 

Esta mano oportuna es la del hombre o mujer de buen criterio que sabe que para ayudar a la persona angustiada no sirve de nada decirle que otros están en peor situación, que deje de pensar en los asuntos que tanto le preocupan y que distraiga su mente en otros asuntos. Decir eso a una persona angustiada no sirve de nada; son consejos que reflejan la buena intención del consejero pero son consejos baratos que no surten efecto, pues qué más quisiera la persona deprimida y angustiada que poder sonreír a la vida y dejar de pensar en los temas que la agobian.

Por eso la persona ayudadora de verdad más que dar consejos y recetar fórmulas hechas se dedica a escuchar, a escuchar de corazón, a escuchar de esa manera que los psicólogos llaman “escucha activa”. La escucha activa permite que la persona angustiada se desahogue, saque todo lo que la ahoga y oprime, si es necesario con llanto y lágrimas. La escucha activa es la que practica quien ayuda de corazón. Ayuda porque se pone en el lugar del otro, empatiza con su realidad, escucha atentamente sin interrumpir y sin juzgar. Quien sufre de angustia, desolación, cansancio de la vida, depresión, miedo paralizador, solo necesita ser escuchado con alma y calma. Cuando nos encontramos en situación de aflicción, más que consejos necesitamos sentir junto a nosotros la cercanía sincera del amigo/a que sabe arroparnos mediante su escucha atenta, cálida, cariñosa.

Esta es la persona que de verdad ayuda y cuya ayuda es eficaz. Son personas salvadoras porque no se consideran salvadoras de nadie; solo pretenden acompañar al dolido porque saben que el dolor compartido es menos dolor. Por eso la persona que mejor colabora y ayuda, la persona que es verdadero salvavidas de otros, es aquel hombre, aquella mujer, que es persona tranquila, serena, sensata, pacífica, comprensiva, abierta de mente, sencilla humilde. Personas así pasan por la vida haciendo el bien. Como decía mi abuela son gentes que pasan por la vida silenciosas, sin hacer ruido, como en zapatillas de andar por casa para no molestar con sus pisadas, pero dejan tras sí una luminosa estela de esperanza. Felicidades a quienes pasan por la vida siendo portadores de esperanzas.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

LA SABIDURÍA DEL DOLOR

Las personas que me hacen el beneficio de leer las cosillas que escribo ya se habrán dado cuenta de que a veces recurro a algunas escenas bíblicas para hacer a partir de ahí alguna reflexión psicológica. La Biblia es patrimonio de la humanidad; son tan ricos muchos de sus contenidos que muy bien pueden ser leídos desde distintas perspectivas y desde distintas actitudes, no solo desde la perspectiva o desde la fe de los creyentes. Creyentes, ateos, agnósticos y no creyentes pueden encontrar en muchos pasajes bíblicos importantes enseñanzas.

Me quiero fijar ahora en un pasaje narrado en Juan 5, 1-9. Cuenta el evangelista que alrededor de la piscina Betesda se encuentran muchos enfermos: ciegos, cojos, lisiados de cualquier tipo. Dicha piscina poseía virtudes curativas especialmente al entrar en ella  en el momento en que se agitaban sus aguas, lo que sucedía de ven en cuando. Había que estar atento a ese movimiento para ser ojalá el primero en llegar al agua antes de que perdiera su energía terapéutica.

Al llegar Jesús al lugar se fijó en un tullido que tenía pinta de especial sufrimiento. Se dirige a él y le pregunta si quiere curarse; el hombre responde que por supuesto que sí, que para eso está allí, que ya lleva 38 años enfermo, pero que no consigue la ansiada sanación porque cuando se mueve el agua siempre hay alguien que le toma la delantera y llega antes que él. Este es su lamento: “Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua. Cuando yo voy, otro se ha metido antes”. Jesús le dice: “levántate, toma tu camilla y camina”. El hombre quedó sano y se llevó su camilla.

Tenemos aquí toda una enseñanza que captamos desde la sabiduría del dolor. Efectivamente, si el dolor lo enfrentamos como se debe, nos hace sabios. En el caso del paralítico de la piscina aparece una actitud muy importante que el hombre ha aprendido desde su dolor: la humildad. Es verdad, el dolor nos hace humildes. Por lo mismo, este hombre es capaz de reconocer su verdad, su dolencia, su enfermedad, y hablar de ella sin falsos pudores. Reconoce su enfermedad, la llama por su nombre, no oculta que lleva así muchos años. Asume a la vez algo que es también fruto de la humildad: no tengo a nadie, estoy solo. Quizá sea esa la mayor y más dolorosa de las dolencias, la soledad. Ahí está el hombre, uno más entre tantos enfermos cobijados en los pórticos de la piscina, pero en él no se fija nadie ¿Hay algo más doloroso que sentirse solo, triste y abandonado? Ese hombre es el ejemplo de tantos hombres y mujeres que no son tomados en cuenta en nuestra sociedad, que no aparecen en ninguna lista de espera, que son ninguneados en el más absoluto de los anonimatos. El dolor nos hace humildes y nos enseña que necesitamos de la ayuda del otro, que nadie se basta a sí mismo, que los seres humanos estamos hechos de una naturaleza que para que funcione bien necesita abrirse a los demás. Es la naturaleza relacional y de la alteridad: necesitamos del otro y el otro necesita de nosotros.

Quizá nunca nos hemos dado cuenta tan clara de que necesitamos del otro hasta que vivimos la experiencia del dolor y del sufrimiento. También, al reconocer su problema, al ponerle nombre al dolor, al decir en primera persona “estoy mal y necesito ayuda”, al acoger la ayuda que se le brinda, este hombre, esta mujer, se dignifica a sí mismo/a, se abre a los demás y adquiere una fuerza no imaginada: ahora es capaz de levantarse, tomar su camilla y echar a andar. La imagen de la camilla al hombro es toda una preciosa metáfora de superación personal: desde que –gracias al sufrimiento- he asumido mi verdad, ahora soy capaz de mirar la vida de otra manera, puedo echarme las penas al hombro y caminar con ellas, es verdad, pero con la frente en alto y muy apoyado en las personas que quiero y que me quieren. El dolor y el sufrimiento han sido motivo de mi desarrollo personal.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

MUNDO MUY COMPLEJO Y AMOR A LA VIDA

Escribo estas líneas cuando los informativos chilenos nos hablan de la llegada a nuestras tierras del elenco de hombres y mujeres de cine que filmarán la película “Los 33”. Con esta película recordaremos de nuevo la experiencia de nuestros mineros sepultados por largos días en las profundidades de la mina San José. Aquellos hombres vivieron una experiencia única, experiencia que nos tuvo en vilo a cuantos seguíamos minuto a minuto la odisea que parecía no tener fin; odisea que acaparó la atención de todo el mundo. Gracias a la solidaridad de tanta gente y a la aplicación de oportunas tecnologías nuestros mineros pudieron ver de nuevo la luz del día, fueron rescatados sanos y salvos, y todos pudimos cantar con ellos un sentido Gracias a la Vida de nuestra Violeta Parra.

A juzgar por los testimonios que nos dieron a conocer los rescatados se confirma una vez más que cuando se viven situaciones así de extremas es cuando más se valora la vida, es cuando más y mejor nos damos cuenta de qué es lo importante y qué es lo menos importante o más secundario. Los testimonios de estos hombres enfatizan lo que todos sabemos, pero que conviene escuchar de nuevo pues muchas veces lo olvidamos: nos desvivimos frecuentemente por cosas que no merecen la pena, por cosas que hoy son y mañana no son, dejando de lado lo que realmente importa y nos hace feliz: vivir la vida de cada día con buena calidad de vida, permanecer al lado de los nuestros amándolos y dejándonos amar, manifestar con nuestros hechos que la ternura y los gestos de ternura es la revolución que puede cambiar a mejor el mundo que habitamos.

Me ha parecido entender esto mismo en una entrevista a Antonio Banderas, actor importante en la filmación cinematográfica aludida. Dice Antonio que la historia de los mineros refleja el valor de la vida en un mundo complejo; afirma que “vivimos en un mundo muy complejo, increíblemente violento, que se refleja en ese espejo que llamamos televisión todos los días...”. Es verdad que en los noticieros de televisión y otros medios predominan hechos de violencia y de atropellos de todo tipo a los derechos humanos. Pero también es cierto que estos mismos medios sirven de caja de resonancia para hacer llegar hasta los últimos rincones del mundo las buenas noticias como la del rescate de los mineros y otras ejemplares acciones semejantes.

Supongo que la película que ahora se está filmando servirá también para lo mismo: poner énfasis en lo buena y valiosa que es la gente buena y lo importante que es que esta gente abunde cada vez más. Depende de todos y cada uno de nosotros. A partir del argumento de esta película –los mineros, su rescate, los testimonios recogidos- pienso en los valores que destacaron en aquel contexto: Consolación, Luz, Liberación. Son inseparables entre sí y son necesarios en todo tiempo y lugar. Muy bien le vino en aquel momento a los mineros accidentados y a sus familias cualquier palabra y acción que les levantara el ánimo y que abriera sus corazones a la esperanza.

¿Quién de nosotros no ha necesitado del bondadoso consuelo alguna vez en la vida? Desde que nacemos nos hemos alimentado con gestos así: sentiste que alguien te escuchó atenta y cariñosamente en el momento apropiado; después fuiste creciendo, pasando penas y alegrías, dolores y tristezas, y justo cuando más lo necesitabas te llegó aquel abrazo tierno y oportuno, aquella caricia silenciosa, que sin necesidad de palabras te hizo comprender que no estabas solo/a.

Gracias a esos gestos tiernos que nos sirven de consuelo nuestro ánimo se levanta, aparece la luz en la noche oscura, esa luz que penetra hasta las profundidades de la sima de los mineros pero también hasta lo profundo e íntimo de cada uno, y finalmente, gracias a esa luz renovadora, a ese consuelo que nos anima a la esperanza, nos sentimos liberados. Aquella pesadilla se pasó, nuestras heridas se cauterizaron, hemos surgido de nuestra pena que nos abrumaba y nos hemos liberado. ¿Por qué? Porque todavía hay gente buena que sabe hacer bien las cosas y sabe decir estoy contigo.

Para El Examinador.cl
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

AÑO NUEVO, LO QUE NO PUEDE FALTAR

Para que nuestros mutuos deseos de feliz año nuevo produzcan el fruto que esperamos, conviene tener en cuenta algunos aspectos importantes de nuestro desarrollo psicológico y personal que son indispensables. Constituyen lo que podríamos considerar ingredientes para una vida plena que nos haga sentir realizados. Son elementos básicos, piezas que no pueden faltar en la construcción de buena calidad para la vida humana. Sabemos que son tan importantes porque estas son las características que muchos hombres y mujeres echaron de menos cuando se acercaba el momento de su muerte. Los dos momentos más importantes en la vida de una persona son el de su nacimiento y el de su muerte.

Cuando un adulto es consciente de estar ante la muerte, se enfrenta a su verdad; es el momento en que esa persona se siente más auténtica y cuando más sincera quiere ser consigo misma. Los profesionales de la salud, sobre todo los especialistas en cuidados paliativos, así como psicólogos, sacerdotes, personas en fin que han dedicado su vida a atender enfermos terminales, nos podrán decir lo que muchos expresan ante su momento final. Son pensamientos y sentimientos muy bonitos que indican también que todos somos capaces de crecer hasta el último momento de la vida. Cuando estas personas indican de qué cosa se arrepienten, o qué es lo que harían de manera diferente, coinciden en lo siguiente:

1.- Fidelidad a la propia conciencia. Es como decir que me arrepiento de no haber sido valiente para haber permanecido más fiel a mí mismo. Es verdad: puede ser que algunas veces nos hayamos dejado llevar de presiones ajenas, y por seguir lo que otros esperan de mí no he cumplido aquello que me habría hecho más auténtico/a, más feliz. Por eso al comenzar un año nuevo es conveniente hacerse el propósito de trabajar la propia libertad para no sucumbir ante presiones interesadas de otros. Sentirse libre, en el pleno sentido psicológico de la palabra, es lo mismo que ser y sentirse muy responsable ante la propia vida y ante las decisiones que cada uno ha de tomar.

2.- Tiempo para amar. Equivale a decir: me arrepiento de haberme obsesionado con el trabajo. Por culpa de esta adicción al trabajo no me di tiempo para amar a los míos y decirles todo lo que los quiero. Muchas personas, sobre todo hombres, en el momento de su muerte han lamentado que no se dieron tiempo para estar más con sus hijos, para jugar con ellos, para verlos crecer. Ahora, con lágrimas que recorren sus mejillas, reconocen que ya es demasiado tarde. Resulta conmovedor ver con qué sentimiento de impotencia, pero a la vez con qué sanador arrepentimiento se repiten: “Por qué, Señor. Por qué no me di cuenta antes”. Es importante que el cuidador/a –seguramente un familiar- que acompaña en ese momento al enfermo le ayude a asumir esta verdad con mucha serenidad. Cuando experimentan un arrepentimiento sincero mueren con mucha paz rodeados por el cariño de los suyos. Conviene recordar lo que dijo el gran poeta y místico Juan de la Cruz: “al final de la vida seremos juzgados acerca del amor”.

3.- Expresión sana de los propios sentimientos. Hay gente que antes de morir se ha arrepentido de no haber sabido expresar en cada momento la verdad de sus sentimientos. Se han inhibido y reprimido por falta de seguridad en sí mismos, y hoy se dan cuenta de que el haber sido así no les ha hecho bien. Ante la proximidad de la muerte perciben que muchos momentos de su existencia habrían sido más radiantes, de más luminosidad y menos amargura, si hubieran llevado una vida menos mediocre, más auténtica, más expresiva.

Los avances más logrados de la ciencia psicológica contemporánea nos advierten sin cesar de la necesidad de estos elementos que acabamos de citar. Los hitos cronológicos, como el comienzo de un nuevo año, pueden ser ocasión propicia para que nos comprometamos a dar importancia en la vida a lo que realmente la tiene: la fidelidad a sí mismo, la capacidad para expresar abiertamente lo mejor de nuestros sentimientos de amor, y desde luego andar por la vida con paso firme, mirando siempre a los ojos de los demás. Andar así equivale a construir con todos, especialmente con los más cercanos, el mundo nuevo que anhelamos. ¡Feliz año nuevo!

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

LA ALEGRÍA ES CONTAGIOSA

Y por serlo, por ser contagiosa, cada uno tenemos nuestra responsabilidad en ser portadores de una alegría que partiendo desde nuestro interior, desde lo más íntimo de nuestro corazón, se irradie al exterior para que sea captada por otros y se puedan beneficiar de ella. Me dirán ustedes si acaso puede ser alegre alguien que se siente atenazado por un grave dolor, enfermedad, desgracia familiar, o por cualquier contrariedad de la vida. Les diré que sí, que esa persona también puede ser alegre, y de hecho muchas veces nos hemos encontrado con gente así en el cruce de caminos de la vida. ¿Quién de nosotros no conoce alguna mujer sencilla y amorosa, cuya vida está llena de problemas, y sin embargo sonríe a la vida?

Mucho depende de lo que entendamos por ser alegre, que es distinto a estar alegre. Nuestra lengua distingue muy bien entre el ser y estar. El ser denota algo que toca el núcleo de la personalidad, el centro de mi propio ser y existir; ser de una manera u otra significa que la persona pertenece a un modo de existencia que probablemente es la marca de sí mismo, su característica propia y existencial. Así puedo decir que soy chileno, y lo seré toda la vida; soy hombre, soy mujer, soy blanco o negro. El concepto estar es algo que pertenece más bien al mundo de lo transitorio; algo que puede estar o no, y no por eso cambia la esencia de mi personalidad. Alguien puede estar enfermo sin ser una persona enferma, puede estar enojado sin ser una persona enojona, puede estar alegre sin ser una persona alegre.

No pretendo en estas breves líneas hacer una clase de filosofía, y por supuesto que a todo lo que acabo de decir se le pueden añadir muchas advertencias, matices y hasta correcciones. Sólo quiero decir que hay personas que son alegres de adentro, de lo profundo de su ser, y que esa alegría permanece en ellas aunque en un momento dado de sus vidas se sientan abatidas por la tristeza de los acontecimientos pesarosos que nunca faltan en la vida de las personas. Hablo de la alegría verdadera, de esa alegría muchas veces silenciosa, nada ruidosa ni bullanguera, que se anida en el corazón de las personas y produce una gran paz interior que se irradia al exterior. Es la alegría de mucha gente sencilla, de hombres y mujeres de corazón limpio, de mirada limpia, de mente amplia, de pensamientos nobles, que nos contagian su paz y alegría cuando apenas cruzamos con ellos las primeras palabras o la simple mirada. Lo escuchamos en el lenguaje corriente: “ese hombre, esa mujer, tiene algo que cautiva con solo mirarle a los ojos. Esa mujer, ese hombre no sé qué tiene, pero lo cierto es que cada vez que se cruza en mi vida me contagia una enorme paz que me dura todo el día”. Expresiones así las hemos escuchado de vez en cuando.

Es verdad: la alegría es contagiosa; la alegría se comunica, y al comunicarse se renueva. Es así porque los seres humanos no somos islas; somos seres sociables que hemos nacido de la relación de un hombre y de una mujer, y conservamos para siempre la marca de lo relacional. Somos menos hombre y menos mujer cuando permanecemos aislados, cuando nos encerramos en nuestro egoísmo individualista y no nos comunicamos. Es entonces también cuando nos invade la tristeza. La tristeza en que se agotan algunas personas de nuestro entorno puede deberse a esta corriente de nuestro mundo que con sus ofertas exitistas y engañosas hace creer que la felicidad se encuentra donde no es posible hallarla: en una forma de vida egoísta, encerrada en la propia complacencia, en una forma de vida cómoda y avara.

Se acerca la Navidad. El protagonista de esta fiesta –aunque a veces se nos olvide- es aquel niño Jesús que nació pobre y humilde en Belén, pero que fue un gigante en la defensa de la Vida, de la Justicia y del Amor incondicional a todo hombre y mujer, sin fijarse en apariencias externas. La paz que brota de su mensaje a toda persona de buena voluntad es la paz que brota también de todos aquellos que saben vivir la vida sencilla, contagiosa de alegría. Feliz Navidad.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

EL AMOR HABLA EN SILENCIO

Recuerdo de mi infancia una coplilla andaluza que se comía sílabas al ser cantada en tonada popular, pero que se entendía muy bien: “Tu madre no dice ná; es de las que habla con la boquita cerrá”. Es verdad, el silencio, cuando es un silencio basado en el amor, es lo más locuaz que hay. Dicho de otra manera: el amor habla por sí mismo, no necesita de palabras ni gritos, ni de sonoros discursos. Él mismo, con sus gestos y sus hechos, es la gran palabra. El amor no es ruidoso, no hace barullo; mi sabia abuela decía que el amor camina silencioso y discreto como en zapatillas de andar por casa. Es eficaz, ejecutivo, práctico y concreto, actúa siempre según lo que haga falta, pero no se hace propaganda publicitaria ni pregona a los cuatro vientos nada de lo que hace.

Mis lectores estarán de acuerdo, al repasar mentalmente nombres de las personas más amorosas que conocen, que efectivamente son personas sencillas y nada ruidosas ni alharacas. Al contrario, verán que conocen otras personas muy ruidosas e hinchadas de sí mismas, pero que para nada son ejemplos de un verdadero amor.

Tenemos que recuperar en nuestra sociedad el silencio y el amor. Estamos demasiado volcados al exterior, al mundanal ruido, abrumados por demasiadas voces que nos aturden, y eso no nos hace bien. Vivir así nos hace daño porque nos dedicamos a lo accidental y secundario olvidándonos de lo esencial y principal. El silencio no consiste solo en callar y no hablar; eso también lo puede hacer la persona tímida y acomplejada que no habla porque tiene miedo a hacer el ridículo. No, el silencio al que me refiero es mucho más: va unido al amor, y por lo tanto a la justicia, sinceridad y verdad. Es un silencio que tiene mucho que decir, y lo dice, con su misma actitud luchadora y consecuente.

Este silencio es una actitud positiva que lleva a la observación de la verdad, de la realidad, la analiza con seriedad, y a continuación actúa en consecuencia. Por eso esta es la actitud de los verdaderos revolucionarios como Gandhi, San Alberto Hurtado, Nelson Mandela, Jesucristo y muchos más. No hay revolución más seria y poderosa que la que procede de un corazón invadido por el amor; estas son las personas que actúan en consecuencia y cuya fuerza no la detiene nadie.

El silencio es la condición previa para este tipo de amor. Gracias al silencio, a la reflexión serena, a la meditación profunda, podemos entrar en el discernimiento que nos ayuda a las buenas y acertadas respuestas que nos exige el compromiso del amor. El amor consiste en salir de sí mismo para ir al otro, y eso no lo puede hacer quien se encuentra ofuscado y perturbado a causa del ruido externo y de las angustias que lo invaden. Las situaciones estresantes, las ansiedades que produce el consumismo, el afán de poseer y compararse con los demás, nos llevan a una situación de ánimo que nos obliga a vivir a la defensiva. Una situación así, lejos de ayudarnos a salir de uno mismo para ir al otro, nos lleva a encerrarse en uno mismo y a ver al otro como un peligro o un virtual enemigo del que hay que defenderse.

El amor con su silencio pacificador no nos separa del mundo sino que nos compromete con el mundo para su liberación, para su renovación. Este es el amor de tanta buena gente que ingresa a voluntariados de toda índole, que participa en movimientos ecológicos, pero sobre todo que está atenta a las necesidades del prójimo para acudir en su ayuda, no en forma asistencialista, sino para colaborar a la toma de conciencia, paso primero hacia la acción autoliberadora.

Este silencio y este amor no se encuentra en los programas escolares de nuestro sistema educacional; hay que mamarlo en el propio hogar, al calor de la educación familiar. Es ahí donde cada uno de nosotros podemos aprender que el amor verdadero consiste en salir de nosotros mismos para ir hacia cada hombre y cada mujer, donde encontramos lo que nos falta a cada uno para ser más plenos y completos. El amor que se cierne en el silencio profundo nos lleva a las periferias y nos construye la propia felicidad mientras colaboramos a la felicidad de los demás.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

TE DOY MIS OJOS (Violencia en la pareja)

“Te doy mis ojos”, así se titula una conocida película española que habrán visto seguramente varios de mis lectores, y que yo he compartido en las clases de psicología con mis queridos estudiantes de la Universidad del Bío-Bío. El argumento se refiere a la violencia en la relación de pareja, especialmente a la violencia del hombre contra la mujer, violencia que según leemos en la prensa de estos días, es muy frecuente en Chile y que se da también en parejas muy jóvenes, en la relación de pololeo y noviazgo.

Hay una escena de la película que me conmueve cada vez que la veo, una escena que en lenguaje cinematográfico dice mucho –por no decir todo-  lo que encierra y significa psicológicamente la violencia en la pareja. En la escena vemos a los protagonistas, marido y esposa, en su intimidad sexual; vemos un hombre y una mujer aparentemente muy normales, que se aman mucho, que se dicen cosas lindas y hasta románticas mientras viven su encuentro amoroso. Diríase que nos encontramos ante el matrimonio ideal. Pero de pronto, he aquí la fuerza del lenguaje cinematográfico, la cámara se desvía de los protagonistas y nos enfoca a lo lejos el Alcázar de Toledo, deteniéndose unos instantes en esa imagen. ¡Qué horror! Todos los españoles de mi generación (los llamados “niños de la guerra”) y todas las personas conocedoras de la historia del siglo XX saben muy bien lo que simboliza el Alcázar de Toledo, sobre todo en el contexto de la película: la máxima violencia y brutalidad de la guerra.

De alguna manera está contenido en esa escena lo que suele ocurrir en los llamados “amores violentos”: lindas declaraciones de amor, el hombre violento repite una y otra vez que nunca más, “que a ti, querida mujer mía, te amo sobre todas las cosas, que sin ti mi vida no tiene sentido, que ni me acuerdo de lo que pasó aquella vez. Tú sabes, amor mío, que fue porque me provocaste, pero que yo te amo y que ahora no quiero que te vuelvas a acordar de aquello. Además, ya ves que estoy cambiando, y te prometo y juro por Dios, y por nuestros hijos y por lo que más quieras, que nunca más, que ahora seré distinto, que te voy a sorprender. Solo te pido, mi amor, que creas en mí”. Así se suelen expresar estos hombres una y otra vez, pero en el horizonte, como telón de fondo, aparece el fantasma del Alcázar de Toledo, la violencia sigue presente.

Así suele ser el perfil psicológico de las personas violentas en la relación de pareja, sobre todo de los hombres violentos. En muchos casos son hombres de personalidad insegura, de baja autoestima, con reacciones iracundas a flor de piel que no son capaces de controlar, suelen ser personas incapaces de expresar sus sentimientos y emociones en forma adecuada. Su misma inseguridad y baja autoestima los lleva a ser portadores de una agresividad generalizada que se expresa en diversos síntomas o manifestaciones: intrusean en la vida privada de la persona amada, espían los contactos de su teléfono, correo, Facebook, le hacen verdaderos seguimientos de tipo casi policial para espiar todos sus pasos, etc. etc. Como vemos, todas estas formas de actuar tienen un denominador común transversal: la falta de confianza. Así es el individuo violento: la inseguridad en sí mismo, la falta de confianza en sí, le hace ser un desconfiado de los demás, especialmente de la persona supuestamente amada. Estas maneras de actuar son síntomas de una violencia psicológica que más adelante se transformará en violencia física.

¿Qué hacer ante una situación así? Es aconsejable una buena terapia de pareja y también individual. Mientras el problema se resuelve es recomendable tomar distancia de la persona violenta, alejarse a tiempo, antes de que sea demasiado tarde. Pero lo más importante: prevenir. Ello se logra sólo mediante una buena educación afectiva y emocional desde niños, en el seno de la propia familia.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE, DOCTOR EN PSICOLOGÍA

GESTOS DE FRATERNIDAD

En este mes de la patria podemos reflexionar sobre nuestro aporte para la construcción de un Chile mejor. Una reflexión que nos viene insinuada desde la Psicología. Esta ciencia es muy preocupada del desarrollo personal, del desarrollo integral de cada hombre y mujer; habla de un desarrollo que conduce a la felicidad personal y social. Un desarrollo así no espera a que los políticos y dirigentes sociales emprendan la construcción de la sociedad; un desarrollo así empieza por la construcción de uno mismo, de su propia persona. Toda persona responsable, lo primero que hace, lejos de cruzarse de brazos, es poner la mano en el arado para colaborar en el trazado del surco donde vendrá la siembra.

Soy un convencido de que si cada uno de nosotros nos convertimos en mejores personas, Chile será más “dulce patria”, sociedad más justa y equitativa. Es cierto quizá, que tú y yo no podemos hacer grandes cosas ni cambiar la realidad de Chile de la noche a la mañana, pero lo que también es cierto es que lo que tú y yo no hagamos se quedará sin hacer. Tu aporte y el mío puede ser que no signifique más que una gotita en el océano, pero sin esa gotita el océano tendrá menos agua.

Creo mucho en la amabilidad de las personas y cómo las personas con nuestros gestos fraternos y amables podemos hacer milagros, podemos hacer el milagro de crear un mejor ambiente donde podamos vivir y movernos más a gusto. Nos quejamos de que existe a nuestro alrededor demasiada violencia y agresividad, ¿por qué no empezar a ser yo persona más tierna y acogedora? Créeme que también así se puede empezar a hacer patria. Bien sabes, amigo lector y amiga lectora, todo el bien que se puede hacer con una sonrisa salida del alma, con un buen trato a la persona que pasa a tu lado o a la que atiendes en tu oficina, en tu trabajo. Yo creo en la bondad de las personas, y creo que muchas personas todavía no han explotado del todo la bondad que anida en ellas.

Cierto, no soy ningún enajenado mental que desconoce la realidad en la que nos movemos. Bien sé que estamos rodeados de violencia, asaltos, egoísmos de todo tipo, negocios sucios, etc. Pero también sé que estamos llamados a construir un mundo nuevo donde reine mayor justicia, equidad y fraternidad. Me atrevo a pensar que el mes de la patria nos llama a eso. Por eso, desde estas sencillas líneas me atrevo a proponer que cada uno se pregunte a sí mismo algo así como: ¿qué he hecho yo o qué hago yo para que en el ambiente en que me muevo se viva una realidad más grata? Hay mucha gente que vive así, dando lo mejor de sí mismos día a día, pero no son noticia. No importa; lo importante es que haya personas así, y que tú y yo seamos una de ellas.

Construir una sociedad más justa, grata y vivible, empieza cuando en vez de tirar piedras al tejado ajeno comienzo por arreglar las goteras del mío. El egoísmo parte en retirada cuando yo mismo inicio actitudes de solidaridad sincera y voy creando conciencia de que además de la caridad existe la justicia, lo cual quiere decir que en un país donde hay mucho dinero, donde hay mucha riqueza, donde hay importantes ingresos, tiene que haber también una importante distribución equitativa de dichos ingresos. Esta justicia distributiva es necesaria para que todos los hombres y mujeres de Chile puedan vivir de acuerdo a las exigencias de su dignidad humana. Por eso importa, que cada uno, ahí donde sea que se encuentre, aporte con su manera de ser y vivir lo mejor de sí mismo hasta que se desarrolle la gran conciencia social que cambiará la cara de Chile. Entonces será un Chile más bonito todavía. Felices fiestas.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
SACERDOTE. DOCTOR EN PSICOLOGÍA

LA MUJER DE NUESTRO TIEMPO

Nuestro discurso es claro y todos coincidimos en él. Afirmamos sin vacilación alguna que en una sociedad moderna y desarrollada la mujer no puede ser excluida. Afirmamos que desempeña cualquier cargo, trabajo y oficio con igual o mejor eficiencia que el hombre. 

A nadie se le ocurriría en el mundo de hoy dudar de la dignidad de la mujer, o afirmar que la mujer tiene que estar sometida al varón. Cuando escuchamos algo así, o cuando de países de otras culturas nos llegan noticias acerca de mujeres postergadas, condenadas, oprimidas por legislaciones patriarcales y machistas, nos admiramos, nos extrañamos, y nos indignamos. Nos parece mentira que haya lugares donde todavía ocurran acontecimientos de este tipo, del todo abominables por su repugnante machismo. Sin embargo, si fuéramos más autocríticos veríamos que entre nosotros existen algunas actitudes más o menos cínicas, que corresponden todavía a resabios de una cultura machista no del todo superada.

Es un pensamiento que me viene estos días a la mente cuando me encuentro sometido a un largo tratamiento de radioterapia contra el cáncer que me aqueja, que me permite gozar de tiempo para leer, orar, escuchar. Converso con mis colegas de dolencia mientras esperamos el turno para la terapia y hasta me van surgiendo nuevas amistades (en todo hay siempre algo bueno). Somos personas de todo tipo y de todas las edades. Aparecen mujeres que además de la radiación han sido sometidas a la quimioterapia. En ese grupo femenino veo también todo tipo de reacciones: desde las mujeres que lo están llevando muy bien, positivas, valientes, esperanzadas, con buen humor, hasta las que se decaen, se deprimen y usan expresiones como: “me da miedo mirarme al espejo”; “tú, sabes... a una ya los hombres no la miran igual”, “la autoestima se me ha ido al suelo”, etc. Naturalmente que en esos minutos de espera trato de hacer mi laborcilla de levantamiento de ánimo.

Pero me pregunto: ¿Qué pasa con nosotros, qué hemos hecho en nuestra sociedad? ¿Qué hemos hecho de la mujer en nuestros medios de comunicación? ¿Qué concepto prevalece acerca de ella? ¿Qué ha pasado para que una mujer, a causa de una determinada alteración física, no se atreva a mirarse al espejo? A mí, que soy cristiano (mal cristiano) ¿Qué me dice Jesucristo acerca de la dignidad de la mujer? Son torrentes de preguntas que no soy capaz de resumir en esta sencilla reflexión que comparto con mis bondadosos lectores.

Y me respondo que somos unos cínicos. Decimos que creemos en la mujer, en su valía y dignidad, en su autonomía propia; decimos que se superaron los tiempos en que ella era mirada en menos ante la prepotencia del varón. Pero veo que en determinados ambientes de mi amado Chile todavía no solo no se han superado modelos reductivos y machistas de mujer sino que se promueven; basta recordar algunos ejemplos: afán de algunas personas por reducir el papel de la mujer solo al de esposa y madre; papel de la mujer como objeto útil para la propaganda, con fines publicitarios a favor de ciertos productos; instrumentalización de la mujer como elemento decorativo en la ejecución de determinados eventos sociales y promoción de empresas; y por si fuera poco ahí están las funestas estadísticas acerca de la violencia doméstica contra la mujer.

Urge por lo tanto que seamos sinceros con nosotros mismos y lleguemos a una clara conclusión: lo que sabemos en teoría acerca de la mujer hay que llevarlo a la práctica. Es necesario a nivel de familia, escuela, universidad, iglesia, actores políticos, medios masivos de comunicación social, promover una generalizada toma de conciencia para que efectivamente se acabe con toda manipulación de la imagen femenina en la cultura actual, y la mujer adquiera el protagonismo que le corresponde en todos los ámbitos de la sociedad.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología


FORTALEZA DEL PERDÓN

Hay que ser muy fuertes para saber perdonar. Por eso la capacidad del perdón está considerada entre las actitudes propias de la persona mentalmente sana y saludable. Autores psicólogos consideran que el perdón es una defensa muy positiva para reaccionar sanamente contra determinados hechos dolorosos.

Ante el dolor que nos causan tantos pequeños o grandes dramas de la vida como la infidelidad, el engaño, la traición, la mentira, la violencia, etc. etc., el perdón, en vez dejarnos indefensos y abatidos, nos ofrece una poderosa herramienta para superar el drama y salir airosos de la prueba.

Es muy diferente a lo que imaginan algunas personas. Creen que perdonar es signo de debilidad y blandura; que si alguien perdona siempre, nadie le respetará y se expondrá a que siempre se rían de él/ella. Pero la verdad es otra: quien haya vivido la experiencia del perdón sincero y profundo entiende bien lo que estoy diciendo. Una persona que sabe perdonar de corazón es muy fuerte y auténtica, ante todo porque es humilde, y la humildad no tiene nada que ver con la cobardía. Es humilde porque en el fondo reconoce que ella también ha ofendido alguna vez y le encantó que la perdonaran. La perdonadora es una persona que conoce y reconoce sus limitaciones, pobrezas y miserias. Por eso se deja gobernar por la clemencia y misericordia, más que por la venganza y ajuste de cuentas; por eso es capaz de compadecerse del ofensor y proporcionarle una segunda oportunidad. Sabe que si a la ofensa responde con la venganza se establecen espirales de violencia y círculos viciosos de revancha que no terminan nunca.

La capacidad del perdón no es incompatible con la exigencia de justicia. Puedo perdonar a quien me ha robado, pero a la vez, sin ánimo de revancha o desquite alguno, le debo hacer tomar conciencia de que ese dinero no es suyo, y que lo debe devolver a su dueño o entregárselo a quien lo necesite. La persona que ha sido ofendida y sabe perdonar, también sabe exigir sus derechos para hacer valer lo que en justicia le corresponde. Por eso sabrá defenderse de las violencias injustas, y esa mujer atropellada en su relación de pareja, dirá al machista violento que le perdona de todo corazón, que no le guarda rencor alguno, pero que hasta aquí hemos llegado: tú te irás por tu lado y yo por el mío. Sin dramas, sin gritos ni tragedias, sin venganzas ni ánimos revanchistas, pero con enérgica firmeza, esta mujer, perdonadora pero también defensora de su dignidad, ejerce su derecho sagrado a ser respetada.

El perdón no es amnesia. El perdón no significa que se nos vaya a olvidar aquella grave ofensa recibida; hay recuerdos que no se nos borrarán en toda la vida, pero la diferencia entre la persona rencorosa y la que perdona es muy clara. La rencorosa arrastra consigo un recuerdo intoxicado que le envenena la sangre y el alma continuamente; lleva sobre sí una pesada carga cual mochila de plomo sobre sus espaldas, de la que no es capaz de liberarse. El afán de venganza que se ha apoderado de ella le aviva continuamente el mal recuerdo, que seguirá causándole daño en forma permanente. De sobra es conocido el hecho de que el resentimiento y el rencor no le hace bien a nadie. Jamás veremos feliz a una persona rencorosa; se amarga sola. Al contrario, la persona que ha perdonado de corazón una ofensa grave, por supuesto que va a recordar el hecho –pues la misma experiencia traumática le impide que lo olvide- pero lo hace desde una menta sana, no intoxicada. Ahora ese recuerdo no le hace daño porque ya lo ha procesado a través del perdón sincero; ahora ya lo está mirando desde otra perspectiva que es la propia de la salud mental. Esta persona, al perdonar, se ha liberado de un peso pesado y ahora se preocupa de tareas constructivas en beneficio de sí misma y de los demás. Cuando perdono, soy yo la primera persona beneficiada.

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JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología

EL AMOR NO SE COMPRA

Si en algo estamos de acuerdo la mayoría de las personas respecto al modo de vida que hoy prevalece, por lo menos en nuestro ambiente chileno, es que el consumismo nos domina. Este es el modo de vida que está de moda: todo se vende, todo se compra. Sin embargo no se vende ni se compra lo que es más importante en la vida: el amor.

Es además, esto del amor, el ingrediente indispensable para la felicidad. Nos lo dirán todos los estudios sobre la psicología humana, desde los más sencillos hasta los más complejos y sofisticados: sin amor no hay felicidad. Amar es el fundamento de nuestra vida. Es la experiencia con la que todos los hombres y mujeres normales se abren a la vida desde que nacen. Por eso el bebé recién nacido es capaz de sonreír a los pocos días de vida, respondiendo así a la sonrisa de su madre. Si teóricamente tuviéramos el caso de una madre que alimentara muy bien a su hijito y le suministrara las atenciones físicas necesarias pero no le diera cariño, cánticos, palabras, sonrisa, caricias, es casi seguro que su hijo crecería con alguna tara psicológica. El cariño, el arropamiento afectivo y emocional, la sonrisa y las palabras, son alimento tan necesario para el ser humano recién nacido, como lo es el alimento físico.

Por eso para ser felices es necesario aprender a amar bien. Cuando este aprendizaje no se ha logrado en buena forma vienen las distorsiones del amor. Una muy frecuente es la del amor deformado e inmaduro como tendencia a imaginarlo en forma psicológicamente pueril. Les sucede a las personas que al referirse al amor lo ven o lo sienten en forma pasiva y no activa: ¿soy yo amado/a? Vivir así el amor es muy problemático en todos los órdenes, pero especialmente en la relación de pareja. Una persona así es muy infantil y creerá que el amor lo tiene que comprar: siempre tendré que hacer méritos para que me quieran. En el fondo tiene una opinión muy pobre de los demás, pues piensa que nadie posee la capacidad de amar en forma generosa y gratuita. Es algo así como creer que todo el mundo ama o hace cosas buenas solo por interés y por sacar provecho de todo. Conocemos personas que viven preguntando a los demás cuánto le pagan por hacer esto o lo otro, o cuánto vale tal o cual cosa. Se sorprenden al ver a muchos jóvenes que parten a trabajos sociales de voluntariado durante sus vacaciones, o cuando un profesional es generoso y realiza su trabajo en forma gratuita a personas de escasos recursos. Hay personas tan poco educadas en el amor que no les cabe en su mente estrecha que otros puedan vivir y servir por solo amor.

Este es el problema del consumo que nos consume. Nos olvidamos de la gratuidad del amor, y de que sí que hay gente feliz sirviendo de corazón a los demás. Las personas infantilizadas en el tema del amor nunca serán felices porque vivirán pendientes de qué hacer para que el otro se fije en mí y vea que soy importante. Pierden naturalidad, libertad y espontaneidad. Son personas conflictivas, envidiosas, protagonistas de rivalidades sin cuento, víctimas de celos enfermizos. Es imposible que así sean felices.

El verdadero amor siempre es gratuito, sin esperar nada a cambio. Y por lo mismo, este es el amor que suele ser correspondido: Una persona que ama así, cae bien a los demás, da gusto estar con ella. Los demás la aman porque no la ven interesada ni manipuladora. Esto es lo que nos hace sentirnos felices. El amor se construye en uno mismo; ni se vende ni se compra.

Para Tejemedios escribió:
JOSÉ LUIS YSERN DE ARCE
Sacerdote. Doctor en Psicología